Relatos verídicos de Luciano de Samósata

luna-llena1 Luciano de Samósata, nacido en el siglo II, fue uno de los primeros escritores en describir un viaje a la luna. No obstante Relatos verídicos preludia aspectos de la ciencia ficción, como la imagen de una nave surcando los cielos, el objetivo que persigue es muy distinto a los de aquel género. La intención primordial, según informa el autor en el prólogo de la obra, es entretener y contar mentiras de un modo convincente, verosímil y cómico. Su historia es de evasión como muchas otras, pero, a diferencia de los antiguos poetas, historiadores y filósofos que legaron relatos prodigiosos y legendarios, Luciano advierte una verdad: los lectores no debemos confiar en él porque todo lo narrado es ficción.

La actitud de Luciano es incrédula, controvertida, revela la faz mentirosa de algunas autoridades de su tiempo, muestra los absurdos del fanatismo religioso y parodia la tradición de la literatura de viajes, empezando por Ulises de Homero, guía y maestro de “semejante charlatanería” (180). En vez de una ficción heroica, Relatos verídicos -obra divida en dos libros y contada en primera persona, a la manera de las narraciones de viaje y aventura tradicionales- se vuelca hacia la fantasía y lo prodigioso, recrea leyendas, mitos y cuentos folclóricos.

Luciano, autor y protagonista de esta travesía, refiere que se embarcó con cincuenta compañeros, y navegó en calma hasta que un tifón, que hizo vagar a su barco sin rumbo durante setenta y nueve días, los llevó hasta las columnas de Heracles –límite del mundo conocido según los griegos de la Antigüedad. Tras internarse en el mare ignotum, inicia la descripción de maravillas, que, en muchos casos, son reminiscencias graciosas de historias antes contadas: los marinos se encuentran con vides que son mujeres en la parte superior y árboles en la inferior, a la manera de Dafne según cuenta Ovidio en Las metamorfosis; extraños habitantes de la luna, del Hades y el Olimpo; hombres, llamados cabalgabuitres, cabalgahormigas, pulgarqueros o aeromosquitos, que cabalgan animales enormes; gigantes que luchan entre sí; individuos de corcho o seres que lloran leche y sudan miel; bucéfalos parecidos al Minotauro y brujas con patas de asno; países donde habitan lámparas que representan el alma de cada ser humano; una ballena con un bosque en su interior donde moran animales y personas.

Relatos verídicos, además de ser una novela paródica de entretenimiento, es una mirada burlona hacia el fanatismo reinante en la época de Luciano. Durante el siglo II, se observaron dos polos en la cuestión religiosa; por un lado se exacerbó la devoción, abundaron falsos profetas, renacieron escuelas antiguas como el estoicismo, el pitagorismo y el epicureísmo, se popularizó la idea de que Dios es inefable para la razón, se afianzó el cristianismo, se difundieron toda clase de supersticiones, creencias astrológicas, cultos orientales, magia y misticismos. En el otro extremo -posición que acogió Luciano-, surgió una actitud racionalista que se acercó al agnosticismo y al ateísmo.

En una burla a la credulidad y fe exaltada de su tiempo, Luciano inventa una nómina de fantasías que van en contra de cualquier lógica, por ejemplo, un espejo y un pozo, parecido al aleph descrito por Borges, que permiten ver y oír todo lo que ocurre en la Tierra: “Quien desciende al pozo oye todo cuanto se dice entre nosotros (…) y si mira al espejo ve todas las ciudades y todos los pueblos, como si se alzara sobre ellos. Yo vi a la sazón, a mi familia y a todo mi pueblo, pero no puedo decir con certeza si ellos también me vieron” (193). Asimismo el autor juega todo el tiempo con la idea de verdad y mentira: “Quien no crea que ello es así, si alguna vez va por allí en persona, sabrá que digo la verdad” (193). Sin llegar a ser aleccionador, la falsedad es censurada por Luciano, no es gratuito que el inframundo –en el que obviamente no cree- esté habitado por reyes, particulares que actuaron de mala fe y, en especial, por mentirosos que no escribieron la verdad. Al ser un autor que desde el inicio dijo que todo lo relatado era ficción, asegura que al ver esas almas atormentadas, “concebí buenas esperanzas para el futuro, pues jamás dije yo una mentira a sabiendas” (217).

