La protonovela en América

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Fuente: http://www.flickr.com/photos/95557445@N05/9468898164/

La década de los 80 del siglo pasado fue decisiva para los estudios de literatura virreinal. El auge de los estudios culturales y los semióticos, por un lado, y la proximidad del 500 aniversario de la invasión hispana de 1492, por el otro, desencadenaron una fuerte oleada revisionista. Basta anotar que en 1982 ―en este año solo, como lo apunté en un texto anterior― aparecieron varios trabajos, de orientaciones dispares, que siguen siendo puntos de referencia: “Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista”, de Walter Mignolo; Transculturación narrativa en América Latina, de Ángel Rama; La vocación literaria del pensamiento histórico en América, de Enrique Pupo Walker; From Oral to Written Expression: Native Andean Chronicles of the Early Colonial Period, editado por Rolena Adorno; Violencia y subversión en la prosa colonial hispanoamericana, siglos XVI y XVII, de Raquel Chang Rodríguez; La Conquête de l´Amérique: La Question de l´autre, de Tzvetan Todorov, entre otras. De este horizonte recupero el estudio de Héctor Orjuela, publicado en 1983, sobre el desarrollo del género novelesco en la América virreinal. Las limitaciones de la postura teórico-crítica de Orjuela son las mismas de su tiempo (opera en términos de binomios contrapuestos: ficción/realidad y literatura/historia), pero sí toma en consideración algunas categorías estéticas desatendidas por la mayoría.

            Como casi todos, Orjuela comienza tratando de responder a la pregunta por la ausencia de novelas en los virreinatos americanos. Tras enlistar las dificultades que debía superar el autor de una obra “de ficción” para ver su trabajo publicado, concluye: “las novelas publicadas en esa época fueron más bien esbozos de relatos de ficción; pero las verdaderas novelas hispanoamericanas debieron quedar inéditas. Otras se mezclaron, o se disfrazaron, con los géneros en boga: la crónica y la épica especialmente. Esto, al parecer, fue lo más frecuente, a pesar de que los autores, siguiendo la preceptiva dominante, pretendían escribir historias `verdaderas´ y no ficticias” (265-266). De ahí que Orjuela se dedique a buscar elementos de ficción y técnica novelística en las obras virreinales. Como otros[1], Orjuela sucumbe a la tentación de conceder a una de ellas el título de “primera novela hispanoamericana”, que según él es El desierto prodigioso y el prodigio del desierto, de Pedro Solís y Valenzuela, “una novela maniertista-barroca” (299). No obstante, por algunos de sus indudables aciertos, el estudio de Orjuela resulta útil para intentar profundizar en la discusión sobre la protonovela. Este término fue acuñado por Luis Alberto Sánchez, en Proceso y contenido de la novela hispano-americana, para referirse a las obras de la América virreinal. Pero ha sido Luis Beltrán quien resignificó el concepto, elaborándolo a partir de obras europeas, en su ensayo breve y lúcido estudio “Teoría de la protonovela”.

Uno de los aciertos de Orjuela es ubicar los antecedentes del género novelesco en las expresiones orales anteriores a la invasión de 1492, y en los géneros simbólicos indígenas que coexistieron con los géneros literarios desembarcados junto con los españoles: “Los mitos, leyendas y narraciones indígenas de origen prehispánico, y los relatos aborígenes con influencia española, recogidos desde el siglo XVI, constituyen valiosos antecedentes de la literatura de ficción en Hispanoamérica” (268). Entonces, en el Manuscrito de Cuautitlán habría relatos de aventuras y “tempranos antecedentes de la novela histórica” (269). Primera corónica y buen gobierno de Guamán Poma de Ayala y Comentarios reales del Inca Garcilaso serían ejemplos de “prosa imaginativa”, y esta última, asegura Orjuela, apelando a la autoridad de Menéndez y Pelayo, sería una “novela utópica” (269). En el Popol Vuh, que participa “tanto de la epopeya como de la crónica […] lo real maravilloso da un toque de fantasía al relato” (269). La Leyenda de Yurupary sería otra una epopeya indígena (270). Por desgracia, Orjuela no pasa de identificar en ellos elementos de ficción e imaginación, y procede de igual modo al analizar la épica y la crónica de los siglos XVI y XVII.

