Estudios literarios y “crónicas de Indias”

images (1)Las obras escritas en los virreinatos americanos integran un coto problemático para los estudios literarios. Hasta hoy continúa el debate respecto a si deben estudiarse como obras históricas, literarias o híbridas, a medio camino entre la historia y la literatura. Críticos e investigadores literarios suelen optar por el acercamiento retórico o el temático, abandonando sistemáticamente el estudio de la dimensión estético-literaria de dichas obras. Otro problema es la inadecuación del término «crónicas de Indias» para aludir a una gran parte de la vasta producción de los siglos XV al XIX (primeras décadas). El término, además, se ha convertido en un vocablo hueco, confuso; en un lugar común que oscurece más de lo que ilumina. De esto voy a hablar en los siguientes párrafos.

            Muchos de quienes han emprendido la afanosa y urgente tarea de clasificar el vasto repertorio de obras escritas en los virreinatos de América han señalado la inadecuación del término «crónicas de Indias» (Mignolo 1982, Poupeney Hart 1992, González Boixo 1999): no se ajusta al objeto que designa. La crítica lo sabe desde hace décadas, pero el término sigue tan vigente como antes. Esto se debe, entre otras cosas, a la enorme dificultad de cambiar un nombre afianzado por la tradición, a la anuencia de la mayoría para designar de tal modo un corpus vasto y heterogéneo, a la convicción de que la crónica es un género característico de América (así lo propuso una figura de la talla de Alfonso Reyes) y, en especial, a la falta de un mejor sustituto.

El término «crónicas de Indias» resulta inadecuado al menos por dos razones básicas. La primera es que parece designar un conjunto homogéneo, cuando alude a una plétora de géneros literarios y de la cultura: carta, diario, relación, crónica, historia, viaje, vida, memorial, derrotero, representación, discurso, retrato, etc. La segunda razón es que, al basarse en un criterio temático-geográfico, descuida sus propias fronteras: casi cualquier obra relativa al «Nuevo Mundo», a las «Indias Occidentales», a los «reinos de Ultramar» es candidata al corpus. Esto ha permitido agrupar obras tan disímiles como las de Colón, López de Gómara, Cabeza de Vaca, Sahagún, Ercilla, así como relaciones geográficas anónimas e incontables documentos oficiales, y aun otras más peculiares, como las de Carrió de la Vandera, Balbuena, Sigüenza, Solís y Valenzuela, etc. No pretendo negar los vínculos entre estas obras, sino llamar la atención sobre sus divergencias. Para esclarecer cómo se naturalizó el término, al grado de que su inadecuación todavía pasa inadvertida para muchos críticos e investigadores contemporáneos, quienes lo adoptan de manera automática, puede ser útil rastrear los orígenes y la trayectoria de su uso.

