Temperamento de la risa

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A mediados del siglo XVII, el obispo de la ciudad de San Cristóbal se vio en la necesidad de fijar una grave advertencia en la puerta de la iglesia: sería excomulgado todo aquel que osara comer o beber en el recinto durante la misa. ¿Qué llevó al jerarca a imponer tan fuerte medida? Según narra Thomas Gage, autor de El inglés americano: sus trabajos por mar y tierra, o un nuevo reconocimiento de las indias occidentales, las mujeres de la localidad aseguraban sentirse agotadas y sensibles del estómago durante el rezo, y por esto tenían la costumbre de hacer que sus doncellas les llevaran, a mitad de la ceremonia, una taza de chocolate para reponer los ánimos (Corcuera, 523). Fue la necesidad de estas damas -fingimiento para Gage- lo que en realidad censuró el prelado con severidad.

Esta controversia no fue la única que tuvo como protagonista al chocolate; distintos estudiosos del siglo XVI y XVII analizaron tanto los prejuicios y beneficios del cacao, como si debía ser permitido en los días de penitencia. Los médicos restringieron la bebida en ciertos casos: debía evitarse si se padecía de excesivo calor de hígado, estómago o riñones; no se habría de batir el chocolate hasta levantar gran espuma porque el aire espumoso dificulta la digestión y causa tristeza.

Los conocimientos médicos de la época -sustentados en la teoría de los cuatro humores- afirmaban que el hombre poseía cuatro fluidos básicos que se relacionaban con los elementos, las estaciones, los planetas y los signos zodiacales. Por lo anterior, el secreto de la salud estaba en el balance: el temperamento sanguíneo -afín al aire, a júpiter, vinculado a lo caliente y húmedo- debía preparar su chocolate en agua tibia o fría; el colérico – representado por el fuego y marte, de temperamento caliente y seco- en atole tibio; el flemático -de agua y comandado por la luna, de ánimo frío y húmedo- en agua caliente; el melancólico – de la tierra, saturnino, de carácter frío y seco- habría de tomar el chocolate sin chile. (Corcuera, 525). El chocolate se adaptaba a la constitución de los bebedores.

Moralistas, tratadistas, estudiosos y médicos se preguntaron qué tanto debía entregarse el hombre a placeres como el chocolate, el vino, la fiesta, el baile, si se debía preferir la alegría o la tristeza. Este última cuestión no era algo banal, pues la melancolía, ya fuera hereditaria o adquirida, era una enfermedad de la época que podía acercar al paciente a la locura: el saturnino en desequilibrio se impregna de un humor que puede convertirse en bilis negra y derivar en manía. Sin embargo, a pesar de calificarlos como severos, solitarios, despiadados, huraños, inhumanos, ásperos, tristes, rudos, ceñudos, los melancólicos causaban admiración por ser proclives al estudio: doctas voces relacionaron este temperamento con filósofos, artistas y escritores (Joubert, 138).

En este contexto de exaltación del ánimo melancólico, se publica El tratado de la risa (1579) del médico francés Laurent Joubert, obra que le da preferencia a la faz alegre del hombre y examina con detalle uno de los “milagros domésticos y familiares que se producen en nosotros” (36). Aunque Joubert afirma que los dioses y los poderosos no deben ser dominados por la risa, asegura que el hombre ríe porque le conviene ser sociable, político y amable como recreo de sus preocupaciones (129).

La risa, según el autor, proviene del corazón y embellece el rostro porque hace destellar los ojos, enrojecer las mejillas y estirar los labios “haciendo en las dos mejillas unos bonitos hoyuelos que se llaman gelasinos” (63), gracias a que el corazón se ensancha y los espíritus -vapores sutiles que la sangre produce- se liberan, llegan al rostro y dan señales evidentes de regocijo. Sin censurar -diferenciándose de otros tratados que estudian este tema-, Joubert describe cómo es la risa desmedida que nos hace sacudir el pecho, que hincha las venas del cuello, hace temblar los brazos y las piernas, contrae el vientre y suelta los esfínteres, pues testimonios hay de que “se caga a fuerza de risa y, algunas veces, se llega incluso hasta el desvanecimiento” (49).

En cambio, Joubert critica a los que se abstienen de la risa “verdadera”, es decir alegre, porque carecen de simetría y moderación de la temperatura o complexión humana (139), como “el llorón Heráclito, siempre irritado y mohíno, frecuentaba los lugares solitarios, vivía de hierbas y otros alimentos que no calman el hambre, de tal manera que al final, completamente extenuado y aterido, murió hético en una piel de vaca donde fue devorado por los lobos en ese estado; le encontraron en el campo, irreconocible para los hombres” (36). El médico francés prefiere al riente Demócrito, “de sabiduría tan perfecta (como atestigua Hipócrates) que él solo podía hacer sabios y prudentes a todos los hombres del mundo” (36).

Al inicio, El Tratado de la risa se sustenta en las ideas aristotélicas y de la tradición clásica que unen la risa a la fealdad: si nos reímos de las burlas, las agudezas y los sarcasmos, los equívocos, explica Joubert, es porque “lo que excita en nosotros la risa es ver algo feo, deforme, deshonesto, indecente, indecoroso e inconveniente, siempre que ello no nos mueva a compasión” (39). Pero conforme avanza su escritura, el autor presenta argumentos que contradicen a las autoridades y distingue la risa alegre de otras que son malsanas y “bastardas”, cínicas, sardónicas, que nacen de la mentira, la simulación y la traición, están llenas “de amargura y mala voluntad” (120). En vez de repetir las sentencias de la tradición, parte de estas, diferencia matices que muestran la complejidad y la contradicción de las emociones humanas, indaga en cuestiones como las cosquillas, la risa de los más gordos, de los melancólicos, la risa causada por el vino, se pregunta si los niños no ríen hasta el cuadragésimo día como afirman distintas fuentes o si se puede reír durmiendo.

La aspereza, “veneno que contrarresta y mitiga las cosas risibles” (47), es desaprobada por Joubert, quien recoge varias anécdotas que celebran la naturaleza alegre, liberadora y consoladora de la risa, como la que relata que Aníbal reía en vez llorar por los desastres de la guerra. (147). Joubert interpreta este pasaje y vuelve a advertir que la risa es suscitada tanto por la tristeza como por la alegría, pero con la risa la segunda queda siempre por encima porque le queda algo de esperanza, pues la risa, como la esperanza, “dilata el corazón y la tristeza lo encoge al producir una contracción, esas dos pasiones unidas pueden haber provocado la risa de Aníbal” (136).

Bibliografía

Corcuera de Mancera, Sonia. “La embriaguez, la cocina y sus códigos morales” en Historia de la vida cotidiana en México. México: FCE, 2009.

Joubert, Laurent. Tratado de la risa. Madrid: Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2002.

Rico, Francisco. El pequeño mundo del hombre. Varia fortuna de una idea en la cultura española. Barcelona: Ediciones Destino, 2005.

Imagen: Heráclito y Demócrito de Bramante.


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