Sobre “Un mejicano”

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El enorme repertorio de obras virreinales y decimonónicas excluidas del canon literario hispanoamericano nos invita, cada vez con mayor apremio, a volver la atención sobre él, porque sólo de este modo estaremos en condiciones de emprender la urgente labor de escritura de una historia de la literatura hispanoamericana que sepa apreciar lo que ha sido y es nuestro arte verbal. Hasta la fecha, nuestras herramientas teóricas no han logrado superar la tendencia de la crítica a detenerse en los aspectos superficiales de las obras: la expresividad de la lengua, las estrategias retóricas, el tratamiento de los temas, la influencia entre autores, movimientos y escritos, etc. La dimensión estética de nuestra literatura ha quedado fuera de las preocupaciones de los investigadores contemporáneos. Un paso imprescindible para dicha labor es, a mi modo de ver, la recuperación de obras marginadas, olvidadas y desconocidas, a fin de restituirlas a nuestro bagaje artístico-cultural y ponerlas en diálogo con las diferentes tradiciones estético-literarias que conocemos.

Inscrita en el marco de las festividades por el bicentenario de la independencia de México y el centenario de la revolución, la reimpresión de Un mejicano. El pecado de Adán. Poema. Doce jornadas en doce cantos, con notas alusivas a los sucesos de la independencia mejicana en general, y relativamente a esta península de Yucatán, extenso poema narrativo del escritor yucateco Pedro Almeida Jiménez (1774-1838), puede considerarse un aporte al mencionado paso inaugural y, a la vez, como un esfuerzo por sacar este tipo de obras del abandono en el que yacen. En la edición del Instituto de Cultura de Yucatán (ICY), ahora Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán (SEDECULTA), el texto introductorio de Rubén Reyes Ramírez va seguido del facsímil de la obra original. El escrito de Reyes, titulado “Entre la herencia del pecado y la aspiración de la razón”, ofrece información relevante para el lector no familiarizado con obras distantes en el tiempo, aunque el lector experto también hallará en él datos útiles sobre Un mejicano, considerada como la primera novela registrada en la historia cultural de Yucatán.

Compuesto de seis apartados de distinta extensión, el texto de Reyes pretende “que la ventana y el paisaje que nos desvela [Un mejicano] queden a nuestro alcance, y se abra con ello la posibilidad de una reflexión sobre nosotros mismos que pueda ayudar a entendernos mejor” (10). Reyes le atribuye un doble valor al estudio de Un mejicano: por un lado, el hecho de que trasluce la visión de mundo un hombre inmerso en la transición del México virreinal al independiente, y por el otro, que la obra nos brinda la oportunidad “de mirarnos el rostro a contraluz en un fragmento de ese que Carlos Fuentes llama el `espejo enterrado´ de las raíces de nuestro ser, como nación y sociedad regional” (10). En tal sentido apunta la propuesta de lectura de Reyes: acercarse al pasado para entender mejor el presente. El resto del estudio introductorio, de orientación histórica, ilustra al lector sobre la novela, su autor y su contexto. El segundo apartado es una ágil panorámica de la estructura y el tema de la novela. En el tercero, Reyes ubica Un mejicano en el contexto cultural de su tiempo, y en el cuarto, el más amplio de todos, presenta el horizonte vital de Almeida. En el quinto apartado Reyes explora el aspecto simbólico del viaje del joven Pedro Ximenez, alter ego literario de Pedro Almeida Jiménez y protagonista central de la obra ―recordemos que en el siglo XIX la gente solía usar el más reconocido o aristocrático de sus apellidos―. Y en el último apartado se traza las contradicciones e incertidumbres que asediaron al autor, herrado con el signo de su época.

Organizado en doce jornadas o cantos, el poema de Almeida refiere la travesía del joven Ximenez, primogénito de un matrimonio de escasos recursos, formado por un padre violento y una madre distante. Para evitar los acostumbrados azotes sabatinos, y abrumado por conflictos morales, el joven Pedro se fuga de la escuela y se dirige a la plaza pública de la ciudad de Mérida. Allí encuentra a un arriero que lo admite como uno más de sus acompañantes de viaje, y que después lo trata como a un hijo. Durante el camino, atravesando montañas y veredas, el arriero escucha atento la historia y las ideas de Pedro, a quien alecciona sobre la vida. En la tercera jornada, movido por el afán de coronar la educación del joven, el arriero lo exhorta a introducirse en el pozo y las grutas de Maní, antiguo escenario de prácticas religiosas indígenas censuradas por el Santo Oficio, en donde deberá superar un formidable aparato de pruebas. Pedro accede y ―como lo señala Reyes― su descenso a la gruta parece la “representación metafórica de una logia masónica” (14). A raíz de esto, el joven se embarca en una excéntrica aventura dantesca que lo conducirá al Averno, al Paraíso y, por fin, cerrando el círculo, de vuelta al hogar. El tema del viaje, tan socorrido en la literatura, es el que sustenta y nutre esta obra.

En Un mejicano se combinan, pues, elementos de géneros diversos, como son el relato de viaje, la autobiografía, la sátira menipea y la novela (de aventuras, de caballerías, de formación y picaresca). En la obra de Almeida son igualmente audibles los acentos políticos locales, las disputas religiosas y las tensiones sociales de su tiempo, así como las inquietudes personales de un individuo rodeado por dos mares: el pasado virreinal, con sus hábitos y convicciones, y el naciente orden, con su eclecticismo y sus propias vicisitudes. En palabras de Reyes, a lo largo de las correrías de Pedro “y sobre todo en el panteón que se le descubre, se trasluce la hibridez de su visión, al asomar entreverados personajes de la mitología grecolatina con próceres precolombinos y de la lucha insurgente de México, junto a profetas del Antiguo Testamento y mártires de los albores del cristianismo” (12). Aquí se ve claramente que las direcciones estéticas de la obra también son plurales: en ella hay elementos de las estéticas serias, como el didactismo (la historia de formación, los rasgos biográficos, el afán moralizante, etc.) y, en menor medida, el patetismo (la aventura, la prueba, etc.), pero también hay otros pertenecientes a las estéticas de la risa, como la sátira y el grotesco.

Ahora, no obstante el interés que pudiera despertar en cualquiera la obra, conviene prevenir al lector acostumbrado a otro tipo de lecturas: la versificación ―no siempre afortunada―, la sintaxis propia de su tiempo y la indudable intención moralizante podrían frustrar o cansar a más de uno. Pero si el lector le perdona a la obra que exhiba sus años, descubrirá una singular y valiosa pieza de nuestra literatura. Vale la pena destacar un atributo de la nueva edición de Un mejicano, no consignado en los exteriores del libro, frontera hasta donde quizá llegarán muchos lectores virtuales: se trata de la edición facsimilar de una obra rara, de difícil acceso, ya que poco antes de su muerte el autor destruyó la mayoría de los ejemplares.

*Una primera versión de este texto fue publicado en la revista Camino Blanco.

DATOS DEL LIBRO RESEÑADO:

Pedro Almeida Jiménez. Un mejicano. El pecado de Adán. Poema. Doce jornadas en doce cantos, con notas alusivas a los sucesos de la independencia mejicana en general, y relativamente a esta península de Yucatán. Estudio introductorio de Rubén Reyes Ramírez. México: Instituto de Cultura de Yucatán / Conaculta, 2011, 330 págs.


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