Voz y visiones de mundo en la novela

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Fuente: http://goo.gl/W30t

La literatura es, o suele ser, un espacio privilegiado para el encuentro y el diálogo con el otro, para la puesta en común entre un Yo y un Otro, ubicados en universos espaciotemporales y axiológicos iguales o distintos. Por supuesto, la literatura también da cabida a lo contrario: al desencuentro, a la controversia, a la oposición y a la polémica. La réplica, no obstante, debe considerarse parte del diálogo.

Si examinamos nuestras respectivas historias literarias, de seguro advertiremos que las formas narrativas han sido particularmente hábiles y sensibles para captar la palabra del otro, es decir, para dejarse impregnar por voces ajenas, discursos ajenos, perspectivas, visiones de mundo, valores ajenos a los del autor o el narrador. La palabra ―entendida en sentido amplio: palabra, voz, enunciado, discurso, lenguaje, etc.― siempre se orienta a la manera de un diálogo: es réplica y continuación de otras palabras, es respuesta y pregunta, es un eslabón más en un diálogo abierto, múltiple, inagotable.

Esta palabra tiene la capacidad de representar posiciones éticas e ideológicas, de ideologías en flujo, no acabadas, inconclusas. En consecuencia, las diferentes voces audibles en la novela, en tanto que palabra del otro, son o pueden ser portadoras de diversos sentidos y valores de la existencia humana. Evidentemente, esta condición se incumple con frecuencia, pues muchas veces las voces que resuenan en una obra narrativa son meras estrategias retóricas o estilísticas, con lo cual no existe ningún intercambio o diálogo entre distintas posiciones éticas e ideológicas. Y el diálogo que niega la posibilidad del encuentro deviene en mera fórmula para exponer ideas preconcebidas, fijas, dogmáticas. Lo anterior cobra dimensión y peso cuando preguntamos quién habla en la novela. La pregunta nos obliga a considerar el Yo que genera el discurso que escuchamos y el Tú a quien se habla; en ocasiones, igual exige prestar atención al Tú de quien se habla. Para decirlo con Tatiana Bubnova:

Las palabras todas van dirigidas a alguien y son de alguien (no hay palabras neutras, que existan por su cuenta), y decir palabras propias ―las que le “pertenecen” a uno― sólo es posible en respuesta a algo que se dijo antes de nosotros. Es en el proceso de la comunicación verbal, de la interacción con el otro, como uno se hace sujeto forjando su propio yo. El “yo” sólo existe en la medida en que está relacionado a un “tú”: “Ser significa comunicarse”, y un “yo” es alguien a quien se le han dirigido como a un “tú”.[1]

Toda palabra es, pues, necesariamente réplica a otra anterior y ajena, que suscita aquélla y la reviste de sentido. A su vez, la réplica anticipa futuras réplicas ―porque se convierte en pregunta factible de ser contestada―, con lo cual el diálogo permanece abierto, vivo.

Ahora, ¿cómo funciona esto en el campo literario? Para comenzar, una obra puede ser entendida como réplica de un diálogo, y siempre está orientada hacia la respuesta del otro, de los otros. “Una obra es eslabón en la cadena de comunicación discursiva; como la réplica de un diálogo, la obra se relaciona con otras obras-enunciados: con aquellos a los que contesta y con aquellos que le contestan a ella”.[2] Entonces, un texto puede establecer diversas formas de relación o diálogo con otros, de los cuales puede ser, por ejemplo, continuador, antagonista o complemento. Así, aunque varios textos tengan un antecedente común, el carácter de cada uno variará en función de la postura que tomen respecto a él: apoyarlo, validarlo, cuestionarlo, atacarlo, censurarlo, desecharlo, etc. Por supuesto, dicha toma de postura admite grados y parcialidades, o sea que un texto puede cuestionar determinados elementos de su precursor, pero autorizar otros y censurar otros más. A la larga, esta demarcación de afinidades y diferencias ―tamizada por un sinnúmero de factores más― nos permite distinguir géneros y tradiciones, así como también novedades. En palabras de Iris Zavala,

La historia literaria se concibe como las réplicas de un diálogo, en el que los enunciados (textos) se relacionan entre sí según la secuencia valorativa (emocional) de una secuencia dialógica. De esta manera, la literatura es un fenómeno plurilingüe, y la historia literaria se concibe como la relación mutua de dos procesos ―el de canonización y el de re-acentuación del signo―. El primer proceso silencia el discurso ajeno, mientras el segundo renueva y genera las obras del pasado en cada presente; la escritura se concibe como una lectura de aceptación y rechazo del discurso anterior, y no de repetición de las estructuras anteriores. Cada texto reformula el sentido profundo de la modernidad, que consiste en desplazar y asumir la autoridad del pasado.[3]

La apuesta por la reconstrucción de este diálogo histórico entre obras es una de las contribuciones radicales de Bajtín al campo literario. Al concebir las relaciones entre cada obra y su tradición como diálogo o conjunto de réplicas, y no como influencia, se concede a éstas un rol más activo en la “conversación”, ya que el Tú bajtiniano es activo y su respuesta siempre se orienta a la de los otros, a quienes escucha y a quienes habla.

Según lo anticipé líneas atrás, una de las maneras privilegiadas de ingreso del discurso ajeno en el discurso de la novela es la estratificación, al interior de una obra, de una lengua en los varios momentos de su existencia histórica. Esta estratificación, o penetración de la pluralidad discursiva, puede tener lugar de manera abierta o disimulada, y con variaciones más o menos sutiles, según se oriente a cumplir diversos propósitos estéticos que van, por ejemplo, desde desenmascarar discursos oficiales y solemnes, activar los mecanismos del humor o aventurar nuevas formas de compresión sobre determinados objetos, hasta reforzar verdades monolíticas, censurar el discurso de la diversidad o imponer visiones de mundo.

La visión de mundo es un concepto complejo, pues se trata de una manera especial de entender la realidad individual y la realidad social refractada en la novela; es un punto de vista, en sentido amplio, sobre ambas realidades, que se construyen por y en el discurso. Recordemos que al revisar el concepto de voz, líneas atrás, vimos que ésta tiene la facultad de representar posiciones éticas e ideológicas, por lo cual es portadora de sentidos y valores de la existencia humana. Así, la visión de mundo es, por decirlo de algún modo, la dimensión más profunda de esa representación. De ahí que a menudo se reconozca que voz es visión de mundo.


[1] Tatiana Bubnova. “Voz, sentido y diálogo en Bajtín”, Acta poética 27.1 (2006), p. 102.

[2] Mijaíl Bajtín. Estética de la creación verbal. Comp. S. G. Bocharov. Trad. Tatiana Bubnova. 12ª reimpr. México, Siglo XXI Editores, 2009, p. 265.

[3] Iris M. Zavala. “Bajtin y el acto ético: una lectura al reverso”, en Mijail M. Batin. Hacia una filosofía del acto ético. De los borradores y otros escritos. Comentarios de Iris Zavala y Augusto Ponzio. Trad. de Tatiana Bubnova. España, Anthropos, 1997, pp. 207-208.


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