De las obras comúnmente valoradas como épicas le interesan las versiones en prosa de La Araucana de Ercilla y de El Arauco domado de Pedro de Oña, y aun Elegías de varones ilustres de Indias. Las dificultades para considerar “verdaderas obras novelescas” estos textos épicos radican, dice Orjuela, en su forma poemática, en sus peculiaridades genéricas y la estructura de la épica (271). En cambio, “con el género de la crónica puede decirse que nos estamos aproximando a la protonovela americana, pues los cronistas matizan sus obras con relatos fantásticos, hechos inverosímiles, lances caballerescos, episodios autobiográficos etc., que las disfrazan de novelas y las aligeran del pesado contenido histórico, el cual resultaría en extremo tedioso sin el elemento narrativo que las acompaña y complementa” (272). Orjuela sí piensa la aparición de la protonovela como un proceso artístico-cultural, pero comete el mismo error que la crítica literaria repite hasta la fecha: reduce a crónica toda una plétora de géneros distintos, y así pierde de vista el desarrollo específico seguido por cada género. De este corpus Orjuela destaca Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1577) de Díaz del Castillo, Relación del descubrimiento y conquista de los reinos del Perú (1571) de Pizarro, y las obras del Inca Garcilaso, Guamán Poma y Cieza de León; y, por sus aportes al desarrollo y evolución del cuento y del relato corto hispanoamericanos: Miscelánea antártica (1586) de Cabello Balboa, Historia general del Perú (ca. 1611) de Murúa, Crónica de la provincia peruana de los Ermitaños de S. Agustín Nuestro Padre (1652) de Torres, Gobierno eclesiástico-pacífico y unión de los dos cuchillos pontificio y regio (1656-1657) de Villarroel y Coruña, y concede en un lugar privilegiado a El carnero (ca. 1638) de Freyle. Como ejemplo de “historiografía imaginativa”, menciona Quinquenarios o Historia de las guerras civiles del Perú (1590-1600) de Gutiérrez de Santa Clara. Por último, Restauración de la Imperial conversión de almas infieles (1693) de Barrenechea y Albis, y Cautiverio feliz (ca. 1650) de Núñez de Pineda y Bascuñán le parecen “verdaderas crónicas novelescas”, “en donde lo ficticio se combina íntimamente con lo histórico” (277).

El máximo acierto de Orjuela es que, al hablar ya de la protonovela americana, alcanza a distinguir dos “modalidades” ―hoy identificables con dos líneas estéticas, una seria y otra humorística―, y duda si incluir una tercera línea, mixta, que sería un préstamo de la novelística francesa. La primera línea es la pastoril o bucólica, representada por Siglo de Oro en las Selvas de Erífile (1608) de Bernardo de Balbuena, Los sirgueros de la Virgen (1620) de Bramón y El pastor de Nochebuena (1644) de Palafox y Mendoza, aunque esta última, es más “ascética” que “típicamente bucólica” (288). La segunda línea es la satírica, representada por Infortunios de Alonso Ramírez (1690) de Sigüenza y Góngora, Lazarillo de ciegos caminantes (1773) de Carrió de la Vandera y Genealogía de Gil Blas de Santillana (1792) de Calzada. La tercera línea estaría representada por una única obra, “escrita por un autor francés, quien ―por lo que se conoce― nunca estuvo en América, lo cual no le impidió sentir un profundo interés por las colonias españolas de ultramar” (290): Historia tragicómica de don Henríque de Castro (1617) de Francisco Loubayssin de Lamarca, que “constituye una novela manierista de gran riqueza de elementos y con especial entronque con la novela bizantina, pastoril, gótica y sentimental” (290-291). Si la considera es porque “la obra tiene interés americano” (292), en contraste con Libro del muy esforzado caballero de la fortuna don Claribalte (1519) de Fernández de Oviedo, que Orjuela excluye porque “nada tiene que ver con el Nuevo Mundo” (283); sin embargo, se cuida de anotar: “Su autor en el proemio asegura haber dado fin a su libro en el Nuevo Mundo. Si damos crédito a esta afirmación, tendríamos que aceptar que la primera muestra del género novelesco escrita (o terminada) en América fue una novela de caballerías” (283).

