La participación del lector en la era digital

Lector en la era digitalCon motivo de la reciente presentación del número 3 de Crisis. Revista de crítica Cultural en la ciudad de Zaragoza, España, me permito compartir aquí mi breve texto publicado en dicha revista.

Las categorías comúnmente empleadas hoy por hoy para reflexionar sobre el arte verbal en el mundo de la cultura escrita no designan algo ahistórico ni invariable. El libro, principal soporte para la transmisión y conservación del pensamiento humano, ha sufrido grandes cambios materiales: desde las láminas de corteza de árbol de los primeros tiempos hasta los formatos digitales más actuales; y ni qué decir de las diversas valoraciones que ha recibido el libro como texto. Las categorías autor y obra literaria también se han transformado en el tiempo, como resultado de fuerzas sociopolíticas, económicas y culturales, según lo ha estudiado Michael Foucault, entre otros. Por su parte, Roger Chartier y Guglielmo Cavallo han dirigido una valiosa historia de la lectura en Occidente, en donde igual se analiza la adaptación de los espacios para la lectura. Pero, ¿y el lector? Como las anteriores, lector es una categoría histórica. En el presente ensayo lo dedicaré a esta figura. Aunque el lector siempre ha sido participativo, porque ayuda a crecer a la obra de arte con el hecho de su lectura, en la era digital tiene un rol más contundente.

Debemos a la teoría de la recepción el haber sistematizado las reflexiones en torno al lector y haber reivindicado su importancia. Dicho grosso modo, la estimación o desestimación de éste nace de la idea que se tenga de la propia obra literaria. Ha habido dos concepciones fundamentales: una concibe dicha obra como algo inerte, consumado en el momento en que el autor asienta en ella el punto final; la otra, identificable en F. Schlegel y Novalis, concibe la obra como un fenómeno dinámico y abierto, inmerso en el diálogo vital que es el arte. En el primer caso, el lector nada puede —nadie puede— aportar a la obra, destinada a existir como un objeto impenetrable, hermético, al que sólo se rinde admiración y tributo. En el segundo caso, el lector y la crítica juegan un rol sustancial, pues lectura y crítica son momentos inherentes a toda obra de arte verbal, que gana vida y significación conforme la posteridad la actualiza y le suma sentidos estéticos. Ambas concepciones delatan actitudes radicales del hombre ante el hecho estético. Veamos rápidamente de dónde viene la segunda, e imaginemos hacia dónde podría llevarnos, de la mano de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Durante siglos, las autoridades civiles y religiosas han visto con inquietud y recelo la intervención del lector, que puede alterar o corromper el sentido original o verdadero de la obra y hasta su materialidad. Para fiscalizar las intervenciones del lector, las élites letradas han procurado interponerse entre él y la obra. La necesidad de mediación ha sido una de las herramientas más eficaces al servicio de tal propósito. En el ámbito literario, academias, universidades e institutos se han arrogado el derecho a validar e invalidar las diferentes interpretaciones y evaluaciones de los textos. Sin embargo, los esfuerzos de las élites por controlar una selva textual en constante y vertiginoso crecimiento, y que en la actualidad se antoja francamente indomable, han ido perdiendo eficacia. Internet ha puesto en jaque a las autoridades. El lector contemporáneo, usuario de las nuevas tecnologías, que están generando nuevas mentalidades, podría encontrarse en vías de recobrar algo del valor que durante años se le ha restado.

Aunque el florecimiento de la imprenta en el siglo XV revolucionó el mundo del escrito impreso, se sabe que los manuscritos siguieron circulando más allá del siglo XVIII y que la lectura en voz alta fue práctica corriente en el siglo XIX. Así, estas dos grandes esferas de transmisión de las obras de arte verbal han coexistido a lo largo del tiempo, desplegando cada cual sus especificidades. La cultura impresa siempre ha estado más próxima a los centros de poder y a las élites intelectuales, y, obviamente, más vigilada y reglamentada que la cultura manuscrita. Pero hoy los límites entre ambas esferas ya no son tan sólidos como antes. Piénsese, por ejemplo, en las publicaciones digitales. ¿En dónde ubicarlas? Sin duda, forman parte del mundo del escrito impreso; y a la vez, por el tipo de dinámica que establecen con sus lectores, forman parte del mundo del manuscrito, que es un mundo más libre y menos jerárquico. En términos amplios, podría afirmarse que las publicaciones digitales han reforzado la participación activa de los lectores, concebidos como usuarios, capaces de modificar la presentación e incluso el contenido de las obras.

La superabundancia de libros, revistas y periódicos digitales, blogs, sitios web interactivos, páginas personales, etc., dedicados a la literatura, ha entorpecido las labores de vigilancia, control y censura de las élites letradas. Y algo más: éstas ha sido reemplazas por las élites económicas, que han procurado a toda costa extender las márgenes de nociones como lo cultural, lo artístico y lo estético, a fin de extender también el territorio de sus mercados. Ahora se escucha hablar de “paseos culturales”, “comida artística”, “estética de los ríos naturales”, etc. La explotación de las formas visuales y auditivas, esto es, la fuerte tendencia a la espectacularización o producción de espectáculos para las masas, ha permitido que éstas accedan a espacios antes reservados a un público reducido o selecto, a la vez que se ha relegado objetos y espacios otrora privilegiados de la llamada “alta cultura”. Los libros impresos y las bibliotecas han dejado de ser los espacios predilectos del saber y del arte. En este panorama negro y poco alentador a los ojos de muchos, algunos han sabido ver que despuntan luces de esperanza. Por ejemplo, se está dando un generoso incremento del capital estético de la humanidad, con lo cual es posible que más tarde presenciemos la revitalización del arte. También se está reanimando la solidaridad entre los creadores y los usuarios —creadores potenciales—, lo cual se ve reflejado en la popularización de la Web 2.0, del método CopyLeft y del crowdfunding, entre otras cosas.

Un último punto: el lector se ha ido transformando junto con las nuevas tecnologías, entendidas como nuevos medios de comunicación y adquisición de conocimiento. Hace cien años la interacción con una obra literaria —impresa— se limitaba a su lectura y, a lo más, a añadir notas en los bordes y en las páginas en blanco del libro; no se podía alterar de manera sustancial el contenido. Pero hoy los libros y documentos electrónicos facultan al lector para interactuar más libremente: puede añadir, borrar, deslizar y cortar el texto, superponer su propia escritura, añadir imágenes, adjuntar enlaces dinámicos (de audio y video), etc. Además, gracias a la publicación en blogs, redes sociales y sitios web, los lectores pueden leer las obras casi en el mismo instante en que el autor las publica. Estamos, pues, ante una inmediatez temporal y espacial semejante a la de los viejos tiempos, en aquella esfera donde imperaba el manuscrito: autor, lector y obra se encuentran, quizá, más cercanos que nunca, sin importar que vivan en extremos distantes de la Tierra.


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