La ficción y la vida

29_Drawing Hands by EscherEn la actualidad se piensa, se estudia y se habla de la literatura de ficción como si ésta no fuera parte de la vida, sino otra cosa, algo exquisito y solitario florecido entre paréntesis inconmovibles. A lo más, a la literatura de ficción se le concede el derecho a reflejar la vida, al modo del espejo que reproduce pasivamente el rostro de quien se pare frente a él. A lo menos, a la ficción se le confiere la tarea de entretener al ocioso, al desocupado, al aburrido, al huraño y, en general, a quien trata de olvidarse del mundo por un rato. Así entendida, la literatura de ficción es apenas una prolongación inútil, y a veces hermosa, de la vida ‒es inútil porque redunda, porque repite lo ya dado, lo existente‒, o un refugio temporal adonde llegan quienes buscan evadirse, perderse, matar las horas. Pero, ¿hay algo más? ¿Puede haber algo más?

Muchos nos hemos preguntado, y aún nos preguntamos, qué son las fábulas, qué los cuentos, qué las novelas, etc. ¿Qué son Dafnis y Cloe, El asno de oro, la Ilíada, la Odisea, Gargantúa y Pantagruel, La divina comedia, el Quijote, Los hermanos Karamázov, En busca del tiempo perdido, Niebla, La Señora Dalloway, Pedro Páramo, Rayuela, Cien años de soledad?, por mencionar sólo obras representativas. “Son ficción”, responderán algunos, como si tal nombre nos obligara a suspender de inmediato las preguntas y a seguir de largo; como si la ficción fuese muda, o estúpida, o demasiado arrogante para bajarse de su pedestal (esos paréntesis inconmovibles) y sentarse a nuestro lado, para encontrarnos la mirada e intentar despejar nuestras dudas. ¿Qué es la ficción? ¿Para qué sirve? ¿Por qué los seres humanos contamos y recontamos relatos de ficción casi desde el instante mismo en que aprendemos a hablar? ¿Por qué la especie y comunidad humana insiste en crear relatos de ficción y, además, atesora los de quienes vivieron antes que nosotros? Aún hoy, algunos creen que leer y escribir relatos de ficción es una actividad ociosa, un lujo, cuando no una mera frivolidad: “¿Para qué hablar de cosas que no existen, cuando hay tanto que decir sobre lo que sí existe?”. En cambio, jamás se cuestiona la importancia de los relatos históricos. El discurso narrativo parece salvarse de ciertos cuestionamientos si lleva sobre la frente el rótulo “histórico”, mientras que al relato de ficción se le pide salir de la fila, enseñar el pasaporte y estampar sus huellas digitales para, en caso necesario, hacerlo comparecer después en el banquillo de acusados. El discurso narrativo de ficción es un impostor, sea en acto o en potencia. Pero, ¿en verdad son tan distintos los relatos históricos de los relatos de ficción?

Hace varias décadas Paul Ricoeur asombró a historiadores y literatos con el brillo y la profundidad de su pensamiento sobre el discurso narrativo. Todavía seguimos sacando provecho de la hondura de sus reflexiones. Al decir esto tengo en mente las ideas formuladas en “Para una teoría del discurso narrativo”, incluido en Historia y narratividad. Allí Ricoeur defiende el parentesco entre los relatos históricos y los de ficción: pese a las diferencias evidentes entre ambos tipos de relatos, tienen una estructura narrativa común. Eso es lo más simple. La gran revelación viene cuando Ricoeur ubica frente al reflector algo que suele pasar a oscuras: los relatos históricos y los de ficción tratan de decir algo sobre la historicidad radical del ser humano. Ricoeur lo explica de este modo:

[…] nuestras lenguas preservan y ponen de relieve, al determinar el sentido de los términos Geschichte, history e historia, la copertenencia que existe entre el acto de contar (o de escribir) la historia y el hecho de encontrarse en ella, es decir, entre el hecho de hacerla y el de ser histórico. Dicho de otro modo, el tipo de vida del que forma parte el discurso narrativo es nuestra propia condición histórica (133).

Esto significa que los relatos de ficción son capaces de llevar al lenguaje nuestra historicidad fundamental. La literatura de ficción, pues, habla siempre de nosotros y de nuestro mundo, aunque hable de alienígenas, dioses, minotauros y hadas, aunque hable de la Tierra Media, Comala, Macondo o Marte, aunque hable de historias improbables y utopías. En la base de la literatura de ficción no está la copia pasiva o la reproducción acrítica de modelos preexistentes, de lo ya dado; en su base está la imaginación, entendida como la libertad o la facultad de crear, a partir de la realidad, imágenes significativas para redescribir el mundo ‒según Ricoeur la Historia lo describe, la Literatura lo redescribe‒ y forjar nuevos esquemas para conocer la experiencia de ser humano, de ser criaturas temporales, históricas. Ricoeur añade que la historicidad se dice tanto cuando contamos una historia como cuando escribimos la Historia (146), y cierra su ensayo con una pregunta abrumadora: “¿no podría decirse que, al aproximarnos a lo diferente, la historia nos da acceso a lo posible, mientras que la ficción, al permitirnos acceder a lo irreal, nos lleva de nuevo a lo esencial? (155). La literatura de ficción es una puerta abierta al diálogo con otras épocas y otras culturas, con el otro y con nosotros mismos, con la Humanidad en su trayecto a través de los siglos. La ficción nos pone en contacto con el transcurrir más íntimo de la vida.

Bibliografía

Ricoeur, Paul. “Para una teoría del discurso narrativo”, Historia y narratividad. Introd. Ángel Gabilondo y Gabriel Aranzueque. Barcelona; Buenos Aires, México: Paidós; I.C.E de la Universidad Autónoma de Barcelona, 1999, pp. 83-155.


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