De abanicos y poemas

Fuente: http://goo.gl/1EiX3X
Abanico dedicado por J. Jackson a Teresa Marín Ribes. Fuente: http://goo.gl/1EiX3X

El siglo XIX y las primeras décadas del XX atestiguaron una curiosa forma de difusión, o exhibición, de textos breves en verso y prosa: la escritura en abanicos. Esta asociación, peregrina en apariencia, se torna más comprensible si reparamos en el juego que esconde: los versos servían para que la persona a quien iban dirigidos se “hiciera aire”, esto es, para que se luciera, se envaneciera; y además, en el caso de las mujeres, potenciaban su atractivo sexual y aumentaban los recursos de su coquetería. El abanico ha sido un elemento predilecto de la seducción: enmarca los ojos, sugiere caricias, oculta las mejillas ruborizadas, disimula los besos entre amantes, etc.

Aunque el abanico es un soporte material, también puede concebirse como una modalidad especial del álbum, un popular género de la cultura que viene de tiempos remotos y aún sobrevive en nuestros días. Los orígenes del álbum (del latín albus, blanco) han de buscarse en la antigua Roma. El album romano era un muro blanco en donde se escribía a diario la información relevante para los ciudadanos. Por cuestiones prácticas, el álbum se redujo poco a poco a las dimensiones de una tablilla blanca, y después se modificó hasta derivar en algo que hoy llamaríamos libro o manuscrito. En el siglo XVIII, cuando ya se había debilitado el nexo entre la vida política y el álbum, éste se integró a la vida social de ciertas élites: se usaba para colectar firmas de amigos, colegas y gente importante, así como material pictográfico y musical, y toda suerte de recuerdos. Leonardo Romero Tobar asegura que incluso se tiene noticia de algún abanico con una ecuación matemática estampada, pues cada cual ofrendaba lo que podía.[1]

A mediados del siglo XIX el álbum cobró nuevo auge y extendió sus ramas. Una de ellas se mezcló con géneros como el encomio, la agudeza, el epigrama, la máxima, etc., y se convirtió en un medio idóneo para el elogio personal, como se advierte en la moda de los abanicos escritos. Otra rama del álbum siguió un rumbo distinto gracias a su combinación con géneros como la miscelánea, la lira, la guirnalda, etc., que promovió el establecimiento de colecciones literarias. Para comprobarlo basta aludir a la proliferación de obras y compilaciones tituladas Álbum…, Antología…, Lira…, Parnaso…, etc. No es que antes no las hubiera, sino que no daban el salto a la imprenta. Es el caso de Flores de baria poesía, un cancionero novohispano del siglo XVI recuperado por Antonio Paz y Meliá en el siglo XIX, y publicado por Margarita Peña en años recientes.

En el siglo XX el álbum pasó a designar recopilaciones personales de imágenes visuales de índole cada vez más privada (fotos de cumpleaños, de viajes, de reuniones con amigos, etc.), y de textos de cuestionable contenido estético, por haberse transformado en fórmulas o versos estereotipados. Quizás alguien todavía recuerde, como yo, haber tenido en su infancia un álbum lleno de calcomanías, recortes de revistas, poemas breves y dedicatorias de amigos. A continuación, abusando de la gentileza del lector, seguramente acostumbrado a leer poemas de vuelos líricos, pongo cuatro ejemplos del tipo de composiciones grabadas en mi álbum y, por el misterioso designio de las diosas felinas, en mi memoria:

Un autógrafo me pides,
un autógrafo te doy;
con el grafo tú te quedas,
con el auto yo me voy.

Amor es compartir.
Mi amiga eres tú.
Odio no es vivir.
Reír es estar feliz.

Tu madre es una rosa,
tu padre es un clavel,
y tú eres una mosca
pegada en el pastel.

Dos ositos en la nieve
no se pueden resbalar;
dos amigas que se quieren
no se pueden separar.

A mis siete años yo no sabía que esta cuarteta de los ositos y sus numerosas variantes, que continúan circulando, pertenecían a una larga tradición, que hoy resurge con fuerza en las redes sociales. Dada la insólita prosperidad de la cultura visual, primero, y la audiovisual, después, el álbum se distanció del poema y se ligó a la fotografía, de modo que actualmente llamamos álbum a un conjunto de fotos impresas o digitales. Para ver sus manifestaciones más contemporáneas, basta referirnos a los álbumes de Facebook o a las carpetas de archivos de imagen que casi todos guardamos en nuestras computadoras.

El abanico es, como dije al inicio, una modalidad especial del álbum, y siempre ha estado ligado a la sensualidad, al erotismo y al ideal de belleza; sólo en siglos recientes, según vimos, se combinó con el encomio. En Las mil y una noches, en la historia “Las dos danzarinas” (noche 988), encontramos al menos dos abanicos con poemas escritos en letras “de oro y azul”. Cito los versos contenidos en ambos:

¡El soplo que traigo es fresco y ligero, y juego con el pudor rosado de las que acaricio!
¡Soy un velo cándido que oculta el beso de las bocas enamoradas!
¡Soy un recurso precioso para la cantarina que abre la boca y para el poeta que recita versos!

*

¡Soy verdaderamente encantador en manos de las bellas, por lo que mi sitio predilecto es el palacio del califa!
¡Renuncien a tenerme por amigo los que estén en desacuerdo con la gracia y la elegancia!
¡Pero también concedo con gusto mis caricias al jovenzuelo flexible y desenvuelto como una esclava hermosa![2]

Estos versos dan cuenta de la función y el espacio propios del abanico, y de sus lindes con lo sensual, lo erótico, lo sexual y con el poder. Es interesante notar que en ellos aún no hay encomio.

