¿Literario o no literario?

Portada original del libro Compendio de fisiología humana...
Portada original del libro Compendio de fisiología humana…

Por azares o caprichos de Fortuna o de mi personalidad, soy de esa gente que al momento de elegir un tema, una obra, un corpus, un género o un problema de la literatura para trabajar, casi siempre opta por algo que, a los ojos de muchos, parece poco o nada “literario”. De hecho, hace varios años una reconocida personalidad del medio académico internacional me diagnosticó “pésimo gusto literario”. Y, en efecto, juzgando a partir de sus parámetros, herederos de la crítica literaria surgida del formalismo y del estructuralismo, creo que tuvo razón. Encima, terminé siendo una apasionada de la narrativa del siglo XVIII, y en particular de la que tiene un pie en la historia y otro en donde puede. Sin embargo, para tranquilidad de mi “gusto literario”, dichos parámetros no son los únicos que hay en el horizonte de las letras, aunque es de lamentar que, junto con los estudios culturales, sí sean los más influyentes.

Es curioso que la pregunta por lo literario (y lo no literario) se siga respondiendo con aquel embuste colorido llamado literariedad o literaturidad: un texto es literario si tiene literariedad, y no lo es si le falta. Punto. La crítica no ha sabido ni ha podido ir más allá de esta frivolidad sin enredarse las piernas en el intento o, al contrario, sin trozar y desgarrar el problema, reduciéndolo a paja y lodo. Y esto, valedero para el mundo de los estudios literarios, puede extenderse al estudio del resto de las artes. Y digo “al resto” porque la literatura es un arte, y no la hija más lucida de la lingüística, como se ha creído en las últimas décadas. Si no hemos sabido responder a la pregunta por la dimensión estética del arte es porque hemos olvidado que ésta existe.

La pregunta que encabeza esta entrada resulta absurda planteada así, en abstracto; es preciso vincularla a una obra o a un corpus bien delimitado. El asunto se complejiza si, haciendo gala de nuestro “pésimo gusto literario”, nos atrevemos a elegir una obra que parece más histórica, médica, antropológica, religiosa, filosófica, etc.; y empeora si esa obra, además, es un fruto peregrino del siglo XIX o de los siglos anteriores. ¿Las denominadas Bellas Letras son literatura? O sea, ¿son literarias las obras que formaban parte de las Bellas Letras? El sentido común responde que sí, pero el arsenal teórico-crítico literario de hoy replica: “Depende”. ¿De qué? De que pasen o no la prueba de la literariedad o de la elaboración retórica (“Que estén bien o bellamente escritas”), de que nuestro tiempo las reconozca como literarias. El error de esta postura es juzgar el valor artístico-literario de una obra con base en la opinión que una época posterior tiene de ella. Sería un despropósito de miopes. Ahora, tampoco pretendo darle la razón a la postura historicista que establece el valor artístico-literario de una obra a partir del valor que ésta merece en su tiempo (“Si se tuvo por literaria entonces, se ha de tener por literaria en la actualidad”). El error de esta postura es que cae en el relativismo, con lo cual el concepto de lo literario se disipa en la bruma de los sentires de la gente a través de los siglos.

Antes de que mi paciente e hipotético lector ―si ha tenido la condescendencia de seguirme hasta acá― me abandone porque sólo trazo callejones sin salida, apuntaré una vía que, creo, promete dejarnos avanzar con provecho por el camino de los estudios literarios: los estudios fundados en criterios histórico-conceptuales. Pese a que su nombre no trasluce su parentesco con aquéllos, sin duda forman parte de la misma familia. En La imaginación literaria, Luis Beltrán resume así dicha vía: “El criterio para sostener si una obra es literaria es histórico, pero no histórico-documental ―si se tuvo por tal en su época―, sino histórico-conceptual ―si esa obra forma parte de un género literario y, por tanto, juega un papel en el conjunto de la literatura” (170). En gran medida, la crítica contemporánea se ha desentendido de los géneros, aunque éstos, renuentes a dejarse sepultar por la indiferencia, no sólo perviven, sino que se reproducen, se mezclan, se transforman y hasta resucitan. Para ilustrar la enorme tarea que tenemos por delante, basta mencionar algunos de los incontables géneros literarios que, pacientes como mi lector, aguardan su turno para volver a participar en el diálogo de la vida cultural y en la historia de la conciencia humana: poliantea, miscelánea, banquete, bestiario, apotegma, caso, biografía aretalógica, retrato, sátira menipea, tratado, diálogo, fábula, maravilla, canción folclórica, sentencia, alianza, profecía, etc.

