Sobre el lector

1En un ensayo titulado “El lector infrecuente”, George Steiner reflexionó sobre los atributos y los placeres de todo buen lector: leer es entablar un compromiso de reciprocidad con el libro que se lee; es una actividad que invita a dejarse “leer” por eso que leemos para descubrir facetas de nosotros mismos; es un acto creativo que se realiza en solitario y en silencio; es dialogar con los textos y reconocer las voces que provienen de otros libros y que recuerdan el conocimiento del pasado. Leer bien es un ejercicio de la memoria. Leer es recordar que la vida de cada hombre es breve y que los libros, de los cuales solo leeremos unos cuantos, permanecerán en este mundo más tiempo que nosotros, pues “la vida del lector se cuenta en horas; la del libro, en milenios” (22).

Hay muchas narraciones que, así como el ensayo de Steiner, meditan sobre los atributos del lector y de todo aquello implicado en el juego literario, desde la memoria, el papel del autor, la relación del texto con otros textos, hasta la revelación del andamiaje de las obras literarias. Algunas de estas narraciones acortan la distancia que existe entre la ficción y la vida, dando la impresión de que el arte lo invade todo y suplanta la realidad. En otros ejemplos, la obra literaria expone la manera en la que está conformada, revela su naturaleza ficticia y, al mismo tiempo, obliga a los lectores a adentrarse en la reflexión sobre el juego literario.

En el cuento “Asesinato en la oscuridad” de la escritora canadiense Margaret Atwood, el texto se devela como un discurso autoconsciente que habla de los pactos que se entablan en la lectura entre el autor y los lectores. El relato inicia dando cuenta de las vivencias del narrador al jugar “asesinato en la oscuridad”, diversión que puede ser peligrosa si no se respetan los límites y las diferencias entre la realidad y la ficción, pues en una ocasión —explica el narrador sugiriendo lo que está por ocurrir en el texto— un poeta intentó de verdad matar a alguien. Dirigiéndose al lector, el narrador protagonista explica las reglas del juego:

Doblas unos papeles y los pones en un sombrero, en un cuenco, o en el centro de la mesa. Cada participante escoge uno. Si te toca la x eres el detective, si te toca el punto negro, el asesino. El detective sale de la sala y se apagan las luces. Todo mundo deambula en la oscuridad hasta que el asesino elige víctima (…) La víctima grita y cae al suelo. (…) El detective cuenta hasta diez, enciende las luces, y entra a la sala. Puede interrogar a todos menos a la víctima, que no está autorizada a responder, puesto que está muerta. El asesino debe mentir (508).

Tras mencionar las instrucciones, el narrador invita a jugar al lector, no sin antes sugerir que, en este juego que se inicia conforme avanza la lectura, el escritor será el asesino, el detective el crítico, la víctima el lector. Como si habitáramos en la misma dimensión, el narrador nos avisa del crimen siniestro que está por cometer, y el relato parece salir de los límites de la página e invadir el espacio en el que estamos. Pronto oímos los pasos del asesino, sentimos sus manos cerca de nuestro cuello, olemos el humo de su cigarro que penetra en nuestra habitación. Sabemos que está a punto de hacernos daño… Cuando la víctima haya sido ultimada y el investigador inicie sus pesquisas, el asesino habrá de mentir siempre, o quizá no, porque quién sabe dónde empieza la verdad y la mentira, la realidad y la ficción.

De manera lúdica, Atwood demuestra que el libro espera una colaboración íntima del lector, como señaló Steiner. El verdadero lector, ya sea en papel de víctima, investigador o asesino, siempre tendrá un espíritu creativo, estará dispuesto a habilitar su memoria y a iniciar un diálogo; buscará seguir las pistas que fue dejando por aquí y por allá el autor; será capaz de recordar que en cada obra “hay una apuesta contra el olvido, una postura contra el silencio que solo puede ganarse cuando el libro vuelve a abrirse” (Steiner, 23).

Bibliografía

Atwood, Margaret. “Asesinato en la oscuridad” en Obras maestras del relato breve. Madrid: Océano, 2003.

Steiner, George. Pasión intacta. Madrid: Siruela, 1997.


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