Los señores del destino

800px-Atropos_o_Las_ParcasEn un epigrama atribuido a la poeta griega Ánite de Tegea (300 a.C.), un quejoso se lamenta de la muerte de una mujer hermosa:

Lloro a Antibia, doncella, a la cual tantos hombres buscaron

pretendiéndola en casa de su padre, atraídos

por su encanto y talento; mas pronto una Moira funesta

derribó por tierra la esperanza de todos.

Aunque en el poema, Ánite se refiere a una sola “Moira Funesta”, alude a las tres Parcas, las entidades que resuelven la suerte y el destino de cada persona: Cloto le da vuelta al hilo de la vida; Láquesis determina los años que cada hombre habrá de permanecer en la tierra; Atropo es la encargada de cortar el hilo de la vida.

Además de señoras del hado, algunas versiones aseguran que las tres Moiras fueron las inventoras de siete letras del alfabeto (Alpha, Omicron, Upsilon, Eta, Iota, Beta y Tau). Relacionadas a Ilítia, la diosa de los nacimientos, las Parcas eran —según el decir popular griego— celosas, crueles, ávidas por frustrar los planes y los deseos de los hombres, como puede observarse en el epigrama dedicado a Antibia.

Para el filósofo Mircea Eliade, el mito de las Moiras representaba la finitud y la precariedad de la vida del hombre en la cosmovisión griega; su imagen, personificada como un trío de hilanderas, era un recordatorio de que la sabiduría inicia cuando el hombre, ante su destino incierto, se obliga a sacar provecho del presente, de la juventud, de la salud y de todos los dones que le son otorgados, con el objeto de vivir plenamente y con dignidad el momento actual: “el hombre —explica Eliade— no dispone de otra cosa que de sus personales limitaciones, las que viene de su propia condición humana y en particular de su Moira” (Eliade, 339).

Sin embargo, esta versión que consideraba al hombre incapaz de decidir sobre su destino, es revertida en el libro X de La República de Platón, donde las Moiras también tienen un papel notable. Hacia el final del diálogo, Sócrates le explica a su interlocutor, Glaucón, los trabajos que cada hombre debe realizar para alcanzar su dignidad, apoyado en la historia de Er, “el mensajero de las cosas del más allá”, un guerrero que regresó a la vida doce días después de morir y narró el camino de expiación recorrido por las almas al perecer el cuerpo humano.

Según esta narración contada por Sócrates, las almas renacen y vuelven a la tierra después de un juicio que las recompensa o las castiga dependiendo de los hechos de su existencia previa: los justos parten al cielo; los injustos se dirigen al mundo subterráneo a sufrir muchas dolencias. Cuando las almas han pagado sus culpas o han sido premiadas, son dirigidas frente a tres mujeres sentadas en círculo —“cada una en un trono y a distancias iguales” —, las tres Parcas, hijas de la Necesidad, que cantan al son de las sirenas: Láquesis entona las cosas pasadas; Cloto, las presentes; Atropo, las futuras. Posteriormente, las almas, se encuentran con un profeta que les muestra lotes y modelos de vida, incluyendo de animales, mientras Láquesis se sube a una tribuna y pronuncia las siguientes palabras:

Palabra de la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: almas efímeras, este es el comienzo, para vuestro género mortal, de otro ciclo anudado a la muerte. No será el Hado quien os elija, sino que vosotras elegiréis vuestro hado. Que os escogerá un demonio, sino que vosotros escogeréis un demonio.  Que el que resulte por sorteo el primero elija un modo de vida, al cual quedará necesariamente asociado. En cuanto a la excelencia, no tiene dueño, sino que cada uno tendrá mayor o menor parte de ella según la honre o la desprecie; la responsabilidad es del que elige. Dios está exento de culpa (Platón, 491-492).

Tras estas palabras, el profeta, ayudante de las Parcas, les advierte a las almas visitantes que, si se eligen con discreción y cuidado, es posible asegurarse una vida amable y buena. Er, a quien solo le era permitido observar, se encontró con todo tipo de almas, incluyendo unas muy conocidas e ilustres, que hacían su elección según aquello a lo que estaban habituados en la vida anterior. Así, Agamenón, odiando el linaje humano, se convirtió en águila; Ulises, recordando todas las fatigas pasadas, escogió muy alegre ser un hombre común y desocupado, una existencia que muchos otros habían despreciado cuando les tocó escoger.

Tras la selección del modelo de vida, Láquesis le otorga a cada alma un guardián o un demonio según el hado escogido, y Cloto, con su huso, ratifica el destino que el alma ha escogido haciéndolo irreversible. Las almas caminan después hasta la planicie del Olvido a orillas del río de la Desatención, cuyas aguas limpian la memoria antes de regresar a la tierra. Aunque es obligación beber de esas aguas, las almas deben tener cuidado de no excederse para no olvidar la enseñanza más importante después de la muerte: aquella que les indica alejarse de las actitudes tiránicas o indignas, actuar con rectitud en la nueva vida que les es otorgada y preferir no tanto la nobleza o el poder, sino la justicia y la sabiduría para alcanzar la dicha. A Er, explica Sócrates, tampoco le fue autorizado beber el agua del río, por esto, cuando regresó a la vida, pudo narrar cómo es la existencia después de la muerte.

Platón le da un giro al mito de las Parcas, y supone a la sabiduría como el valor más grande del hombre; solo la sabiduría lo aleja de la corrupción del mundo; solo la elección correcta y meditada, durante y después de la vida, asegura un feliz destino. Contrario a las creencias populares que aseguraban que el hado era impuesto, el mito referido por Platón está en concordancia con la tesis de la libertad de la virtud socrática, la cual proclama la responsabilidad individual; cada quien forja su destino, es el individuo —y no los dioses ni las temidas Moiras— quien decide vivir una vida virtuosa o no, quien prefiere la justicia y la sabiduría, “para que seamos amigos entre nosotros y con los dioses, mientras permanezcamos aquí y cuando nos llevemos los premios de la justicia, tal como los recogen los vencedores. Y, tanto aquí como en el viaje de mil años que hemos descrito, seremos dichosos” (Platón, 477).

Bibliografía

Ánite. Epigramas en Antología Palatina. Madrid: Gredos, 1978.

Eliade, Mircea. Historia de las creencias y las ideas religiosas. De la Edad de Piedra a los Misterios de Eleusis. Barcelona: Paidós, 1999.

Platón. Diálogos IV. República. Madrid: Gredos, 1988.

Imagen: “Átropos o Las Parcas ” de Francisco de Goya y Lucientes.


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