Consejos para apagar la “molesta brasa del amor”

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El recuerdo es una huella complicada.

Se persigue en círculos.

Enloquece como un hombre en llamas.

Eduardo Langagne

El recuerdo es huella complicada sin duda alguna. Pero es también un cumplido, el honor que solemos otorgarle a alguien: recordarle con cariño, darle sitio en la memoria. La misma Sor Juana apelaba a este honor en su soneto a Celio:

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes, 
en decir que me acuerdo de olvidarte, 
pues no hay en mi memoria alguna parte 
en que, aun como olvidado, te presentes. 

Mis pensamientos son tan diferentes  
y en todo tan ajenos de tratarte, 
que ni saben ni pueden olvidarte, 
ni si te olvidan saben si lo sientes. 

Si tú fueras capaz de ser querido, 
fueras capaz de olvido; y ya era gloria  
al menos la potencia de haber sido. 

Mas tan lejos estás de esa victoria, 
que aqueste no acordarme no es olvido 
sino una negación de la memoria.

Vivir como recuerdo, o incluso haber sido olvidado, es un privilegio que a Celio le negaron, pues ni siquiera le es concedido el triunfo de “la potencia de haber sido”. La memoria como el corazón es selectiva, orgullosa, caprichosa, dedicada para quien le importa, en franca negación para quien no es admitido ni en la una ni en el otro. Aun los recuerdos que guardamos de nosotros mismos llevan bien marcada la impronta de la omisión o del olvido (in)voluntario: recortamos de nuestro pasado aquellos episodios embarazosos de la infancia, aderezamos con otros matices los que habrían de definir nuestro destino, los pulimos y decoramos todos para que estén presentables cuando se ofrezca la necesidad de evocarlos.

            A pesar de la falibilidad de la memoria, lo que guardamos en ella es especial, se ha ganado el honor de “estar vivo”, al menos a modo de recuerdo. Quizá por eso nos esforzamos por mantener vigente la imagen de nuestros muertos, por no olvidar sus voces, risas, gestos; por guardar lo más intacta posible la última visión de lo que fueron. Como contraparte, la memoria también es obstinada y, muchas veces, se empeña en recordarnos aquello que queremos olvidar.

            La palabra olvido se modula con algunos verbos relacionados con la negación: “no poder”, “no querer”, “no deber”. Desde su raíz latina (oblitare, oblivisci), olvidar conlleva la consigna de anular, tachar, borrar, obstruir, hacer desaparecer de la memoria lo que se tenía o debía tener en ella (Weinrich 16-18). El olvido más frecuente, el olvido cuando se presenta como involuntario, suele ser visto como un lastre, un defecto (ser olvidadizo), un síntoma de enfermedad o una flaqueza de carácter. Sin embargo, en un tiempo el olvido gozó de ciertas cualidades y reconocimiento. Existió la “condenación de la memoria” (damnatio memoriae), procedente del derecho público y penal romano, que afectaba especialmente a emperadores y hombres de poder. La “condenación de la memoria” era aplicada a aquellos políticos que, tras su muerte o en un cambio de gestión, eran declarados “enemigos del Estado”; entonces la ley entraba en vigor desapareciendo todo aquello que remitiera a ese personaje. De ahí en adelante sería considerado una “no persona” y, en el territorio sobre el cual alguna vez ejerció su poder, no quedaría un solo lugar con su nombre, ninguna estatua o imagen de él en pie, ningún recinto, ningún testimonio; cada uno de sus decretos dejaría automáticamente de tener vigencia. La peor condena era llegar a padecer el olvido absoluto de un pueblo, pues la ley estaba hecha expresamente para “abolir de este mundo toda memoria” de ese enemigo (Weinrich 68-69).

            Olvidar de una vez y para siempre no fue procedimiento exclusivo de las leyes de Estado. También las personas no deseadas o repentinamente volcadas en nuestra contra en materia amorosa, podían y tenían que ser erradicadas de la memoria. En Leteo. Arte y crítica del olvido, Harald Weinrich destaca la presencia de una fuente del olvido a la cual recurrían los amantes traicionados, abandonados u ofendidos:      

            “Mucho se olvida en el amor. Eso lo sabían en la antigua Roma los muchachos y muchachas que, por ello, para olvidar amores iba a la puerta Colinia, donde junto al templo de Venus había también una divinidad del amor lethaeus, el ‘amor leteico’ llamado así por el Leteo, el mítico río del olvido. Aunque esta divinidad no prometía combatir el olvido, más bien, según el fingido testimonio[1] del poeta Publio Ovidio Nasón (43 a. de. C.-ca. 17 d. de C.), tenía fama de procurar un profundo olvido cuando una amada indigna o un amado infame ya no merecían el amor. Así pues, los jóvenes corrían a la estatua del amor lethaeus para ‘implorar el olvido’ (oblivia poscere) con sus oraciones y votos (41-42)”.

