Lo nuevo y lo viejo en Frankenstein

488px-RothwellMaryShelley
Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:RothwellMaryShelley.jpg

Con apenas 18 años, Mary Wollstonecraft Godwin –mejor conocida como Mary Shelley– aceptó el reto de escribir una historia de fantasmas, pero terminó entregando al mundo uno de los grandes clásicos de la literatura universal: Frankenstein o el moderno Prometeo, publicado en 1818. El reto había sido lanzado por Lord Byron, vecino de la pareja formada por el poeta Percy Shelley y la joven Wollstonecraft, durante el frío y lluvioso verano de 1816. Aunque los tres comenzaron a escribir sus respectivas historias, sólo la joven cumplió el desafío. En sus palabras: “[…] el tiempo cambió de pronto y mis dos amigos me dejaron para emprender un viaje por los Alpes y, ante el magnífico paisaje, se olvidaron de sus visiones fantasmales. El siguiente relato es el único que fue concluido” (34).
En un primer momento, Wollstonecraft se dio a la tarea de construir un relato escalofriante, emulando las historias alemanas que Byron, Shelley y ella leían y contaban a lo largo de sus frecuentes veladas. “Yo me urgí a mí misma a pensar una historia, una historia que pudiese rivalizar con las que nos habían arrastrado a aquella empresa. Una historia que hablase de los misteriosos temores de nuestra naturaleza y que despertase el más intenso de los terrores, una historia que creara en el lector miedo a mirar a su alrededor, que helase la sangre y acelerase los latidos del corazón. Si no conseguía todas esas cosas, mi historia de fantasmas demostraría ser indigna de ese nombre” (25). Sin embargo, tal objetivo mudó con el tiempo. Por estos años, Wollstonecraft se entusiasmó con las doctrinas filosóficas que indagaban el principio de la vida y las pasiones humanas, por las reflexiones de Jean Jacques Rousseau sobre la educación, por los experimentos científicos de Charles Darwin, por el galvanismo, etc. Wollstonecraft se obsesionó, sobre todo, con la posibilidad de que el ser humano fuera capaz de conferir vida a un organismo inerte. Así surgió la idea central de Frankenstein.
No voy a sintetizar la historia narrada en Frankenstein, por ser tan famosa. En cambio, me interesa llamar la atención sobre tres aspectos poco conocidos o menos estudiados. El primero tiene que ver con el título completo de la obra, que casi nunca figura completo en la portada del libro: Frankenstein o el moderno Prometeo. El título juega con una suerte de paradoja: Víctor Frankenstein, identificado por su apellido, que ya se ha vuelto la marca de su originalidad, es un joven científico que revoluciona los límites de la ciencia de su tiempo, es un innovador radical; no obstante, ni su singularidad ni su originalidad hacen de él una criatura sin par: es otro Prometeo. Recordemos rápidamente que este personaje de la mitología griega era un titán célebre por haber robado fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, por haber engañado a Zeus y, según algunas versiones, por haber creado al hombre a partir del barro. Como su antepasado, Frankenstein representa, por un lado, a quien rompe las reglas del mundo y se rebela contra el poder establecido (por ejemplo, al desafiar los propios límites de la ciencia y los consejos de su padre respecto a su incursión en la filosofía natural); y por el otro, a quien se convierte en dador de vida y en conocedor de sus secretos, infringiendo las leyes de la naturaleza. Y, por supuesto, como su predecesor, condenado a la inutilidad de sus esfuerzos, Víctor Frankenstein recibe el castigo por su osadía: el monstruo que ha creado asesina a varios miembros de su familia y destruye toda posibilidad de felicidad para ambos. En el preciso momento en que Frankenstein reanima al monstruo, entre él y su creación se forma un lazo que sólo se romperá con la muerte de uno de ambos. Esto me lleva al segundo aspecto que quiero destacar.
