Memorias de perros ilustres (segunda parte)

1¿Ha notado usted, apreciable lector, a esos perros que vagan por las calles, tiran los tachos de basura en busca de alimento, olfatean los postes, beben el agua de los charcos y dejan sus tarjetas de visita por doquier? Estos canes, con frecuencia, se detienen y nos examinan, quizá en espera de reconocimiento, mas al ser ignorados continúan su solitario camino mientras nosotros permanecemos en la agitación del mundo.

A estos perros se les observa, en ocasiones, echados en algún rincón de las ciudades. “Al rayo del sol, la sarna es insoportable. Me quedaré aquí en la sombra, al pie de este muro que amenaza derrumbarse” (Arreola, 391), se lamenta el personaje de un escrito de Juan José Arreola. Víctima del desamor, el protagonista de este relato confiesa que solo ladra a la luna por cumplir, que en ocasiones quiere “morder al primero que pase”, entregarse “a las brigadas sanitarias” o arrojarse “en mitad de una calle a cualquier fuerza aplastante”. A pesar de su tono melancólico, este texto es un gracioso homenaje al filósofo romántico y suicida Otto Weininger, autor de Sexo y carácter, obra que afirma que el mal radica en el género femenino, del cual el hombre de genio debe alejarse a toda costa para alcanzar el máximo de sí. La tesis principal de Sexo y carácter y la biografía de su autor son el fundamento del texto de Arreola, quien se divierte imaginando el origen del rencor del filósofo, y se ríe del trágico sentimiento del desamor.  

La figura del perro en la literatura puede ser un contrapunto gracioso que rompe con el dramatismo de los episodios narrados. En la “Oración fúnebre por modo de epílogo” de la novela Niebla de Miguel de Unamuno, se describe la desesperación que sintió el perro Orfeo al saber que su amo había muerto: “¡Pobre amo mío!, ¡Pobre amo mío! Esto que aquí yace, blanco, frío, con olor a próxima podredumbre, a carne de ser comida, esto ya no es mi amo. No, no lo es” (Unamuno, 322). Tras su lamento, Orfeo da su veredicto sobre el hombre: “¡Qué extraño animal es el hombre! Nunca está en lo que tiene delante. (…) No hay modo de saber lo que quiere, si es que lo sabe él mismo. Siempre parece estar en otra cosa que en lo que está, ni mira a lo que mira” (322). El perro también se lamenta de algunas ignominias que vive su especie por culpa de la humanidad: “¡Nos ha contagiado tantas cosas! ¡Y luego nos insulta! Llama cinismo, esto es, perrismo o perrería, a la imprudencia o sinvergüencería, él, el animal hipócrita por excelencia (…) ¡Y ha querido hacernos hipócritas, es decir, cómicos, farsantes, a nosotros, a los perros! (…) ¡Y es claro, el perro que se pone en dos pies va enseñando impúdica, cínicamente, sus vergüenzas, de cara!” (323-324). Pero lo que más indigna a Orfeo es que el hombre almacene a sus muertos, “sin dejar que perros o cuervos los devoren” tal como quería Diógenes, el mordaz filósofo cínico, quien también aseguraba que al morir le gustaría ser útil y servir de alimento a los animales. 

Sin su amo, Orfeo prefiere abandonar este mundo y se deja llevar por la niebla de muerte que intoxica la habitación, “Y va hacia su amo saltando y agitando el rabo. ¡Amo mío! ¡Amo mío! ¡Pobre hombre!” (326). La elegía de Orfeo finaliza la novela con una observación que resalta el tono gracioso del epílogo: cuando Domingo, uno de los sirvientes de la casa donde transcurre la historia, encuentra al perro muerto a los pies de su amo, este llora enternecido y concluye: “¡Y luego dirán que no matan las penas!” (328).

Como un atrevido can que levanta la patita marcando su territorio, la literatura que elige la risa en vez del llanto va contra la marea de las normas y puede servir para criticar la desigualdad, la injusticia social o, inclusive, para reírse solidariamente de los males que pueden aquejarnos a todos. Sus armas preferidas, en rechazo a la visión seria y solemne que rige el mundo, son la sátira, la parodia, la ironía, el grotesco.

 “Triste condición de la vida de los perros! ¡Ser modelo de lealtad i siempre víctima de la ingratitud!” (54), clama el protagonista de Memorias de un perro escritas por su propia pata, novela corta -publicada por entregas durante 1893 en el diario satírico El Poncio Pilatos-, del autor chileno Juan Rafael Allende. Don Rompe Cadenas Can-Pino, ajeno y extrañado de la sociedad que tanto lo maltrata, descubre lo caricaturesco del mundo y se ríe de los dogmas de oropel. Rescatado por don Querubín Toro i Manso, benefactor de la raza canina y de otras especies menesterosas, el héroe de esta historia aprende a escribir y redacta con su propia pata sus memorias.

