Europa según América, una revisión pendiente

Los momentos históricos de transición constituyen fronteras especialmente lúcidas, pues cuando dos épocas se confrontan terminan por iluminarse la una a la otra (Beltrán 122). Esto es posible gracias a las preguntas o cuestionamientos que se formulan entre sí, y a las respuestas que dan a tales preguntas. El diálogo entablado les permite a ambas descubrir posibilidades de sentido y aspectos de sí mismas imposibles de descubrir sin la intervención de otro, de un . En gran medida, la lucidez de tales fronteras deriva de tomar conciencia del otro, de su semejanza y su diferencia respecto del yo.

La llegada de Cristóbal Colón a América fue un acontecimiento sin precedente en la historia de la humanidad, no porque con su desembarco hubiera regalado “al viejo mundo uno nuevo” (III), como alguna vez lo sugirió Carl von Scherzer, sino porque obligó a las llamadas “cuatro partes del mundo” ‒África, América, Asia y Europa‒ a pensar en los otros y, por ende, a pensarse a sí mismas. A raíz de ello hubo reacomodos fundamentales en el plano de las ideas. Enrique Dussel anota: “Al descubrir una `Cuarta parte´ (desde la `cuarta península´ asiática) se produce una auto-interpretación diferente de la misma Europa. La Europa provinciana y renacentista, mediterránea, se transforma en la Europa `centro´ del mundo: en la Europa `moderna´” (41), y el resto del mundo se convierte en su periferia. Son los inicios del eurocentrismo. En La invención de América, Edmundo O´Gorman ya expuso la impropiedad de continuar llamando “descubrimiento” a la invasión hispana de finales del siglo XV.

Los siglos XVI a XVIII estuvieron signados por las fuertes discusiones, a ambos lados del Atlántico, sobre el estatuto del otro. Entre las preguntas fundamentales surgidas a raíz de 1492 destacan las relativas al origen, la situación y la calidad de los otros, y también a su semejanza y divergencia respecto de quien pregunta, del yo o el nosotros: ¿De dónde salieron? ¿En qué se nos parecen? ¿Qué nos distingue de ellos? ¿Son amigos o enemigos nuestros? ¿Son superiores, iguales o inferiores a nosotros? Las respuestas formuladas desde Europa y desde América fueron, claro, numerosas y diversas.

Como sabemos, la voz de Europa se impuso durante años a la de América, al menos en lo que respecto a los testimonios impresos. Por ser un tema demasiado trabajado, no me detendré en los detalles. A las preguntas sobre los americanos, Europa se contestó desde varios frentes: política, religión, filosofía, retórica, derecho, etc. En respuesta “a las cuestiones entonces planteadas en Nueva España” (Fernández Rodríguez 254), el papa Paulo III dio a luz en 1537 varios documentos condenando la esclavitud de los indígenas y reconociendo en éstos a verdaderos hombres, hijos de Adán y Eva, capaces de fe cristiana. Pero el asunto no se resolvió ahí. Recuérdese la famosa controversia suscitada en España entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda, hacia 1550-1551, en torno a la legitimidad o ilegitimidad del dominio de los europeos en las tierras “descubiertas”. Las polémicas del siglo XVI se extendieron y avivaron en el XVIII, con el “buen salvaje” de Jean-Jacques Rousseau y, en sentido contrario, con las hipótesis sobre la degradación e inferioridad de los seres de América por efectos del clima, desarrolladas por el conde de Buffon, el abate Raynal, Cornelius de Pauw y William Robertson. No obstante la muda en sus resoluciones a lo largo de los siglos, los europeos se mantuvieron firmes en su intención de documentar y explicar el fenómeno americano. Prueba de ello son las innúmeras obras escritas por frailes, cronistas, soldados, navegantes, botánicos, etc. El proceso de asimilación de América a nivel geográfico, humano e histórico en el imaginario europeo arrancó en 1492 —si no antes, en forma de “presagio”, como lo propuso Alfonso Reyes en Última Tule—, y lo transformó radicalmente.

En cuanto a la asimilación artística de América, tenemos un medidor importante en la iconografía. Aunque la representación del arribo al Nuevo Mundo mereció un grabado muy temprano, en 1493, para una edición de la primera carta de Colón, América no figuró entre las representaciones alegóricas de las naciones hasta el último tercio del siglo XVI. En el Theatrum Orbis Terrarum, publicado en 1570, Abraham Ortelius la personifica como una india desnuda sentada junto a un arco con flechas, sosteniendo en la mano derecha una macana, y en la izquierda, una cabeza humana cercenada.

Theatrum Orbis Terrarum
Frontispicio de Theatrum Orbis Terrarum

 

La alegoría de las cuatro partes del mundo proliferó gracias a la imprenta. La Iconología (1593) de Cesare Ripa fijó dicha alegoría y la representación de América como una mujer salvaje.

 

Ripa, Nova Iconologia (1618)
Ripa, Nova Iconologia (1618)

Poco después, en 1662, en el frontispicio de la Geographia Blaviana de Joan Blaeu aparecía otra vez la alegoría de una América salvaje.

Blaeu, Geographia
Blaeu, Geographia

Nuestro continente quedó, desde entonces hasta el siglo XX, asociado con la barbarie. Pero, ¿qué hay sobre la asimilación de Europa en el imaginario americano? ¿Cómo se representó a España en la iconografía de América? ¿Qué testimonios escritos tenemos de la imagen que los americanos se formaron de los europeos y su mundo? Por increíble que parezca, el tema apenas se ha investigado. Existen algunos trabajos sobre países específicos, por ejemplo España y Francia, que tocan el tema sólo de manera tangencial o se centran en la dimensión ideológica. Es como si Europa hubiera estado desde siempre en el imaginario americano, a tal grado que ya no valiera la pena siquiera preguntarse sobre ella.

En el campo literario, son relativamente pocas las obras que nos entregan esa imagen del otro, del europeo. Y, es curioso, muchas de ellas son sátiras ‒por ejemplo, las de fray Servando Teresa de Mier y Teodoro Guerrero y Pallarés‒. Me parece que sería provechoso recuperar este asunto, el de la imagen de Europa según América. Después de todo, invirtiendo los términos de la propuesta de Reyes, ¿no fueron los europeos también un “presagio” en el imaginario indígena, bajo la forma del regreso de quien prometió volver?

 

Bibliografía

 

Beltrán Almería, Luis. Estética y literatura. España: Marenostrum, 2004.

Dussel, Enrique. El encubrimiento del otro: hacia el origen del mito de la modernidad. Quito: Abya Yala, 1994.

Fernández Rodríguez, Pedro. Los dominicos en el contexto de la primera evangelización de México, 1526-1550. España: San Esteban, 1994.

Florescano, Enrique. Imágenes de la patria. 1ª reimp. México: Taurus, 2006.

Ripa, Cesare. Noua iconologia di Cesare Ripa perugino, caualier de SS. Mauritio & Lazzaro. In Padova : Per Pietro Paolo Tozzi, nella stampa del Pasquati, 1618.

Scherzer, Carl von. “Introducción”. Las historias del origen de los indios de esta provincia de Guatemala. Por Francisco Ximénez. Carl von Scherzer, ed. Viena: Casa de Carlos Gerold e hijo, 1857.


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