Apuntes insuficientes sobre la belleza en el arte verbal

QuijoteLa pregunta, siempre abierta, por el sentido del arte ha generado ‒genera y generará‒ numerosas respuestas. Cada momento histórico ofrece la que puede, en función de su propio horizonte simbólico ‒época y cultura‒. Sin embargo, en cierto modo, todas esas respuestas se abrevian generalmente en dos, cuya mezcla engendra una tercera: instruir y deleitar. Horacio lo expresa de la siguiente manera:

O instruir o agradar quiere el poeta,

o el deleite mezclar en la enseñanza (349).

Estas tareas atribuidas al arte ‒aquí representado por la poesía‒ se corresponden con dos de las grandes utopías humanas que, a su vez, han trazado sendas líneas artísticas serias: la verdad o la sabiduría (el didactismo) y la belleza (el patetismo). Otra gran utopía es la fraternidad o el amor entre los hombres, pero ésa lleva a la literatura por el camino de la risa artística (sátira, parodia, humorismo, grotesco). Este camino de la risa no debe, por ningún motivo, confundirse con el del entretenimiento o el ocio.

Como se observa ya en Horacio, lo más deseable según el pensamiento sobre las artes es la fusión de ambas tareas, para entonces deleitar instruyendo o instruir deleitando. Pero es una labor difícil de lograr. En ocasiones el poeta se veía obligado a privilegiar una, en detrimento de la otra. Y en esta contienda la belleza muchas veces resulta triunfadora ‒claro que las grandes obras literarias, como las de Cervantes, Shakespeare o Dostoievski, y algunas más contemporáneas, han perfeccionado la fusión de las líneas estéticas serias con las de la risa‒. Javier de Burgos, traductor y comentarista de Horacio, explicaba a inicios del siglo XIX la razón de ese triunfo: “Horacio distingue en la poesía el deleite sin utilidad y la utilidad sin deleite; pero si éste puede pasar sin aquélla, no así al contrario, pues hasta el poema didáctico tiene necesidad de agradar para instruir con más atractivo” (451). A la literatura le es menester, pues, agradar al lector o escucha.

Ahora cabe avanzar otra pregunta: ¿qué significa agradar en el ámbito del arte verbal? ¿Cómo agrada (o desagrada) la literatura? Una vez más, las respuestas varían en función de los horizontes simbólicos, y de la interacción de cada uno de éstos con los sedimentos conceptuales acumulados a lo largo de los años (ideas sobre el arte, estéticas, géneros, expectativas). Cada época ha entendido de diferente forma en qué consisten el deleite, el gusto, la gracia, el goce, el placer, etc., que brinda la literatura. Tal vez podríamos concordar en que el nombre más usado por la crítica y la teoría literarias para referirse a ese deleite es el de placer estético.

Desde mediados del siglo XVIII, luego de Alexander Gottlieb Baumgarten, ese placer se ubica en los sentidos. Según este filósofo, considerado “padre de la Estética”, ésta es la ciencia del conocimiento sensible, cuyo objeto es la belleza. A partir de 1750 y la publicación de la Aesthetica de Baumgarten, la aisthésis griega se traduce como “sensación”. El problema con esto es qué hacemos, qué podemos hacer con una belleza que se dirige a los sentidos, y no al intelecto. El placer estético se reduce a una cuestión individual, a una experiencia privada: íntima, en el mejor de los casos; solitaria, en el peor. Por ello quizá convenga ‒y hasta urja‒ recuperar el sentido amplio de la ασθησις griega: percepción. La percepción implica, a la par, a los sentidos y al entendimiento (la razón vital), mediados y articulados por el lenguaje. Afirmar esto equivale a afirmar que la reflexión sobre la belleza en el arte verbal no es, no puede ser, una reflexión anclada en el escepticismo y en el individualismo (el subjetivismo), preocupada por lo meramente sensorial, lo personal, lo individual, ni debe limitarse a explorar la experiencia irrepetible del lector. La belleza, al igual que el tiempo y el espacio, tiene formas; y sus formas son de carácter histórico porque, como nosotros, están insertas en el devenir espaciotemporal. Pensar la belleza como forma artística nos exige reparar en su dimensión estética, en la idea de mundo y de Hombre que las obras literarias proponen. Únicamente así, como sugiere Dostoievski en El idiota, la belleza podría salvar al mundo. Aunque cabe añadir que no lo salvará ella sola.

Bibliografía

  • Horacio. Las poesías de Horacio, traducidas en versos castellanos con notas y observaciones críticas por don Javier de Burgos, t. 4. Madrid: Imprenta de D. León Amarita, 1823.

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