La hacienda de Sancho

doré“Tantos refranes, tantas verdades” afirma el saber popular; la literatura también ha dado su veredicto sobre esos enunciados breves que resguardan la tradición sapiencial, y un ejemplo significativo se encuentra en el capítulo XXI de la primera parte del Quijote, donde Alonso Quijano afirma lo siguiente: “Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: «Donde una puerta se cierra, otra se abre»” (Cervantes, 188).

No obstante don Quijote elogia en un principio los proverbios de origen popular, tras el nombramiento de Sancho Panza como gobernador de la ínsula Barataria, el hidalgo censura el uso de esas sentencias y le aconseja a su escudero no comer ajos ni cebollas para que “no saquen por el olor” su villanería o humilde cuna, no eructar, hablar con reposo, ser templado al beber, cortarse las uñas y evitar mezclar en sus pláticas “la muchedumbre de refranes que sueles, que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias” (872). Pero Sancho no acepta esta reprimenda, defiende su derecho a expresarse, y lo hace amparado en varios refranes: “Eso Dios lo puede remediar (…) porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí delante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena presto se guisa la cena, y quien destaja, no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el tener, seso ha menester” (873).

Al sumergirnos en la tradición humanista es notable la relación paradójica que sus autores entablan con la sabiduría popular, pues se evidencia un elitismo que, lejano al clasismo social y económico, degrada al “vulgo”, “la parte del populus más ignorante y crédula” (García, 84). Es así que un autor como Horacio, que declaraba haber nacido en humilde cuna, se situaba a sí mismo “Lejos, muy lejos del vulgo”, Calímaco decía aborrecer todo lo popular y “no beber de la fuente pública” (84), y Luis Vives aseguraba que “Sócrates tuvo siempre por sospechoso al pueblo, a quien acostumbraba llamar “gran maestro del error e intérprete perverso de la verdad” (86). Desde esta perspectiva, pertenecer a la masa ignorante es una elección individual, ya que los humanistas abogan por una aristocracia no de linaje sino de espíritu, fundada en el mérito personal del saber y la virtud.

Ni las fronteras entre lo popular y lo culto son tajantes, pues ambas tradiciones se enriquecen mutuamente, ni el menospreciado vulgo era tan indocto como los humanistas declaraban. Margit Frenk señala que el público que abarrotaba los corrales durante el siglo de Oro español era en su mayor parte analfabeta, y aun así capaz de entender la sofisticada escritura de Lope de Vega o Tirso de Molina: este auditorio tenía la competencia para disfrutar obras compuestas en verso, llenas de juegos retóricos y de infinidad de referencias mitológicas e históricas. Frenk se preguntó cómo era posible que esto ocurriera y llegó a la conclusión de que “cada ejemplar de un impreso o manuscrito era virtual foco de irradiación, del cual podían emanar incontables recepciones” (Frenk, 57). Gracias a la lectura en voz alta, la memorización y la recitación de los textos, la muchedumbre poseía una cultura literaria.

Por otro lado, aunque criticaran constantemente al vulgo, ciertos humanistas, como Cervantes, no dudaron en incorporar a sus textos múltiples formas orales de carácter popular. Erasmo de Rotterdam, en el Elogio de la locura o Encomio de la estulticia, celebra a su amigo Tomás Moro comparándolo con Demócrito -de quien se dice que las peripecias de la vida humana le provocaban risa- y asegura que su ingenio estaba “apartadísimo del vulgo” (Erasmo, 50). Sin embargo, cuando la Estulticia necesita explicar las razones que la llevan a elogiarse a sí misma, esta no duda en justificarse ayudada de un “viejo proverbio del vulgo que dice que «hace bien en alabarse a sí mismo quien no encuentra a otro que lo haga»” (Erasmo, 57).

A pesar de la ambivalencia humanista, las formas orales de carácter popular fueron incorporadas y estilizadas en los textos literarios, generando, en muchas ocasiones, un contrapunto risueño. Cervantes recrea y se divierte con la disputa entre los sabios y el vulgo; si don Quijote reprende a su escudero y lo acusa de necio, Sancho enuncia una alabanza a la sabiduría popular en la cual demuestra que no es ningún ignorante, sino una biblioteca de las verdades del hablar cotidiano:

 -¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! –Dijo a esta sazón don Quijote-. ¡Sesenta mil satanases te lleven a ti a y tus refranes! Una hora ha que los estás ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos refranes te han de llevar un día a la horca (…) Dime, ¿dónde los hallas, ignorante,  o cómo los aplicas, mentecato? Que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase.

-Por dios, señor nuestro amo –replicó Sancho-, que vuesa merced se queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes?” (875).

Las sentencias del vulgo le imprimieron vitalidad y humor a muchas obras del humanismo y, por más que las censuren los ánimos solemnes, lo dice bien Sancho: los refranes son su riqueza. Completaría “Los dichos de los viejitos, son evangelios chiquitos”, “los refranes son los arcaduces de las verdades”[1].

Bibliografía

Beltran, Luis. La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental. España: Montesinos, 2002.

Cervantes, Miguel de. El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Ed. de Francisco Rico. México: Santillana, 2004.

Erasmo. Elogio de la locura o Encomio de la estulticia. Madrid: Espasa, 2011.

Frenk, Margit. Entre la voz y el silencio. La lectura en tiempos de Cervantes. México: FCE, 2005.

Garcia Gibert, Javier. Sobre el viejo humanismo. Exposición y defensa de una tradición. Madrid: Marcial Pons, 2010.


[1] Refranero mexicano de la Academia Mexicana de la Lengua. http://www.academia.org.mx/refranero.php


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