Hasta hoy, la gran mayoría de las personas confunde al científico con su obra: el monstruo no tiene nombre. Frankenstein es, pues, el creador, no la creatura. Ahora, lo curioso de esta confusión es que, en cierta manera, la misma obra da pie al intercambio de roles. Son muy significativas las palabras que el monstruo le dirige a Frankenstein, una vez que se ha rebelado contra él y lo ha sometido: “Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño: ¡obedece!” (201). De este modo, el monstruo se convierte en otro Prometeo rebelde. Una de las razones principales del monstruo para esclavizar a su creador es su sentimiento de soledad: habiendo sido creado a partir de restos de otros hombres, el monstruo sabe que es un raro engendro y que, por ende, está imposibilitado de vivir en sociedad. Él también es una criatura sin par; de ahí que le exija a Frankenstein una compañera. Uno de los máximos aciertos de la obra es poner sobre la mesa de debate la subjetividad del monstruo, cuya maldad no deriva de las condiciones de su creación, sino de la falta de amor y de compasión: él no pidió ser creado, pero la vida le fue otorgada por un capricho de Frankenstein, quien después renegó de él y lo abandonó a su suerte. Sobra decir, supongo, que este conflicto ha dado pie a múltiples lecturas a propósito del rol del ser humano frente a su creador y se relaciona con los debates sobre naturaleza/sociedad o biología/educación. Por este motivo y otros más, la historia de fantasmas que Wollstonecraft había concebido se convirtió en una exploración del alma humana. Aunque el eje conductor de la historia es una situación novedosa –la de una criatura engendrada por la ciencia, no por la naturaleza–, podemos identificar en Frankenstein varios temas radicales que han brotado de la imaginación humana desde hace siglos. Para constatar su antigüedad basta pensar, por ejemplo, en Adán y Eva comiendo del fruto prohibido, que era el fruto del conocimiento. La vuelta de tuerca se da, no obstante, como resultado de las discusiones y reflexiones que impregnaron la atmósfera del siglo XIX. Una de ellas es el asunto de la educación y la verdadera naturaleza del hombre.
Pero vayamos al último aspecto que me interesa destacar. Sin duda, Frankenstein es una obra tan original como sus personajes y, a la vez, no rompe con la tradición sino que se reconoce como heredera de su tiempo. Wollstonecraft supo incorporar a su obra muchos de los grandes discursos artísticos, científicos y humanísticos, varios de los cuales asoman tácita o explícitamente en las páginas de Frankenstein: Paraíso perdido de Milton, Las cuitas del joven Wether de Goethe, Vidas paralelas de Plutarco, Las ruinas, o meditación sobre las revoluciones de los imperios de Volney, Emilio, o De la educación de Rousseau, etc. Wollstonecraft, sabedora de la deuda que todo escritor, pese a su talento y originalidad personales, tiene con sus predecesores, rinde así un tributo a quienes escribieron antes que ella. Quizá no sea demasiado arriesgado pensar en la novela de Wollstonecraft como una novela-monstruo, compuesta a partir de piezas (discursos, ideas, temas, figuras, etc.) tomadas de aquí y de allá, pero insufladas de un renovado hálito vital debido a la pluma de su autora. Contrariando la opinión de quienes creen que el valor de una obra de arte radica en su extrañeza o en su singularidad, en lo que la hace única e irrepetible, creo que Frankenstein demuestra cómo lo nuevo y lo viejo están siempre presentes en cualquier obra artística, por muy original que sea el tratamiento del tema o la construcción del relato o el mundo construido. Me parece demasiado ingenuo pensar que se puede crear algo de la nada absoluta, sin adquirir algún tipo de deuda con los siglos y con la humanidad. Lejos de empobrecer nuestra lectura de las obras de arte verbal, el reconocimiento de la tradición literaria sobre cuyos hombros se sostiene cada nueva obra enriquecerá nuestra compresión del fenómeno literario, hoy reducido a engalanar nuestras horas de ocio.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s