Viajes celestes, al mundo subterráneo, banquetes, escenarios de los bajos fondos, mezcla de elementos serios y cómicos, parodias, elementos grotescos, puntos de vista inusitados, sociedades utópicas, representación de estados inhabituales, anormales, personajes dementes, sueños, exageraciones, visiones, locuras, escándalos, excentricidades, palabras inoportunas, profanación de lo sagrado, fantasías audaces que ponen a prueba las ideas, las palabras y las grandes verdades son el centro de la sátira menipea (Bajtín, 167-175). Como en una de las mejores exposiciones de este género, los personajes de Relatos verídicos suben a los cielos, visitan el inferno, atraviesan países quiméricos, caen en situaciones excepcionales, conocen mundos donde todo es abundancia y no hay que ganarse el sustento, espacios de extensas maravillas que alcanzan lo grotesco en ocasiones. Por ejemplo, algunos pobladores de la luna, habitada únicamente por hombres, son engendrados en las pantorrillas; en cambio, otros selenitas -los llamados arbóreos que carecen de partes pudendas, tienen ojos desmontables y orejas de hojas de plátano-, nacen cuando su padre se corta su testículo derecho y lo planta en la tierra, “de él brota un corpulento árbol de carne, semejante a un falo: tiene ramas y hojas y su fruto son las bellotas, del tamaño de un codo; cuando están ya maduras, las recolectan y extraen de su interior a los hombres” (191).

En la segunda parte de la novela, la embarcación se detiene en la isla de los Dichosos, y Luciano convive con la crema y nata de la Grecia Antigua: Homero, Ulises, Helena, todos los semidioses y los combatientes de Troya, Esopo, Diógenes, Teseo, Sócrates, Pitágoras, entre otros, habitan ese espacio utópico donde nadie envejece, siempre es primavera y en el que se celebran festines y banquetes. Esta sección de Relatos verídicos es interesante porque es ahí donde se parodian de manera evidente la seriedad y el dogmatismo de algunas propuestas filosóficas: Platón no se encuentra en este paraíso porque “habitaba en la ciudad que él mismo había imaginado, disfrutando de la constitución y las leyes que redactara” (Luciano, 211); de los sufridos estoicos no había ninguno, advierte irónico Luciano, “decíase que ya habían ascendido a la escarpada colina de la virtud (211); los académicos todavía deliberaban si existía esta isla y por eso nunca llegaron. Luciano también se ríe de los gramáticos y los estudiosos que analizan cuestiones que le parecen vanas; así, al entrevistarse con Homero, le pregunta, de manera desfachatada como si investigara cualquier cosa, sobre su lugar de procedencia, si era de verdad ciego como las fuentes antiguas aseguran, si los versos rechazados como espurios eran de su autoría o qué obra había sido escrita primero, si la Odisea o la Ilíada.

La vida y el goce se celebran en la Isla de los Dichosos, por eso en las fiestas, los habitantes saborean de dos fuentes: “la de la risa y la del placer. De ambas beben todos al comienzo de la fiesta, y a partir de este momento permanecen gozoso y risueños” (210). La lógica de la risa se afianza con burlas, chismes, banquetes e imágenes del mundo al revés, que se alejan de la gravedad con la que son tratadas las grandes figuras y los personajes de la cultura griega antigua: Demócrito, el filósofo cínico, ha cambiado mucho, ahora está casado con la famosa cortesana Lais y baila borracho haciendo bromas a los demás habitantes de la isla; Esopo es el bufón de las celebraciones; Sócrates, según las malas lenguas, es lujurioso con sus discípulos; y Ulises, a escondidas de Penélope, le entrega a Luciano una carta para Calipso en la que informa los sucesos de los últimos años:

“Debes saber que, tan pronto zarpé de tu tierra, construida mi balsa, tuve un naufragio y a duras penas logré llegar a salvo (…) ahora estoy en la isla de los Dichosos, totalmente arrepentido de haber abandonado mi vida junto a ti y la inmortalidad que me habías prometido; por tanto, en cuanto tenga oportunidad huiré y llegaré junto a ti” (220).

Claro que la privacidad de esta nota de amor es violentada por la mirada entrometida de Luciano, quien se divierte con la tradición, como lo han hecho tantos autores influenciados por él: Erasmo, Moro, Quevedo, Cervantes, Swift, Voltaire, por solo mencionar algunos herederos de la risa lucianesca.

Bibliografía

Bajtín, Mijaíl. Problemas de la poética de Dostoievski. México: FCE, 2005.

García Gual, Carlos. Los orígenes de la novela. España: Ediciones Istmo, 1972.

Luciano. Obras I. Introducción José Alsina Clota. Madrid: Gredos, 1996.


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