El viaje

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Viajar y narrar son, de cierto modo, acciones fronterizas. Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha emprendido numerosos viajes por aire, mar y tierra, con los fines más heterogéneos: explorar el mundo, ensanchar el espacio conocido, hacer la paz o la guerra, extender el dominio de una religión o de un reino, romper la cotidianidad, visitar a un pariente o amigo, desafiar la naturaleza, etc. Por supuesto, también ha habido toda suerte de razones sombrías, acerbas, graves, para iniciar un viaje: levantamientos armados, persecuciones ideológicas, raptos, catástrofes naturales, la propagación de una epidemia, la muerte de un ser querido, apuros económicos, etc. Como se ve, el viaje es un fenómeno cultural complejo que abarca un amplísimo espectro de la vida y la experiencia humanas, y ha tenido una larga trayectoria en el seno de nuestras sociedades, en donde todavía despierta fascinación e interés.

Luis Beltrán ubica el nacimiento del viaje como fenómeno cultural en la prehistoria. Cuando hordas y clanes practicaban la caza especializada y la pesca apareció el viaje de iniciación, relacionado sobre todo con los ritos de paso, que se afianzó con la llegada de la vida agrícola. Después, cuando las comunidades ya apegadas a la tierra, primero gracias a la agricultura y luego por la ganadería, terminaron por domesticar también el espacio, regido por un tiempo cíclico, rutinario, conocido y predecible, surgió el viaje de aventura. El territorio familiar, doméstico, de dichas comunidades estaba ceñido por lo desconocido y, en ocasiones, explica Beltrán, se vieron forzadas a explorar ese otro espacio, ajeno e inexplorado, en busca de tierras más aptas para el cultivo o de materiales indispensables para las labores agrícolas. “Esta es una forma de viaje que constituye el fenómeno que llamamos aventura. La aventura consiste en entrar en contacto con un mundo desconocido, desconocidas las personas y los territorios, que se sienten como ajenos. El tiempo de la aventura está fuera del ciclo agrícola, que es el tiempo que marca el territorio conocido, familiar” (“Viaje” 105). Las dos formas de vida y de viaje aquí descritas fundaron dos formas estéticas serias, la aventura y la iniciación, que aún perduran en nuestros días, ya sea en su forma primigenia o con variaciones producidas a lo largo de su desarrollo histórico. Asimismo, apunta Beltrán, dichas formas serias dieron pie al surgimiento de sus respectivas parodias: la fuga y el medro (106).

Con el surgimiento del viaje como fenómeno cultural se acrecentó el interés natural del hombre por las experiencias de los otros, en especial las del viajero, capaz de dar noticias sobre mundos inaccesibles para la mayoría. Los relatos del viajero han cautivado la curiosidad del ser humano desde antes de la aparición de la escritura, como lo prueba la existencia, por ejemplo, de la Ilíada y la Odisea, que originalmente fueron relatos orales. De hecho, la antigüedad nos ha legado múltiples estampas de ilustres viajeros, protagonistas de algunos de los relatos fundacionales de la vida cultural y literaria de Occidente: Abraham, Moisés, Jasón, Aquiles, Ulises, etc. Este último es, hasta la fecha, uno de los viajeros paradigmáticos de la imaginación literaria. Por supuesto, cada época le imprime a la figura del viajero matices y giros acordes con sus inquietudes estéticas.

Los viajeros nos han ido descubriendo el rostro de la Tierra: exploradores, navegantes, aventureros, filósofos, escritores, científicos (geógrafos, astrónomos, botánicos, hidrógrafos, etc.). La visión de nuestra propia realidad, de nuestro mundo, de nuestra cultura, debe mucho los viajeros, a su visión y su relato de realidades ajenas. El discurso del viajero nos enfrenta una y otra vez con las nociones de contacto y distancia entre los pueblos, a pesar del tiempo, a pesar del espacio; y la presencia de su figura aviva y alienta nuestros cuestionamientos sobre el otro. De ahí, quizá, su gran poder de seducción.

La asociación entre viaje y conocimiento cobró auge en el siglo XVIII, cuando los avances tecnológicos simplificaron el traslado de un sitio a otro, cada vez más remoto o inaccesible, y afinaron los instrumentos para registrar el mundo. La historia de la construcción de Occidente es inalienable de la historia de su expansión, de su encuentro con el otro, dice Juan Pimentel, y agrega: “la Ilustración resolvió la definitiva incorporación de los otros mundos en el suyo propio y concluyó el desplazamiento emprendido en el Renacimiento, cuando comenzaron los tiempos modernos también como fruto de un hecho que fue asombroso antes de ser, lenta y progresivamente, racionalizado: el descubrimiento del Nuevo Mundo” (14). Para estar en condiciones de incorporar mundos ajenos en el propio era esencial delimitar antes las fronteras de éste. ¿Dónde comienza y dónde termina? ¿Cómo es? ¿Cómo ha sido? ¿En qué es similar y en qué diferente —recordemos las nociones de contacto y distancia— a los otros? El problema de la representación del mundo y su comunicabilidad quedaron en primer plano: descifrar algo es simbolizarlo, verbalizarlo.

La llamada “literatura de viajes” ha hecho grandes aportaciones a la aventura intelectual de representar el mundo y también a la historia literaria, a pesar de ello, la crítica no ha sabido ver en el viaje otra cosa que un tema. Dicho de otro modo, la crítica literaria ha empobrecido sistemáticamente el valor estético del viaje y ha opacado la riqueza de la “literatura de viajes” detrás de una denominación general que termina por oculta más de lo que aclara. Es preciso volver a poner sobre la mesa de debate la trascendencia del viaje para la literatura y su historia, así como para la vida cultural hispánica. En el caso específico de América, pienso que esta labor nos facilitaría la entrada a la selva textual de la todavía indomable y problemática “literatura colonial”.

Bibliografía citada:

  • Beltrán Almería, Luis. “El viaje como categoría estética”. Palabras de viaje. Estética y hermenéutica del viaje. Luis Beltrán e Ignacio Duque García, coords. España: Edicions Vite-la, 2004.
  • Pimentel, Juan. Testigos del mundo. Ciencia, literatura y viajes en la Ilustración. Madrid: Marcial Pons Historia, 2003.

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