Orjuela también acierta al observar que en las indagaciones sobre la ausencia de novelas en los virreinatos americanos no se ha presta la suficiente atención al hecho de que en ellos la novela no presentara un desarrollo igual que en Europa, y de que la creación de obras narrativas en América respondía a necesidades de orden estético, literario e histórico diferentes de las que privaban en la Península. “Las narraciones coloniales plasman una visión del mundo que no puede proyectarse en los géneros tradicionales, sino a través de una múltiple perspectiva que fragmenta la estructura, multiplica los planos del relato y hace que se pierda la relación clásica del todo con la parte. El efecto es la desmesura, el abigarramiento y la heterogeneidad, rasgos que ya se encuentran en las primeras crónicas y épicas del siglo XVI” (266-267). Al describir El desierto prodigioso, Orjuela deja ver que por desmesura entiende la incorporación de material “superfluo”; por abigarramiento, la de “material compuesto por relatos breves, cartas, biografías, anécdotas, meditaciones, etc., todo ello con el propósito de presentar una visión completa, y compleja, del mundo novelado; y por heterogeneidad, entre otras cosas, la mezcla de prosa y verso. Pese a la sensibilidad que revela en su estudio, el crítico no logra ir más allá de su tiempo, y concluye:

Esto desde luego constituye un aspecto negativo para el lector moderno, por lo cual estos textos de ordinarios [sic] deben someterse a una poda del material superfluo, o no pertinente al desenvolvimiento de la acción narrativa, aunque los cortes ―de suyo arbitrarios― despojen a la obra de algunos de sus elementos constitutivos. Para El desierto prodigioso se hace necesaria, pues, como para otros textos coloniales, una edición expurgada en la cual se omita lo que no pertenece propiamente a la trama de la novela. De esta manera podrá apreciarse mejor su unidad narrativa y su valor como obra de ficción (299).

Orjuela no supo sacar mejor provecho de sus hallazgos: el valor estético del legado tradicional (indígena y europeo), su incorporación a la literatura de América, la inserción de géneros breves en las «crónicas de Indias», la íntima combinación entre lo literario y lo histórico en ellas, la necesidad de géneros nuevos para las nuevas visiones de mundo engendradas por el hecho de 1492 y la existencia de “modalidades” en las protonovelas. Convendría retomar el asunto en donde este crítico lo dejó, rehaciendo aunque sea a grandes pasos su recorrido, aunque pensando ahora la protonovela como un relato novelesco que tiende a la mistificación de géneros y de orientaciones artísticas o direcciones estéticas (Orjuela la llama “modalidades”). Para ello puede ser de gran utilidad la propuesta de Beltrán.

Bibliografía

Beltrán Alemería, Luis. “Teoría de la protonovela”, en Riff Raff. Disponible en línea: http://riff-raff.unizar.es/files/rrhomenajekurtspangx.pdf

Orjuela, Héctor. “«El desierto prodigioso y prodigio del desierto» de Pedro de Solís y Valenzuela, primera novela americana, en Thesavrvs. Disponible en línea: http://cvc.cervantes.es/lengua/thesaurus/pdf/38/TH_38_002_001_1.pdf

Sánchez, Luis Alberto. Proceso y contenido de la novela hispano-americana. 2ª ed. Madrid: Gredos, 1968.


[1] Daymond Turner, “Oviedo´s `Claribalte´, the First American Novel”, en Romance Notes VI (1964): 65-68.


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