En medio de la narración de las hazañas de su vida, don Rompe Cadenas quebranta los valores más sagrados de la sociedad chilena del siglo XIX, incluso los religiosos: “En el nombre del pavo, del buitre, del jote i del pequen, amen” (Allende, 80), enuncia al dictarle  su testamento a su hijo, quien, por cierto, se llama Torquemada como el famoso Inquisidor. Frailes, monjas y beatas aparecen como corruptos que profanan sus votos de castidad. En una ocasión, Can-Pino contrae la sarna por andar de amores con una perrita, que, avergonzada, le asegura que el mal se lo había transmitido su ama, una beata, quien a su vez juraba que la fuente de la enfermedad era el cura de la parroquia. Pero Can-Pino se muestra incisivo y se pregunta cómo pudo haber ocurrido el contagio, si el presbítero que iba a la casa de la solterona tenía sarna en las piernas, y cuando confesaba a la susodicha le daba “la mano, i no la pata” (71).

2En consonancia con otros héroes de los bajos fondos, este can presume su genealogía: “Soi humilde, i como tal, no niego a mis projenitores. Soi hijo de una gran perra i de un perro no mui grande. Soi perro de presa, pero nó de presos. Nací en casa noble (…) hijo lejítimo de Fierabrás i de Filidora” (5). Como Berganza en El coloquio de los perros, Can-Pino narra de su experiencia laboral: actor explotado de circo, soldado vapuleado, acompañante de una beata perversa que lo obliga a cometer “porquerías” “que solo pude tolerar gracias a que tengo estómago de perro” (8), lazarillo de un ciego tramposo, perro de convento, de claustro, de burdel, estudiante de latín, teología y canto, protector de un carnicero cornudo, acompañante del dueño de una chocolatería, quien no dudó en prescindir de él cuando cayó enfermo, porque una mala beata le aconsejó comer cazuela de perro; el protagonista de estas memorias tenía motivos de sobra para desconfiar del género humano.

La presencia de lo corpóreo y carnal abunda en la narración de Allende: orines, excremento, encuentros sexuales, levas de perros callejeros en celo, intromisiones de lo grotesco de la realidad que jamás encontraríamos en la memoria de un personaje virtuoso y ejemplar; lejos de esto, Can-Pino descubre sus faltas y debilidades. Por ejemplo, cuando obtuvo una pequeña fortuna, en vez de ir en busca de su esposa, Mussidora Pati-Coja, y de su hijo, se dedica a derrochar su riqueza: “Primer mal uso que yo pensaba hacer de mi dinero: serle infiel a la perra de mis pensamientos” (67).

La carcajada perruna de estas memorias es lúcida e irreverente con el mundo autoritario, por eso Can-Pino, en un último acto de subversión, ordena en su testamento que su cola se le entregue al candidato presidencial “que salga chasqueado próximamente”, sus tripas se las envíen a la Curia eclesiástica “para que haga de ellas cuerdas romanas con que ahorcar a los liberarles” (81), y que en sus exequias haya discursos y ruptura de cadenas, pero nada de “misas de réquiem ni responsos” (81).

 Antes de terminar esta breve nómina de cánidos ilustres, vale recordar el mito que narra el episodio de Cerbero y Heracles, quien logró domesticar a este temible perro de cincuenta cabezas que nos dará la bienvenida moviendo su rabo de serpiente en las puertas del otro mundo. Aunque se discute el procedimiento que siguió el héroe griego para lograr su hazaña, una versión asegura que Cerbero siguió con docilidad a Heracles porque este fue el primero que lo trató con amabilidad; y siendo honestos, creo que esta versión es la que le hace más justicia a la especie canina, ya que memorias de su grandeza, como hemos visto, sobran.

                       

 

 

Bibliografía

Allende, Juan Rafael. Memorias de un perro escritas por su propia pata. Consultada en: http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-8555.html

Arreola, Juan José. Obras. México: FCE, 2002.

Beltrán, Luis. La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental. España: Montesinos, 2002.

Borges, Jorge Luis y Margarita Leonor Coppola Guerrero. El libro de los seres imaginarios. España: Alianza, 1998.

García Gual, Carlos. La secta del perro. Vidas de filósofos cínicos. Madrid: Alianza Editorial, 2005.

Unamuno, Miguel de. Niebla. España: Santillana, 2002.

 

*Las ilustraciones provienen del libro de Juan Rafael Allende.


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