Memorias de perros ilustres (primera parte)

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Argos esperó por veinte años a su amo. Abandonado, en medio de  inmundicias, no es la sombra de lo que fue: “no se le escapaba ninguna fiera que levantase, ni aun en lo más hondo de la intrincada selva, porque era sumamente hábil en seguir su rastro” (186), cuenta Eumeo, el devoto sirviente de Odiseo. A pesar de todo el tiempo transcurrido, Argos reconoció sin titubeos a su amo, le movió la cola, dejó caer las orejas e intentó aproximársele, pero “la Parca de la negra muerte se apoderó de Argos, después que tornara a ver a Odiseo al vigésimo año” (Homero, 186).

No solo la fidelidad y paciencia canina han sido motivos de reflexión en la tradición clásica, también lo han sido su despreocupación y desfachatez. El perro jamás esconde sus hábitos naturales, “no se oculta para hacer sus necesidades ni sus tratos sexuales, roba las carnes de los altares y se mea en las estatuas de los dioses” (García, 9), y esto ha permitido que su figura sea una especial representación de la libertad.

Por lo anterior, el filósofo Diógenes de Sinope no pudo recibir mejor sobrenombre que el de Cínico[1], es decir, hombre perruno, pues eligió no tener más fortuna que un gran tonel de barro, un desvaído manto y un bastón; prefirió deambular por la ciudad sin practicar ningún oficio, libre de preocupaciones, observando el vaivén de los demás habitantes. En vez de defender altos valores como el pudor y el sentido de justicia[2], los fundamentos básicos de la moralidad griega, Diógenes promovió la frescura, la indiferencia y, para no ser integrante de un rebaño embrutecido y adormilado por la rutina, tomó como modelo a los animales.

Vale la pena señalar que la postura del filósofo cínico no es en absoluto casual, sino premeditada y contestataria. Si se esfuerza en ser subversivo es para criticar a una sociedad que considera enferma y perturbada, defensora de valores poco auténticos. La “secta del perro”, como llama García Gual a los cínicos, cree que las convenciones sociales hacen al hombre incapaz de razonar por sí mismo, por esto ataca “los falsos ídolos” y propugna “un desenmascaramiento ideológico” (10).

Según informa Diógenes Laercio -el autor del libro Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres– el otro Diógenes, el Cínico, consideraba al hombre como el más necio, en especial, cuando veía a “los interpretes de sueños, los adivinos y quantos lo creen, ó a los que se ciegan por la gloria mundana y riquezas” (Diógenes, 19). El Perro se asombraba de todos los despropósitos humanos: del músico que “acordando las cuerdas de su lira, tienen desacordes las costumbres del ánimo”; de los matemáticos “porque mirando al sol y á la luna, no ven las cosas que tienen a los pies”; de que se ofreciesen “sacrificios a los Dioses por la salud, y en los sacrificios mismos hubiese banquetes que le son contrarios” (16). En cambio, el filósofo elogiaba a los esclavos que no hurtaban, a los que pudiéndose casar no lo hacen, a los que pueden estar cerca de los poderosos y se abstienen de ello, y a los que se acercan a sus amigos con los dedos extendidos.

La literatura también ha ofrecido otros ejemplos de filosofía canina. Cipión y Berganza, protagonistas de la Novela del Coloquio de los perros, de Cervantes, a quienes les es otorgado el don del habla sorpresivamente, son un buen ejemplo. Al descubrir que hablan “con discurso”, Berganza, nacido en el Matadero de Sevilla, cuenta las labores en las que lo ocuparon (como perro ovejero, niñero, acompañante de estudiantes de latín, ayudante de carnicería, etc.) y los distintos amos a quien sirvió.

En la narración de las andanzas de su vida, Berganza critica, desde una perspectiva humorística, a la sociedad española de los tiempos de Cervantes: como ovejero, el can pudo ver cómo los pastores fingían ser lobos, mataban a las ovejas, para engañar a su amo, a quien “dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor”; como guardián de escuela aprendió latín y descubrió que “algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no entiende que son grandes latinos, y apenas saben declinar su nombre ni conjuntar un verbo”; descubrió que entre las vicisitudes de la pobreza, “La sabiduría en el pobre está asombrada”, porque “la necesidad y miseria son sombras y nubes que la oscurecen, y si acaso se descubre, la juzgan por tontedad y la tratan con menosprecio”; fue víctima de majaderías de los perritos falderos de vida privilegiada, a quienes considera “cobardes y de poco ánimo”, “atrevidos e insolentes cuando son favorecidos, y se adelantan a ofender a los que valen más que ellos”[3].

El coloquio de los perros es un ejemplo de sátira menipea, género literario que nació en la Antigüedad en un momento de crisis, cuando la desigualdad social adquirió, gracias al monetarismo, proporciones escandalosas (Beltrán, 266), y en el que lo normal es que todo puede ocurrir en cualquier momento, por muy insólito que sea como un perro que hable con discurso. La figura predilecta de este género -cuyo primer representante, Menipo de Gádara, es por cierto un filósofo de la escuela cínica-, es la del sabio loco o la del filósofo de la risa que denuncia la falsedad del mundo.

En mi entrada anterior hablé de la risa del cortesano que es elegante y mesurada. Argos, representante de los cánidos de alcurnia, nos muestra una visión seria del mundo y es poseedor un valor tan alto como lo es la fidelidad. Los otros perros, los que deambulan por las calles, no son siempre modelos de virtud, se portan subversivos, críticos, desconfían de la sociedad, andan libres, tiran tachos de basura, se entregan al amor libre y, desde su visión marginal, dan cuenta de otra manera de reír y de entender el mundo. De la memoria de esos perros habré de dar cuenta en la próxima entrega.

Bibliografía

Beltrán, Luis. La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental. España: Montesinos, 2002.

Diógenes Laercio. Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres. Madrid: Imprenta Real, 1792.

García Gual, Carlos. La secta del perro. Vidas de filósofos cínicos. Madrid: Alianza Editorial, 2005.

Homero. La Odisea. México: Porrúa, 2007.


[1] El vocablo cínico proviene de la palabra griega Kuon, Kunos, perro.

[2] El mito, recogido por Platón en el diálogo Protágoras, advierte que Zeus decidió hacerle un regalo importante a la humanidad para que esta administrara con sabiduría el fuego que les entregó Prometeo, base del desarrollo técnico: resolvió entregar el pudor y el sentido de justicia a los hombres, fundamentos básicos de la moralidad, para que la armonía y la amistad rigiesen las ciudades. Cita de Protágoras, diálogo consultado en http://www.filosofia.org/cla/pla/protbil.htm


2 respuestas a “Memorias de perros ilustres (primera parte)

  1. Cuando abrí mi face, observe ese espléndido cuadro, estaba muy ocupada para ponerme a leer, preparando un examen importante para mi. Ahora que por fin terminé aunque, no como lo esperaba. me enfoco en el cuadro y entiendo el texto. Muy bueno.

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