A guisa de ejemplo, asomémonos rápidamente a la traducción española de 1856 de un libro en francés que, por lo que su título anuncia, no debería interesar a los estudios literarios: Compendio de Fisiología humana, para servir de introducción á los estudios de la filosofía y la teología moral, seguido de un breve tratado de higiene, obra destinada especialmente al clero y a los seminarios, de Pierre Jean Corneille Debreyne (1786-1867). Lo primero a considerar es que la traducción se hizo en vida del autor. Éste comienza por definir la fisiología como la ciencia del hombre físico, intelectual y moral, y esta apertura lo autoriza a ir y venir del campo de la medicina, la religión, las pasiones, las artes, las costumbres, etc. En nuestro tiempo, la medicina jamás se permitiría semejante libertad. Para Debreyene la interioridad y la exterioridad humana son dos caras de una misma moneda, y para conocer una es preciso conocer también la otra. Por supuesto, a este sacerdote y médico le importa el físico porque gracias a él se puede llegar al “santuario del hombre interior ó de la conciencia”, y añade: “la fisiología es la que nos entrega la llave del corazon humano, y la que nos revela al hombre entero, es decir, el sér físico, intelectual, moral y social” (6). Así, en este curioso escrito que reviste la forma de un ensayo didáctico, y acaso acatando la máxima horaciana de “instruir deleitando”, el autor se permite intercalar anécdotas, leyendas, sentencias, refranes y relatos breves. Cierro este ejemplo con una anécdota de otro autor, pero que Debreyene incorpora en el apartado dedicado a la risa: “Todo el mundo conoce el ejemplo de aquel cardenal que, atacado de una vómica y aguardando la muerte de un momento á otro, sobrevínole una risa tan violenta al ver que un mono se habia encasquetado su solideo rojo, que el abceso se le abrió de golpe, escapó por la boca, y el enfermo logró muy pronto su completa curacion” (140).

La literatura, como dije, no es la hija más lucida (brillante, espléndida, gallarda, etc.) de la lingüística, sino mucho más que eso: es hermana de las artes; es un arte. Y el arte es una forma privilegiada del conocimiento humano que nos permite organizar y comunicar la experiencia de ser humanos aquí y ahora, con quienes nos rodean. De igual modo, podemos acceder a la experiencia de quienes nos precedieron y que, a su vez, dejaron constancia de su experiencia de ser humanos allá y entonces, junto con quienes les rodearon. Como afirmaba Michael Holquist, la literatura es una actividad perceptual, una forma de ver el mundo que enriquece la comunicabilidad del mundo” (82; la traducción es mía). Y esto es lo que nos estaremos perdiendo si continuamos pensando la literatura como un simple discurso elegante, “trabajado”, pulido, como un mero artificio del lenguaje y nada más. La estética literaria tiene el poder de recrear, mediante la palabra, el sentido y el ritmo del universo de lo humano.

Bibliografía

  • Beltrán Almería, Luis. La imaginación literaria: La seriedad y la risa en la literatura occidental. España: Montesinos, 2002.
  • Debreyne, Pierre Jean Corneille. Compendio de Fisiología humana, para servir de introducción á los estudios de la filosofía y la teología moral, seguido de un breve tratado de higiene, obra destinada especialmente al clero y a los seminarios. Trad. “Dr. D. P. P. Y. J. C.”. Barcelona: Imprenta de Pons y Ca., 1856.
  • Holquist, Michael. Dialogism. Bakhtin and his World, 2a. ed. Nueva York: Routledge, 1995.

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