            Tanto antes como ahora, el remedio más inmediato para curar el mal de amores eran los fármacos. La flor del loto, citada por Homero en el famoso pasaje de los lotofágos, es referencia obligada en este rubro, aunque no se tiene noticia de su efectividad y precisión para llegar al objetivo del finis amoris. Si de olvidar fácil y rápido se trataba, el vino, antes que la flor de loto, era la sustancia a la que acudir; a pesar de que sus efectos no fueran siempre los deseados. El vino, casi cómplice del amante infame, parecía tenderle al amante sufriente la trampa inicial de un olvido efectivo acompañado del espíritu entusiasta de quien se sabe por fin liberado, pero tan sólo para hacerle caer después en el terrible delirio del recuerdo que se vivifica e idealiza al ir sumándole copas. Y nada como la resaca de vino y restos de amor.

            La asistencia de los dioses, la del amor lethaeus, no era del todo divina, pues sólo era efectiva mediante un estudio concienzudo de las artes del olvido. Una vez superada la faceta inútil de la embriaguez para sofocar “la molesta brasa del amor”, el amante debía ejercitarse disciplinadamente en olvidar y someter a la o el infame a la correspondiente “condenación de la memoria”. Si en su célebre Arte de amar Ovidio instruye a los amantes en la ardua tarea de conquistar los favores del otro, en sus Remedios de amor ofrecerá la cura para el mal ya contraído,[2] y lo hará precisamente apelando al amor lethaeus, una especie de arte memorística pero al servicio del olvido.

            Ovidio es muy preciso en los pasos a seguir a fin de lograr el objetivo de olvidar al amante y, aunque sus consejos aplican para ambos sexos, el autor suele encontrar mejor acomodo para hablar desde el hombre traicionado por una mujer: “El amante recompensado, ebrio de felicidad, gócese y aproveche el viento favorable a su navegación; mas el que soporta a regañadientes el imperio de una indigna mujer, busque la salud acogiéndose a las reglas que prescribo” (3-4).

            Diversas son las reglas prescritas por Ovidio, pues apela a todas las facetas de la vida humana que se ven afectadas por el desamor. De principio recomienda evitar el ocio, ya que suele ser muy buen amigo de Cupido y en él encuentra campo fértil para sembrar sus dardos de amor y enardecer el fuego que se intenta apagar. Mejor es dedicarse al trabajo con empeño y concentración, así como entregarse a actividades físicas que requieran energía y fortaleza. Dado el caso de tener que coincidir con el amante, el autor recomienda el enmascaramiento de la tristeza: “simula hallarte sano aunque te aflija la dolencia, y ríe estrepitosamente cuando tengas motivos para llorar” (26). Estas distracciones deben complementarse con un ejercicio memorístico encaminado a olvidar y que consta, entre otros, de los siguientes pasos:

-Esforzarse por recordar con frecuencia los defectos del amante y no sólo opacar con ellos sus virtudes, sino evocar los males que acarreaban dichos defectos: “Ten presentes a todas horas las infidelidades de tu aviesa amiga, y no borres de tu memoria las pérdidas que te ocasiona” (17). En esta faceta, la memoria también debía trocar las cualidades físicas del amante en odiosos defectos, puesto que recordar la belleza exterior podría ocasionar una recaída: “«¡Qué mal formadas tiene mi amiga las piernas!», exclamaba, y, a decir verdad, no eran tan despreciables. «¡Cuán poco hermosos sus brazos!», y realmente eran hermosísimos. «¡Qué corta de talle!», y no había tal” (18).