Los poemas del abanico solían ser cuartetas, sonetos y décimas, pero también se dio el caso de abanicos con poemas más extensos. En la foto de arriba se ve estampado en un abanico el poema de 40 versos que José Jackson Veyán dedicó A Teresa, esposa de su amigo Federico Chueca.[3] El repertorio de poetas que cedieron a la moda de ornar con sus versos los abanicos de las damas y las señoritas, y excepcionalmente el de algún caballero, es muy amplio. Por mencionar un puñado de escritores hispanoamericanos: José Martí, Rubén Darío, Manuel Gutiérrez Nájera, Almafuerte [Pedro Bonifacio Palacios], Justo Sierra,[4] etc. La abundancia de poemas que fueron escritos en abanicos ―hoy perdidos, desafortunadamente― se observa en el título o en las notas de varias composiciones publicadas en libros, revistas y periódicos decimonónicos y de comienzos del siglo XX. Citaré, a modo de guisa, dos ejemplos. El primero es de Gutiérrez Nájera, y el segundo es de Almafuerte:

En un abanico
Pobre verso condenado
a mirar tus labios rojos
y en la lumbre de tus ojos
quererse siempre abrasar.

Colibrí del que se aleja
el mirto que lo provoca
y ve de cerca tu boca
y no la puede besar.

*

En un abanico
Si con la masa doliente
de mi corazón herido
pudiese hacer un tejido
perfumado y transparente,
yo lo hiciera diligente,
y aunque hacerlo me matara,
para que usted fabricara
un abanico chinesco,
para echarse grato fresco,
para taparse la cara.
Mas como no puede ser
por más que yo lo quisiera,
mas como si yo pudiera
no habría usted de querer,
me contento con poner
después de rudos esfuerzos
estos versos tan perversos
en este abanico humilde,
para que al menos, Matilde,
se abanique con mis versos.

Además del halago a la dama, o al caballero ―escribir en los abanicos de señoritas a menudo significaba, en realidad, honrar con la atención al padre, si era un hombre famoso―, en los poemas de abanico había sitio para la sentencia moral, el epigrama, la agudeza, la picardía y hasta el chiste. Esta relajación y apertura indignó a más de uno. En Café con gotas, un semanario satírico español publicado entre 1886 y 1892, hay un reproche escrito en tono paródico. Transcribo primero los versos firmados por un tal Julio Jalvo Ruiz en el abanico “de la hermosa señorita M. A.”, y enseguida la crítica al mismo:

Vamos Maruja, que yo no acierto,
que yo no entiendo, que no me explico,
¡cómo de amores, por tí, no ha muerto
este abanico!

*

Ni yo comprendo, ni yo me explico,
como al mirarse garabateado
con tales versos ¡el abanico
no ha protestado![5]

Por supuesto, ni al abanico ni al álbum de señoritas les faltaron detractores. Cierro esta reflexión recuperando una divertida crítica de Amado Nervo a las “ampulosas lisonjas” estampadas en los álbumes autógrafos, en los que “rara vez [se] escribe una verdad”. En el texto, publicado en 1894 en El Correo de la Tarde, Nervo dice: “¿Que la dueña del álbum es medianamente bonita?, pues se agota todo el diccionario de epítetos; ¿que es fea?, pues tiene que ser virtuosa, y si esto no se puede asegurar, porque lo contrario es público y notorio, entonces se recurre al talento, a la simpatía, a la elegancia; algo se ha de decir en elogio de la dama, aun cuando el autor del dicho no lo crea y a veces… ¡a veces ni la dama tampoco!”.[6]


[1] Este brevísimo repaso histórico debe mucho a la conferencia de Leonardo Romero Tobar, “La literatura midcult en la España de Isabel II”, en el marco del segundo congreso internacional Tendencias culturales transpirenaicas: Tradición e interculturalidad. las relaciones entre lo culto y lo popular en los siglos XIX-XX, celebrado en Jaca los días 2, 3 y 4 de octubre de 2013. El congreso es parte de las actividades de la Red Temática Internacional Culturas Populares Transpirenaicas. Sitio web de la red: http://traditioninterculturalite.univ-pau.fr/live/?languageId=5

[2] Anónimo. El libro de las mil noches y una noche, 2 vols. Ed. J. C. Mardrus. Trad. Blasco Ibáñez. España: Cátedra, 2007, vol. 2, p. 2908 y 2909.

[3] Más información al respecto en “Historia de un abanico”, entrada correspondiente al 1 de diciembre de 2012, en el blog dedicado a José Jackson Veyán: http://josejacksonveyan.blogspot.com.es/2012/12/historia-de-un-abanico.html

[4] Se sabe que Sierra incluso “donó” algunos versos que fueron escritos en un abanico destinado a su venta en una kermesse (Dumas, Claude. Justo Sierra y el México de su tiempo: 1848-1912, 2ª ed. Trad. Carlos Ortega. México: UNAM, 1992, t. 1, p. 383).

[5] Café con gotas: semanario satírico ilustrado, 1886-1892. Dir. Margarita Santos Zas. Eds. Francisco Blanco Sanmartín et al. Edición facsímil. España: Universidade de Santiago de Compostela, 1999, p. 3. Transcribo textualmente.

[6] Amado Nervo. Lunes de Mazatlán: crónicas (1892-1894). Ed., liminar, estudio y notas Gustavo Jiménez Aguirre. México: Universidad Autónoma de Sinaloa-Facultad de Historia / Ayuntamiento de Mazatlán, 1998, p. 239.


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