La difusión del término «crónicas de Indias» parece ser un fruto decimonónico. Asoma mucho más bajo la pluma de antropólogos, literatos e historiadores de los siglos XIX y XX que bajo la de los autores de las obras en cuestión. Estos últimos prefieren dar a sus escritos el título de «historia» o «relación», aunque muchas veces, como se sabe, los emplean indistinta o casi indistintamente. De ahí que el título no sea un indicador tan confiable. No obstante, se ha llegado a usar como criterio taxonómico. Suele considerarse a Pedro Mártir de Anglería, autor de las Décadas, como el primer «cronista de Indias». Sin embargo, en sentido estricto, Mártir de Anglería fue cronista de la Monarquía, pero no de las Indias Occidentales. La figura del «cronista de Indias» se instituye en 1526, y la del «cronista y cosmógrafo mayor» del Consejo de Indias en 1571, con el nombramiento de Juan López de Velasco. En 1591 el cargo se separa, con miras a garantizar su rendimiento, dando lugar a otros dos: «cronista mayor» y «cosmógrafo mayor». El cronista “tenía acceso a la documentación oficial y podía, igualmente, exigir informes particulares que considerase convenientes a fin de redactar su crónica” (González Boixo 228). El «cronista mayor», al ser un funcionario del Estado, contaba además con el apoyo de ordenanzas reales que definían sus objetivos y facilitaban su labor. Entre 1571 y 1750 hubo sólo una docena de «cronistas mayores», algunos de los cuales escribieron poco. Es memorable el caso de Juan Arias de Loyola, nombrado por Felipe II en 1591 y cesado de su cargo cuatro años después, por su improductividad. A los cronistas oficiales se debe, pues, una mínima parte del corpus. Y por el alto contenido estratégico de sus obras, la Monarquía ordenó que muchas permanecieran inéditas. Algunas todavía aguardan hasta hoy el momento de su publicación. Por ejemplo, de las varias obras escritas por Pedro Fernández del Pulgar, quien ocupó el cargo de «cronista mayor» de 1686 a 1698, sólo unas cuantas fueron dadas a las prensas; otras, manuscritas, se conservan en la Biblioteca Nacional de España. El grueso de los autores de las «crónicas de Indias» son viajeros, soldados, frailes, colonos, mercaderes, etc., transeúntes, residentes o naturales de nuestro continente. Lo que Sonia Rose de Fuggle observa para el caso concreto de Bernal Díaz del Castillo vale para el de otros autores: [s]u necesidad de narrar ha surgido de un hecho único, el descubrimiento y conquista de América[,] y de una situación nueva, la del individuo que escribe al margen de la metrópoli y sin sanción real” (328).

A Juan de Ovando, autor del código que lleva su nombre, se debe el haber reorganizado la administración de las Indias Occidentales en tiempos de Felipe II, y el establecimiento del cargo de «cronista y cosmógrafo mayor» de dichas tierras. El Código de Ovando y sus ordenanzas mandaban al Consejo llevar un libro con la descripción anual de las cosas del “Estado las Indias”:

Ordenamos y mandamos, que los de nuestro Consejo de las Indias con particular estudio y cuidado procuren tener hecha siempre descripcion y averiguacion cumplida y cierta de todas las cosas del Estado de las Indias, así de la tierra, como de la mar, naturales y morales, perpetuas y temporales, Eclesiásticas y Seglares, pasadas y presentes, y que por tiempo serán, sobre que pueda caer gobernacion, ó disposición de la ley: y tengan un libro de la dicha descripción en el Consejo, y gran cuidado en la correspondencia de los Virreyes, Audiencias y Ministros, para que informen cada año de las novedades que hubiere, y las que sucedieren se vayan poniendo y añadiendo en el dicho libro (Recopilación I, 232).

Esta ley evidencia la doble función del cronista oficial: por un lado, rendir un informe anual de las novedades ultramarinas, y por el otro, describir las Indias, es decir, representar el espacio americano, desconocido y abstracto a los ojos de Europa, y dar cuenta de las culturas que poblaban dicho espacio. La imagen del mundo mudaba raudamente a ambos lados del Atlántico, bajo el signo del progreso y el nuevo orden social. España y América fueron inventadas o reinventadas a partir de un mismo prodigio: el hecho de 1492. Aquí se ve la pertinencia de llamar «cronista» al individuo que, año con año, registra las novedades, así como las “cosas” pasadas y presentes de los reinos de Ultramar. Su labor era significar o resignificar el tiempo americano, traducirlo, hacerlo comprensible y reconocible para Occidente. Franklin Pease explica que los problemas sobre el origen y la naturaleza del hombre americano se hacían nuevos cada vez que el territorio conocido se agrandaba, a consecuencia de las continuas expediciones de exploración y conquista europeas. “Esto duró buena parte del siglo XVI, hasta la incorporación a España de los territorios que daban a la Mar del Sur, con la conquista del Perú y la creación de las gobernaciones australes, así como con los viajes que abrieron la ruta de circunnavegación, desde la expedición de Magallanes-Elcano y las que siguieron, dejaron establecido un ámbito relativamente determinado de lo que era América a los ojos de los europeos de entonces” (1981: X). El objetivo de la burocracia española era la domesticación  física y simbólica del mundo americano.

