Los motivos de la risa

rembrandtLa complicidad de reír con el otro, al unísono, es una forma de consuelo, es un reconocimiento alegre que puede surgir tanto de la felicidad como de la desdicha humana y de la indignación. El humorismo tiene esta particularidad; los autores, entre melancólicos y rientes, confabulan con los lectores y descubren los absurdos del mundo. En el cuento “Primera Dama”, por ejemplo, Augusto Monterroso narra los afanes de la esposa del presidente por contribuir en una “noble cruzada”: la creación del programa “Desayuno escolar”, que evitaría que más niños de primaria se desmayen durante las clases a causa del hambre. Según lo planeado, esta empresa iniciaría en un evento donde se conseguirían fondos que permitirían “hacer algo por unos niños en interés de los altos destinos de la patria” (45). La protagonista de este relato -gran aficionada no tanto a la poesía sino a la declamación-  aprovecha la causa y se ofrece a amenizar la velada recitando un poema de Rubén Darío: “Ella inclinó la cabeza, diciendo gracias mentalmente. Cruzó las manos y se las contempló durante un momento, esperando que se produjera la atmósfera necesaria. Pronto sintió que de su boca, a través de sus palabras, se iba asomando al mundo San Francisco de Asís, mínimo y dulce, hasta tomar la forma del ser más humilde de la tierra” (Monterroso, 46). Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de los organizadores y de la solemne declamadora, durante el convite solo se recaudaron siete pesos con cincuenta centavos, cuestión que no desanimó a la Primera Dama, quien ya planeaba organizar otro acto en un local más grande, para recitar y, claro, ayudar a los niños “subalimentados”.

Como puede observarse, el oportunismo y la falta de sensibilidad de la consorte presidencial son una caricatura de las debilidades del poder y de la falsedad de su discurso. Los juegos de apariencias son uno de los blancos preferidos de los autores que ríen. No es gratuito que Utopía, de Tomás Moro, un libro central en la literatura humorística, censure abiertamente la ostentación y el lujo, los cuales pueden ser coadyuvantes efectivos de la presunción. En un fragmento del libro se observa claramente esta crítica. Cuando los anemolios[1] visitaron Utopía, se presentaron ataviados con sus mejores galas: oro, collares, mantos, sedas y ropajes lujosos los adornaban. Los utopienses, que preferían los humildes vestidos, asombrados de que los débiles fulgores de las gemas fueran tan admirados por sus huéspedes, cuando de sobra se sabe que está “permitido mirar a cualquier estrella o al sol mismo en definitiva” (147), confundieron a los señores anemolios con esclavos y bufones, ya que consideraban los ornamentos como baratijas de infantes, juguetes con los que “se glorían” los ánimos pueriles hasta que alcanzada cierta edad los abandonan, al “caer en la cuenta de que tales bagatelas solo las usan los niños” (Moro, Utopía 146).

La hipocresía, la ignorancia, las ansias de poseer riquezas, el engreimiento por el linaje y los privilegios son fuente de artistas, filósofos y escritores que acogen la risa en vez del lamento por las calamidades del mundo. En contraste, dado que van descubriendo los velos de la sinrazón, la sociedad considera su carcajada como un delirio amenazante.

Quizá Demócrito es uno de los mejores ejemplos del loco que ríe y escandaliza a las buenas conciencias al señalar las injusticias que estas intentan ignorar: “ése pobre, el otro rico; unos hambrientos, otros completamente ebrios; unos sórdidos y mezquinos, otros llenos de magnificencia y rodeados de una corte nutrida” (185). Pero ¿había perdido el juicio Demócrito de Abdera como pensaban sus compatriotas?

En una epístola apócrifa atribuida a Hipócrates, que narra el encuentro del médico griego con Demócrito, se explican las razones que inspiraban las carcajadas del filósofo. Vestido con una túnica grosera, bajo la sombra de un árbol, rodeado de libros y animales “despedazados y anatomizados”, el filósofo le descubre a su visitante las causas de su aparente demencia:

me río del hombre, lleno de sinrazón, e incapaz de actuar con rectitud, que con los demás se porta pueril y locamente; que soporta inútilmente penalidades sin cuento; que llega hasta los confines del mundo, por infinitas regiones (empujado por una codicia exagerada), buscando incansablemente oro y plata, sin dejar de afanarse por conseguir cada día más bienes, para no estar entre los últimos y librarse de la vergüenza de no ser llamado feliz (Joubert, 182).

Con esta exposición, Demócrito denuncia el materialismo, reprocha la ostentación, el lujo, las “sillas de la opulencia, que atraen la envidia” y generan un mundo desigual e injusto. En respuesta, Hipócrates lo corrige y lo llama absurdo por no tomar con seriedad las penas y calamidades del prójimo, las ceremonias y las cuestiones sagradas, asunto que el filósofo objeta de la siguiente manera: entenderás “cuando hayas apreciado con cuánto empeño los hombres, entreteniéndose en cosas indignas de cualquier atención y esforzándose por hacer cosas sin valor alguno, consumen sus vidas en cosas ridículas” (182).

Demócrito se ríe de la codicia, la cual hace a la humanidad incapaz de actuar con rectitud, y la ambición, que le impide al individuo gobernarse a sí mismo y le hace caer en círculos viciosos: “Aman, y luego odian. Quieren tener hijos y cuando crecen, les mandan lejos. ¿Qué cosa tan vana y absurda es ésta (que en nada difiere de la locura) de hurgar en la tierra para sacar dinero?” (182). El filósofo augura que, como todas las cosas cambian de manera repentina y la fortuna es peligrosa, es arriesgado guiarse por el deseo de ser o tener, cuando el hombre puede vivir de manera sencilla, limpia, apegado a la naturaleza, conociéndose a sí mismo, respetando su propia constitución.

Aquellos que se atormentan por sus debilidades, o que hacen parecer virtudes sus vicios, le inspiran una carcajada incesante a Demócrito, pero en vez de censurar, de burlarse malignamente, el estruendo de su risa muestra cuán endebles son los valores y las jerarquías que rigen la vida de los abderitas. La perspectiva del filósofo es solidaria, por esto va a ver con malos ojos la simple burla que proviene del prejuicio individual: “¿Pues nadie se ríe de su propia locura sino de la de los demás: quienes creen estar sobrios se ríen de los borrachos, otros se ríen de los enamorados (aunque ellos padezcan un mal aún mayor), otros de los que navegan, y otros de los que trabajan la tierra, pues no se ponen de acuerdo ni sobre las labores, ni sobre las acciones” (183).

La risa de Demócrito nos detiene para valorar si las preocupaciones que aquejan nuestra vida son tan determinantes como en ocasiones pensamos, o si acaso somos almas “indignas” que sufrimos por nuestra propia intemperancia e insensatez, nos permite ver el mundo desde fuera de las convenciones sociales, imaginar que existen quizás otras maneras de vivir, más libres y acordes con nuestra propia naturaleza.

Bibliografía

Monterroso, Augusto. Obras completas. México: Era, 1990.

Moro, Tomás. Utopía. Madrid: Akal, 2011.

“La causa moral de la risa del excelente y muy renombrado Demócrito” en Tratado de la risa, Laurent Joubert. Madrid: Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2002.

[1] Palabra que se deriva del griego “anemos”, cuya traducción es viento. Los anemolios son el pueblo de los ventosos, inflados o vanidosos según la etimología.


Una respuesta a “Los motivos de la risa

  1. Siempre encuentro en tus escritos la ironía, el estudio plasmado de tratar de explicar
    a tus lectores las emociones primarias de la gente y tú lo haces como una conocedora de la palabra . besos

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