Diálogos entre el cielo y la tierra

Utilizar el lenguaje de la tierra para dialogar con el

cielo y el lenguaje del cielo para dialogar con la tierra.

Después de Dios, ¿quién podría hacerlo?

Edmond Jabés

La escritura de Edmond Jabés tiene, entre muchas otras cualidades, la de ir sembrando preguntas cruciales en torno al ser humano, a su inevitable vínculo con lo divino y a las encrucijadas inherentes al acto de escribir. Aventurando una posible respuesta a la pregunta del epígrafe previo a estas líneas, diría que existe una vertiente en la poesía contemporánea abocada a establecer un diálogo entre lo humano, lo divino y sus respectivos lenguajes.

            Aventuro también que Cantar de los principios y otros poemas de Lourdes Cabrera Ruiz es un claro ejemplo de lo mucho que puede suceder cuando a través de la poesía se ponen en juego las incertidumbres propias de nuestra condición humana y los cuestionamientos que a lo largo ya de varios siglos hemos dirigido a los dioses. Desde los primeros poemas, reunidos bajo el título “Parafraste de insignias”, se nos presenta una imagen de hombre capaz de entender muchas cosas pero con ciertas limitaciones, es un hombre que cree, duda, y no sabe a ciencia cierta cuál es el camino a seguir. En “Exequias para la corte” leemos:

“El ser humano vuelve reverencia lo que a su entendimiento resulta incomprensible. Vital hallazgo, calidez para oquedades. […] El culto insiste en proclamar que mediodía no es mitad, sino palabra-luz que el dios manifiesta. […] La observancia del hombre, hasta entonces fija, inicia el giro y comparece al extremo opuesto contra la piedra angular que veneraba. Él cree sostener aún esa quimera en lo alto de la noche, pero se duele ante la existencia de otras claridades –es imposible inclinarse a todas– e, invidente, prosigue vacío en medio de temores que sobre su espalda pernoctan. Camina erguido, ya no es infante” (13-14).

            Pero no es sólo la falibilidad de la razón humana la que prevalece en estos poemas iniciales, sino que se abre también la brecha para explorar otras facetas menos racionales que derivan quizá de la intuición y la sensibilidad que se despierta al observar nuestro entorno, como en el poema titulado “Esplender mi universo”, donde la mera contemplación de las estrellas desemboca en un aprendizaje ajeno al de la argumentación racional: “Cierro la boca. El índice desciende, ya no es bueno para señalar. El mapa se dobla y, perpleja, a su lado piso una tierra nueva: el conocimiento, gaseoso, la imaginación, la luz” (15).

            Los cuestionamientos del individuo sobre sí mismo y su relación con aquello que se encuentra más allá de sí y su comprensión, se desplazan a un segundo plano en “Del tiempo y las formas”. Los poemas aquí incluidos, se despojan de la contundencia de la prosa para adoptar las formas juguetonas de los sonidos de las palabras y de las posibilidades de significación de las palabras mismas así como de su sintaxis. Cito como ejemplo “Silencia” (28):

sur       porque de allí la noche a solas como cielo

discurre angustia necesitancia               voz

que mía la estrella nadie escucha

de su tráfico ninguna sur

 

voz      mía la noche de tráfico cielo escucha

nadie amanece necesitancia    sur

la estrella ninguna que discurre

como a solas porque de allí    voz

 

silencio angustia que ninguna amanece nadie

como la estrella negar necesitancia

en su no querer de cielo          sur

 

tráfico a solas como angustia la estrella escucha

discurre porque de allí nadie la noche

en su no poder la mía  voz

 

            A través de estrategias como estas, múltiples imágenes derivadas de la naturaleza se hacen sitio en cada verso, dejando figuras en las páginas que bien pueden corresponderse con algunos títulos: “Caracola”, “Figuras de sal”, “Geografías”. Aunque lo más evidente en los poemas de “Del tiempo y las formas” son este tipo de juegos e imágenes, en ciertos momentos encontramos una reflexión o una pregunta que en muchos sentidos los hace dialogar con la primera parte del libro, como en “Fragmento de abril”:

pregunta

nuestra sed el río

bebiéndonos pregunta por la sal

dos cuerpos

rodean la mar en medio de sí

la noche

nos baña

ya es fuego

mas nadie

insisto

no vendrá mi lágrima

estamos dormidos porque olvidamos […] (30).

 

            Con referencias explícitas a la Biblia, el Zohar y a la poesía mística, el Cantar de los principios se constituye precisamente como un canto a varias voces entonado por algunas de las figuras más eminentes en la interpretación de las escrituras de la tradición judía. Así, Rabí José, Ben Zoma, Rabí Elisha Ben Avuya y el mismo Maimónides, entre otros, enuncian desde cada poema una relación particular con Dios. Lo que en un principio remite a ciertos versos de San Juan de la Cruz, poco a poco se va transformando en duda, en tentación, en libertad. Las posibilidades exegéticas de los textos sagrados no pasa desapercibida, así como tampoco los poemas se sustraen de incorporar otros tiempos, otros espacios, otras voces que al final habrán de remontarnos a las dudas iniciales derivadas de ese diálogo entre hombre y Dios, un diálogo que puede ser fructífero y revelador, pero también ambiguo, difícil de aprehender, confuso de tan inagotable.

            Pero no se queda aquí el planteamiento de Cantar de los principios, sino que concluye con una peculiar “Anagogía” en la que el sentido místico y la revelación final de los textos sagrados derivan de la escritura y el recuerdo de una mujer. Así empieza el primer poema de esta última sección:

Una mujer escribe

acerca de una que recuerda

el instante que ahora tocan

sus cerrados ojos: […] (67).

 

Y así inicia el segundo:

 

Una mujer recuerda

acerca de una que escribe

el instante que ahora tocan

sus ojos abiertos: […] (69).

 

            Los tres poemas que conforman “Anagogía” ofrecen un giro más a todas las preguntas que se han planteado a lo largo de todo el libro, dejándonos al final con la impresión de que son preguntas para las que no hay una respuesta definitiva, sino sólo nuestras conjeturas humanas, falibles, limitadas, pero no por eso menos válidas. Dejo intacto el último poema y la abierta invitación a leer este Cantar de los principios y otros poemas.

 

En la sabia que pudo llamarse raíz,

en la raíz que pudo ser agua

y sólo es una puerta,

los ojos:

poesía, ángel contra mi cárcel,

en tu gesta creyó haber despertado

quien medita acerca del destino.

Si es ahora que “al silencio del sol me reconoces”

nada me guía en tu más callado asomo.

 

Te siento cerrar mi tacto, abrirte a la carcajada

desquiciándome.

Qué voz de oscuridad acoge

el laberinto de mis labios.

Qué detenida al fin como sagrada

la historia por fósiles del cielo.

 

Lleva contigo esta lluvia, lo que creíste asir,

tu propia mano. (71)

 

 

Cabrera Ruiz, Lourdes. Cantar de los principios y otros poemas. México: ICY; Literalia Editores, 2011.

 

 

 


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