De peripecias e infortunios antiguos

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“Job”, obra de L. Bonnat. Fuente: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Bonnat02.jpg

La ventura y la desventura han acompañado a los seres humanos desde tiempos remotos, y a menudo entran en la vida de algunos de ellos con tal fuerza que signan su destino, para bien o para mal. Suele atribuirse una carga positiva a la ventura y, al contrario, una negativa a la desventura, pero no siempre resulta así: ciertas venturas acarrean desdicha, ciertas desventuras traen consigo bonanza, e incluso puede llegar a ocurrir que ambas sean dos caras de la misma moneda. Pensemos, por ejemplo, en el ambicioso rey Midas, a quien Dionisio le concedió la merced del “toque de oro” y, muy pronto, ésta se le trocó en maldición. Este tipo de altibajos, es decir, esta alternancia de sucesos prósperos y adversos, se da con frecuencia en los mundos creados por el arte verbal. En las siguientes líneas me gustaría hacer un par de comentarios a propósito de los casos en los que la peripecia deriva en infortunio y éste, al final, rinde buenos frutos.

En principio, recordemos que la peripecia es la mudanza inesperada y repentina de situación. Como ya dije, esta mudanza puede generarle bienestar o malestar a quien la experimenta. Si el cambio es para mal, estamos ante el infortunio. El diccionario de la RAE consigna tres acepciones para esta palabra: 1) suerte desdichada o fortuna adversa, 2. estado desgraciado en que se encuentra alguien y 3) hecho o acaecimiento desgraciado. Se trata, pues, de una desdicha o una desgracia, y puede presentarse bajo la forma de un encadenamiento de sucesos, de un hecho aislado o de un estado pasajero. La literatura —en sentido amplio— está repleta de historias de hombres y mujeres infortunados. Aquí me interesa poner en relación tres historias concretas en donde el infortunio recae sobre gente de bien: las de Ahikar, Job y la casta Susana. Aunque son historias antiguas, estas figuras siguen reapareciendo hasta la fecha en la literatura de todas las naciones. En México, la figura del sabio infortunado está en la base de la Relación de Servando Teresa de Mier y en numerosas novelas decimonónicas protagonizadas por mujeres (la joven virtuosa injustamente agraviada). Vayamos por partes.

De la historia de Ahikar se da cuenta en diversos relatos, escritos en varios idiomas (arameo, siriaco, copto, eslavo, griego, etc.), e incluso es mencionada en la Biblia. Ahikar fue un renombrado sabio, consejero del rey Senaquerib de Asiria (705-681 a. C.) —en algunas versiones lo es de su hijo, el príncipe Asarhaddón—, traicionado en su vejez por sobrino Anadan, a quien Ahikar había crecido como su propio hijo. Engañado por las intrigas de Anadan, el rey condena a muerte a Ahikar, pero éste, gracias a la intervención de un aliado, logra huir y se esconde, dejando a otro hombre en su lugar. Cuando el gran faraón de Egipto supo de la muerte de Ahikar quiso sacar provecho de la novedad y lanzó un reto al rey de Asiria: el faraón le plantearía a Senaquerib un par de acertijos y, de responder con sabiduría, éste recibiría del faraón tres años de tributos, pero en caso contrario, Senaquerib y todo su pueblo tendrían que rendir tributos al faraón durante tres años. El rey de Asiria echó de menos la sabiduría de Ahikar y lamentó su muerte. No obstante, las cosas se resuelven de manera favorable para casi todos: pronto Senaquerib descubre la traición de Anadan y que Ahikar sigue vivo. Con el auxilio de su antiguo consejero, el rey logra resolver los acertijos del faraón. Finalmente, Ahikar es restituido con honras y Anadar recibe su castigo. Como se ve en esta apretada síntesis, la historia se funda en una peripecia, tras la cual el protagonista se ve acosado por el infortunio. Pero Ahikar es un sabio, y justamente su sabiduría lo ayuda a sobreponerse a la desgracia.

El segundo ejemplo es la historia de Job, mucho más conocida que la de Ahikar, porque forma parte de la Biblia. En este caso, no es un capricho de la fortuna, sino el Dios judeocristiano, quien pone a prueba a un buen hombre. Luego de una discusión entre Dios y Satanás, ambos acuerdan exponer a Job a las peores desgracias para acreditar su amor a Dios: enfermedades, muerte de su ganado, pérdida de sus bienes, pobreza, conflictos con su esposa y hasta el fallecimiento de sus hijos. Los lamentos de Job integran uno de los libros más hermosos de la Biblia. En este texto, como en Ahikar, la sabiduría y la rectitud del infortunado terminan por retribuirles más de lo que perdieron. Una vez confirmado el amor intachable de Job hacia Dios, éste lo recompensa con catorce hijos y tres hijas bellísimas, así como con miles de ovejas, camellos, bueyes y asnos. Job vive feliz durante 140 años más, y muere “anciano y colmado de días”. No abundo en esta historia por ser tan sabida.

El tercer ejemplo es la historia de Susana, incluida en la Biblia, como un apéndice del libro de Daniel. Una versión resumida de las historias de Ahikar y de Susana aparecen también en Las mil y una noches. El relato bíblico refiere lo siguiente: Susana, esposa de Joaquín, era “muy delicada y hermosa de aspecto”, con lo cual dos ancianos, constituidos en jueces, comienzan a sentirse atraídos por ella. Cuando ambos revelan su pasión por la mujer, deciden tenderle una trampa con el objetivo de obligarla a satisfacer el deseo carnal de ambos. Un día, mientras Susana se baña en el jardín, los viejos se ocultan a la espera del momento propicio para abordarla, que es cuando las doncellas de Susana se retiran:

 En cuanto salieron las doncellas, los dos ancianos se levantaron, fueron corriendo donde ella, le dijeron: “Las puertas del jardín están cerradas y nadie nos ve. Nosotros te deseamos; consiente, pues, y entrégate a nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que estaba contigo un joven y que por eso habías despachado a tus doncellas”. Susana gimió: “¡Ay, qué aprieto me estrecha por todas partes! Si hago esto, es la muerte para mí; si no lo hago, no escaparé de vosotros. Pero es mejor para mí caer en vuestras manos sin haberlo hecho que pecar delante del Señor” (Daniel 13, 19-22).

Dado que ambos hombres eran jueces en Babilonia, declaran en contra de Susana ante la asamblea, la cual, tomando por cierta la palabra de los viejos, condena a muerte a la mujer. Sin embargo, Dios interviene por medio de Daniel, el jovencito que expone la mentira de los ancianos y la honra de Susana fue restituida públicamente. Una vez más, la integridad de la infortunada (amparada por Dios) la saca del peligro.

Si he retomado estas tres historias es porque, desde mi perspectiva, ofrecen una imagen clara de cómo la peripecia y el infortunio adquieren la dimensión de categorías estéticas en el arte verbal. La mudanza repentina de suerte y la desdicha han servido para elaborar algunos de los relatos sapienciales más fructíferos, célebres y de mayor impacto en la literatura. Sería interesante, y seguramente provechoso para la urgente labor de “organizar la palabra”, estudiar la ruta que la figura del sabio infortunado ha seguido desde tiempos remotos hasta la actualidad.


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