El deseo de imaginar: patakis de la religión Yoruba

ImageEn Mito y literatura, Günter Grass habla sobre el papel de mitos y fábulas, no tanto como ese ámbito ajeno y desligado del acontecer humano, sino como parte inherente del mismo, pues ellos representan, sintetizan y significan la parte de intuitiva a imaginativa de nuestra naturaleza. Dice Grass: “El deseo humano, no sólo infantil, de volar, quedarse pequeño, ser invisible e incluso hacer el bien o el mal a distancia con sólo desearlo o expresarlo, como quien rompe un vaso cantando, y, en buena parte, el ansia de suprimir el tiempo y materializarse en cualquier instante del supuesto pasado o el supuesto futuro: todos esos anhelos, en apariencia tan extravagantes no son, sin embargo, irreales, no están fuera de la realidad, sino que influyen en nuestra existencia por medio de sueños nocturnos o diurnos, y también en el lenguaje cotidiano, muchas veces sin que seamos conscientes de ello”.
Y efectivamente, el mundo de los mitos ha estado ahí, desde que hombre es hombre y experimenta su entorno a través de los sentidos, desde que se fascina y sorprende por sus hallazgos y enfrenta sus limitaciones. Los mitos creacionales, las teogonías, las genealogías de los dioses, dan cuenta de un pensamiento religioso, en estrecho vínculo con lo espiritual, pero también de una conciencia que expresa su voluntad de complementar su diario vivir con un diario imaginar.
La religión Yoruba es quizá una de las más ricas y extraordinarias en sus mitos fundacionales y en los patakis o narraciones que dan cuenta de las vidas de sus orishas. Aunque estrechamente ligada al catolicismo, las historias que hablan de los orígenes del universo, los dioses y los seres humanos según la religión Yoruba se caracterizan por una fuerte presencia de la magia, el sentido del humor, el respeto por la naturaleza y lo divino, entrañable a la mayoría de las religiones en su faceta primordial.
Hasta hace algunas décadas, la transmisión de la sabiduría Yoruba era oral, vinculada al ámbito de lo familiar y a los círculos dentro de las comunidades creyentes; además de que el desconocimiento de la misma por otros sectores de la sociedad la llenó de estigmas y significados negativos. Tal vez por esto, aunque cada vez son más las publicaciones y estudios serios, meticulosos, dedicados a la religión Yoruba, existen muchas variaciones de un pataki a otro. Lo importante es que, en esencia, la cosmogonía y los atributos de los orishas se conservan.
Uno de los principios más elementales para comprender la religión Yoruba es el ashé: “En el principio sólo existía Oloddumare, pura energía indefinida, un ser sin comienzo ni fin […]. Lo que Oloddumare es, puede ser entendido mejor por el concepto de asé o ashé, esto es, poder divino. Ashé es la sustancia del universo, el átomo primordial, la respiración de la vida. También es inteligencia, movimiento, creatividad, el impulso del ser. En pocas palabras, ashé es Oloddumare” (González-Wippler 3). En otros términos, el ashé también se relaciona con el principio elemental de energía como fuerza creadora, transformada y transformadora de todo lo que hay en el universo, por lo cual, no es una idea privativa de los yorubas, sino otra forma de dar nombre a aquello que propicia los ciclos y las metamorfosis en la naturaleza.
Si esta energía vital es Olodumare, entonces de él van a surgir todas las cosas y, a semejanza de la unidad católica de Padre, Hijo y Espíritu Santo, en él también estará implícita una trinidad, conformada por Olorún, Olofi y Olodumare mismo (Obón 115). Pilar Obón ofrece una descripción sin par de esta deidad:
“Olodumare es la perfección y el fundamento de la Regla de Osha-Ifá. Es inalcanzable y, al mismo tiempo, está en todo lo que existe. No tiene templo, ni lo necesita. Tampoco tiene patakíes, ni historias, porque él es todas las historias. No es posible representarlo, porque es la inmensidad desprovista de cuerpo que, sin embargo, ocupa todo el espacio que fue su creación. No posee emblema, ni atributos, ni imágenes, ni elekes, porque se configura y toma forma en la imaginación de cada persona y en el sentir de la idea que cada quien tiene de Dios.
No es posible ver a Olodumare, pero se le siente en todas partes. Y por esta omnipresencia, y para demostrarle respecto, al mencionar su nombre los santeros se inclinan a tocar el piso y besan después la huella que el polvo ha dejado en sus dedos” (115).
Según la cosmogonía Yoruba, Olodumare creó a un ser, también de barro, semejante a él y, además, inmortal. Este primer ser, llamado Omo Oba pronto se ensoberbeció, al grado de pretenderse igual a Olodumare. Éste lo mandó destruir, ordenando a Nzalam (el rayo) que acabara con él y con la vida que le rodeaba. Uno tras otro fueron cayendo los rayos destruyéndolo todo, salvo a Omo Oba que había sido creado inmortal. El resultado fue una zona yerta y que Omo Oba se escondiera en las profundidades de ese sitio yerto donde se supone aún habita, rodeado de azufre y fuego, y desde donde “viaja periódicamente a la superficie de la tierra para incitar a los humanos a romper las leyes de Oloddumare” (González-Wippler 4). Este primer fracaso fue pronto compensado por las tres deidades que conforman al ser supremo, pues volvieron a dotar de vida el espacio destruido y crearon un nuevo ser llamado Obatalá, con las mismas cualidades que Omo Oba, pero sin el don de la inmortalidad.