-Procurar la compañía de un nuevo amante, pues a decir de Ovidio “cuando la inclinación se divide entre dos personas, la influencia de la una debilita el poder de la otra” (24). También se recomienda la compañía de amigos a fin de evitar los recuerdos impertinentes, ya que “si permaneces solo, te dominará la tristeza, y la cara de tu prenda abandonada se ofrecerá a tu vista como si fuese su misma persona (30); además de que “la amistad es un bálsamo que cicatriza profundas llagas” (31).

-“Si amas y quieres verte libre, evita la compañía de los enamorados: este contagio alcanza al hombre lo mismo que a los rebaños” (32).

-Despojar a la memoria de sus recordatorios, deshacerse de sus imágenes, de sus cartas: “No te entretengas en leer las misivas que guardes de tu dulce amiga: el temple más firme vacila con tan peligrosa lectura. Aun a tu pesar, entrégalas al fuego, y exclama: «Que este fuego devore mi ardor.»” (37).

-Incluso tomar distancia de las personas en torno al amante prepara mejor el camino para olvidarle (33). Poner la mayor distancia posible entre uno y el amante, ya que tener a la mano y a la vista aquello que se pretende olvidar es tarea dificilísima. “Si puedes, trasládate a otro hemisferio. El estómago hambriento no es dueño de contenerse ante una mesa bien surtida, y el arroyo que salta incita la congoja del sediento” (33).

-Evitar los lugares que estén atravesados por la presencia del amante: “huye de aquellos que por haber sido testigos de tus dichas, te produzcan impresiones dolorosas. «Aquí estuvo, aquí se acostó; éste es el tálamo en que dormimos, aquí me harté de placer durante larga noche.» Con las memorias se renueva el amor, se abre la cicatriz reciente, y los enfermos recaen a la menor imprudencia” (37).

-Evitar las visitas al teatro, puesto que la mayoría de las representaciones versan sobre el amor y “allí se enerva el ánimo a los acordes de la cítara, al son de la flauta y la lira, del canto y la danza con sus movimientos cadenciosos; allí se representan a diario ficticias pasiones, y el actor, con arte maravilloso, te enseña los peligros que has de precaver y los placeres que labran la felicidad” (38).

            Ovidio parte de un principio sobre el amor muy elemental: “El amor se nos introduce en el alma por la costumbre, y por la costumbre llega a olvidarse. El que tenga brío y se imagine libre, acabará siéndolo realmente” (26-27). Muchos de sus consejos aún gozan de vigencia y es evidente que van tanto más allá de la sola voluntad de brío o lucidez; lo único que enturbia sus remedios de amor es el tratar con materia tan pantanosa y difícil de asir. Así que si estas reglas no funcionan, el amante frustrado deberá empeñar todos sus esfuerzos en intentar no enloquecer cual hombre en llamas.

 

 

Bibliografía

Cruz, Sor Juana Inés. “No quiero pasar por olvido lo descuidado”. En Poemas. Barcelona: Linkgua, 2007.

Langagne, Eduardo. Decíamos ayer. Poesía (1980-2000). México: CONACULTA, 2004.

Ovidio. El remedio del amor. Trad. Germán Salinas. Edición digital en http://es.scribd.com/doc/51761720/Ovidio-El-remedio-del-amor  

Weinrich, Harald. Leteo. Arte y crítica del olvido. Madrid: Siruela, 1999.

Imagen: Detalle de “Alegoría del Amor” o “Alegoría del triunfo de Venus”. El Bronzino (1503-1572).


[1] Esta es la cita que refiere Weinrich: “Junto a la puerta Colina álzase un templo venerable, al que dio su nombre el elevado monte Erix; allí reina el Olvido del Amor, que sana los corazones enfermos sumergiendo sus antorchas en las frías ondas del Leteo; y allí corren los jóvenes a pedirle el alivio de sus penas, y las doncellas locamente enamoradas de un hombre insensible. Este numen me habló así (dudo si fue el verdadero Cupido o la ilusión de un sueño, pero me inclino a lo último): «¡Oh tú, que, solícito, ya enciendes, ya extingues las llamas de Venus, Ovidio!; añade a tus lecciones este precepto mío: represéntese cada cual el cuadro de sus males, y olvidará sus amoríos” (Ovidio 29).

[2] Así leemos en el citado texto: “Acudid a mis lecciones, jóvenes burlados que encontrasteis en el amor tristísimos desencantos. Yo os enseñaré a sanar de vuestras dolencias, como os enseñé a amar, y la misma mano que os causó la herida os dará la salud” (Ovidio 5).


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