Como ya dije, los estudios literarios no han sabido resolver satisfactoriamente el problema que plantean las «crónicas de Indias». Muchos aún discuten si son obras literarias, históricas o un híbrido de ambas disciplinas. Otros, en cambio, pasan de largo asumiendo que el problema tipológico fue superado en la década de los ochenta del siglo XX. En 1982, Walter Mignolo sugirió estudiar “los escritos sobre el descubrimiento y la conquista” como “textos de cultura”: “¿Qué es, pues, el texto? Lo definiremos, brevemente y en función de nuestros propósitos, como un acto verbal conservado en la memoria colectiva y de alta significación en la organización de una cultura” (57; énfasis en el original). Su propuesta ha gozado de amplia aceptación, bajo el argumento de que franquea la dicotomía historia/literatura y aun el debate genérico. Mignolo no fue el único en aventurar propuestas con miras a resolver un dilema que se antojaba infinito. Curiosamente, en el mismo año de la publicación sus “Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista” (1982), referente ineludible hasta la fecha, aparecieron varios trabajos de lo más relevantes para el estudio de nuestras obras virreinales: Transculturación narrativa en América Latina, de Ángel Rama; La vocación literaria del pensamiento histórico en América, de Enrique Pupo Walker; Violencia y subversión en la prosa colonial hispanoamericana, siglos XVI y XVII, de Raquel Chang Rodríguez; From Oral to Written Expression: Native Andean Chronicles of the Early Colonial Period, editado por Rolena Adorno; La Conquête de l´Amérique: La Question de l´autre, de Tzvetan Todorov, entre otras.

Pero, en el fondo, no se ha hecho sino dar otra vuelta de tuerca al problema. Éste revela cada vez con mayor fuerza que sus raíces se hunden en lo profundo: en nuestra concepción de la literatura. Si no hemos podido dar una respuesta convincente al problema que obras como las de los virreinatos americanos plantean a los estudios literarios, antes que dudar de las obras y adecuarlas a nuestras teorías, incluso a costa de la integridad del texto (es práctica común mutilarlas para “rescatar” o “aislar” lo narrativo, lo literario, lo ficcional, de ellas) deberíamos dudar de nuestro propio pensamiento literario y de su insuficiencia. Necesitamos un pensamiento literario capaz de entender la dimensión estética de las creaciones de arte verbal. El formalismo, el estructuralismo, la semiótica, la estilística, los estudios culturales, etc., han fracasado en esta empresa.

BIBLIOGRAFÍA

Recopilacion de leyes de los reynos de las Indias, mandadas imprimir y publicar por la Magestad Católica del Rey Don Carlos II. Nuestro señor., t. 1. Madrid: Por la viuda de D. Joaquin Ibarra, 1791.

Fuggle, Sonia Rose de. “El narrador fidedigno: problemas de autoacreditación en la obra de Bernal Díaz del Castillo“, Literatura Mexicana 1.2 (1990): 327-348.

González Boixo, José Carlos. “Hacia una definición de las crónicas de Indias”, Anales de Literatura Hispanoamericana 28.1 (1999): 227-237.

Mignolo, Walter. “Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista” en Historia de la literatura hispanoamericana: época colonial, ed. Luis Íñigo Madrigal. Madrid: Ediciones Cátedra, 1982, pp. 57-116.

Pease, Franklin. “Estudio preliminar”, en Gregorio García, Origen de los indios del  Nuevo Mundo. México: Fondo de Cultura Económica, 1981.

Poupeney Hart, Catherine. “`Literatura colonial hispanoamericana´. En torno a la reorganización de un área disciplinaria”, Scriptura 8-9 (1992): 27-35.


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