Una vez creado Obatalá da inicio el surgimiento de los orishas que se suponen nacidos de unas piedras reunidas por Olofi (uno de los aspectos de Olodumare, encargado directo de los asuntos de la humanidad), llamadas otá, y que recibieron el ashé directamente del dios con lo cual cobraron vida. Los orishas son muchos y sus caracterizaciones varían de acuerdo con cada región. Entre los más populares en Cuba, por ejemplo, se encuentran: Orumnila, poseedor de poderes de adivinación y de los secretos de la regla de Ifá; Elegguá, guardián de los viajeros, los caminos y el azar; Oggún, señor de la guerra y el hierro; Oshosi, de la cacería; Obatalá, de la creación; Yemayá, diosa del mar; Shangó, representante de la virilidad, el rayo, el trueno, los tambores, la música, la justicia; Oshún, diosa del amor y el matrimonio, la sensualidad, la maternidad y los ríos (Obón 119-120), entre muchos otros.
Es Obatalá quien crea el sitio en el que habrían de vivir los seres humanos. Para tal efecto, le es solicitado reunir unos cuantos elementos algo peculiares: una cadena de oro, la concha de un caracol llena de arena, un gato negro, una gallina blanca y una semilla de palma. La idea de Obatalá era crear vida en el reino de Olokún: las aguas inmensas posadas debajo de los cielos y que, en un principio, no guardaban vida alguna. Con la cadena de oro es pues que Obatalá desciende al reino de Olokún; suspendido así en la oscuridad, se da cuenta de que la cadena es demasiado corta como para llegar a las aguas y sabe que si se suelta, lo más probable es que se ahogue. Entonces escucha desde los cielos la voz del orisha Orunla (otro nombre para Orunmila), quien le aconseja soltar la arena contenida en la concha de caracol; una vez hecho esto, le dice que suelte a la gallina, la cual se dedica a apisonar la arena ya vertida sobre las aguas, transformándola en una plataforma sólida a la que ya podía descender Obatalá. Esta nueva superficie recibió el nombre de Ile-Ife y se consideró tierra sagrada, ahí sembró Obatalá la semilla de palma y habitó aquella tierra en compañía del gato negro (González-Wippler 5-6).
La creación de Obatalá no concluye ahí, sino que, buscando poblar la ciudad recién fundada se propone crear a los humanos. En un principio quiso formarlos con las mismas piedras preciosas que se supone constituyen a los orishas, pero lo único que halló fue arcilla dura. Con este material empezó a formar figuras humanas que, una vez concluidas, ponía a secar al sol. Este trabajo le produce mucha sed, así que Obatalá se pone a beber vino de palma, como es éste un líquido dulce, le da aún más sed y sigue bebiendo. Su paulatina embriaguez le lleva a crear figuras humanas deformes e incompletas que, al igual que las demás, saca al sol. Confiando plenamente en las capacidades de Obatalá, Olofi insufla de ashé a todas las figuras por igual, las cuales se transforman de inmediato en seres humanos, “vivos, llenos de emociones y sentimientos” (González-Wippler 9), aunque algunos de ellos deformes y lisiados. De este pataki se deriva que Obatalá es el guardián de las personas que nacen con alguna deformidad y que es él quien crea a cada individuo en el vientre materno.
A pesar de que aquí sólo he referido algunas de las versiones de los patakis vinculados con la creación de la tierra, los orishas y los hombres, advertimos ya muchas semejanzas con otros mitos cosmogónicos que guardan esa voluntad humana de imaginación, ese carácter eminentemente humano, tan inteligente como soberbio, tan creativo como obstinado. No es gratuito que Agún Efundé, en Los secretos de la Santería Cubana, describa la religión Yoruba en los siguientes términos: “Nuestra religión, es el reflejo de nuestro modo de ser, de nuestro carácter. Es como nosotros somos, los de la piel oscura o la piel canela: apasionados, violentos, generosos, abnegados, caprichosos, burlones como los niños y sobre todo, con una inmensa alegría de vivir, que no nos quitaron ni siquiera las cadenas con que trajeron del África a nuestros antepasados” (9).

Bibliografía
Canizares, Raúl. Santería Cubana. México: Lasser Press, 2001.
Efundé, Egún. Los secretos de la santería. Miami: Cubamérica, 1983.
González-Wippler, Migene. Leyendas de la santería. Pataki. Trad. Héctor Ramírez y Edgar Rojas. Minnesota: Llewellyn Español, 2007.
Grass, Günter. Mito y literatura. Versión online: http://www.vitral.org/vitral/deliras/8/pags.htm
Obón, Pilar. El mágico universo de la santería. La Regla de Osha-Ifá. México: Ediciones B, 2009.

 

Imagen: “Ochún” (1978) de Leonel Morales Pérez.


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