Si las mujeres hubiesen escrito los libros: la Papisa Juana y otras mujeres de la Edad Media

pisanLa historia sucede en la corte del Rey Arturo, en un tiempo distante en el que —según avisa el autor de este cuento, Geoffrey Chaucer— el reino de este monarca era habitado por hadas, elfos y otros seres sobrenaturales. Un caballero joven abusó de una doncella solitaria. Aunque el rey Arturo lo condenó a morir decapitado, al joven le perdonaron la vida cuando la reina y otras damas intercedieron por él. La condición, para “salvar su cerviz del acero del hacha”, era explicarle a la reina cuál es el mayor deseo de toda mujer, una cuestión tan compleja que al delincuente le fue permitido ausentarse durante un año para encontrar la solución.

Pasado el tiempo, abatido por no encontrar la respuesta que salvaría su vida, el joven decidió volver al reino. Antes de llegar a su destino, el caballero se encontró con una anciana que decía tener la respuesta del enigma, la cual estaba dispuesta a comunicarle si éste aceptaba acatar una orden. El joven accede y la anciana le comunica la respuesta que le salva la vida: “Mi soberana y señora —le explicó después el hombre a la reina— en general las mujeres desean ejercer autoridad tanto sobre sus esposas como sobre sus amantes y tener poder sobre ellos”. Como ninguna matrona, doncella o viuda, ni la reina misma contradijeron esta afirmación, el caballero preservó su vida. La anciana entonces anunció su petición: quería que la desposara el gallardo joven, quien, entre gimoteos, resignación y asombro, aceptó la orden de su salvadora.

El caballero lamentó su nueva condición, acusó a su mujer de ser vieja, fea y de baja estirpe. En vez de ofenderse, su amante esposa le explicó las razones por las cuales su congoja era incorrecta: la nobleza —le dijo— no viene de antiguas posesiones heredadas, sino de aquel que es virtuoso, tanto en público como en privado; no es noble el duque o el conde, si no realiza actos nobles o sigue el ejemplo de sus antepasados difuntos; no importa la humilde cuna si se vive de manera virtuosa; la pobreza es honorable cuando se acepta animosamente; la envidia es lo que hace al hombre pobre. Tras citar con soltura a autoridades como Dante, Séneca, Boecio y Juvenal, la anciana invitó a elegir a su esposo entre una mujer vieja y fea, pero fiel y obediente, o una joven y hermosa, deseable a todos los demás hombres, asegurándole que lo que él prefiriera se haría realidad.

Conmovido por la sabiduría de su esposa, el caballero le expresa que era ella quien debía elegir lo que fuera más agradable y honroso para los dos, debía —como le había explicado el propio joven a la reina— escoger y gobernar a su antojo la vida de su marido. Al día siguiente, la anciana se había transformado en una joven encantadora.

Aunque durante la Edad Media, según los doctos varones, los teólogos, los legisladores de la Iglesia y el Estado, los autores de tratados didácticos y los clérigos, la mujer era portadora de hedor y putrefacción, y desde el púlpito, los curas señalaban al género femenino como un transmisor de enfermedades y un mal remedo de Adán por haber sido creado a partir de una costilla (Lemarchand, 52-53), había ciertas expresiones que no colocaban en un lugar tan desfavorable a la mujer.

Sin dejar de temerles, sin alejarse del todo de las afirmaciones de los doctores de la Iglesia, también está presente en el Medievo la imagen de la mujer intelectual. En el cuento de Chaucer, por ejemplo, no puede ignorarse que el criminal no recibe ningún castigo por su violación, y que son las propias mujeres de la corte las que interceden por él. Sin embargo, resalta la posición en la que el autor coloca a la mujer: no sólo sus decisiones son acertadas, la coprotagonista del relato también es virtuosa, honorable y sabia.

Contrario a lo que se cree, la mujer medieval no siempre quedó al margen de la cultura: durante el siglo XIII, practicaban medicina y cirugía; en Italia, a partir del siglo X, existió una escuela libre de medicina a la que acudían mujeres; algunas se instruían en latín, griego, cálculo y música. Fue a finales de la Edad Media que una mujer escritora, Cristina de Pizán, pudo vivir de su trabajo y se atrevió a afirmar que “Si las mujeres hubiesen escrito los libros,/estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma,/ porque ellas saben que se las acusa en falso”.

Joannes_septimusHay una historia que muestra el temor de la intrusión de la mujer en el seno de la Iglesia y que, a la vez, elogia las capacidades intelectuales femeninas: la leyenda de la Papisa Juana, figura asidua en las recopilaciones de Exempla o cuentos con finalidad moralizante. Una de las versiones más conocidas fue escrita por el dominico Martín el Polaco, capellán y confesor pontificio, en su Crónica de los papas y emperadores. Según este relato, Juana era una mujer inglesa que se disfrazó de hombre para seguir a su amante, dedicado a los estudios. Sus habilidades intelectuales y su conducta intachable dentro del mundo viril, le granjearon reputación a Juana, “no había nadie que la igualara; así es como después enseñó el trivium (Las artes literarias) en Roma y tuvo como discípulos y oyentes a los latos magistrados”, explica el Polaco. Juana estudió en Atenas, viajó a Roma, entró a la Curia y fue elegida como jerarca máxima de la Iglesia, reinado que llegó a su fin dos años después tras desatarse un escándalo: en una procesión, Juana, que jamás renunció a los placeres sensuales, dio luz públicamente a un niño ante el asombro de todos los asistentes. Tras el parto, la papisa murió en la calle, “en el mismo lugar donde fue enterrada”. Según la leyenda, tras el reinado de Juana, todos los nuevos papas debían sentarse en un sitial agujereado para demostrar que eran hombres: el ritual consistía en un tocamiento que verificaba que el pontífice tenía órganos viriles.

El arrojo de Juana, aunque fuera una leyenda, escandalizó a las conciencias masculinas, no en vano Santiago de la Vorágine afirmó que “Esta mujer empezó con presunción, prosiguió con falsedad y estupidez y acabó vergonzosamente”. La leyenda de la Papisa Juana muestra esa doble faz con la que era tratada la mujer en la Edad Media: entre el temor a lo desconocido, la reprobación de la naturaleza femenina, y la exaltación de su inteligencia. La mujer era considerada capaz de vencer hasta los más doctos para sorpresa de los detractores que acusaban de todos los males de la humanidad a la mujer, como bien explicó Cristina de Pizán: “el necio ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo (…) Ahora te demostraré lo inconsecuentes que son los hombres y en qué contradicción caen cuando acusan a las mujeres de ser volubles e inconstantes”.

 

Bibliografía

Chaucer, Geoffrey. “El cuento de la comadre de Bath” en Cuentos de Canterbury. Consultado en: http://albalearning.com/audiolibros/chaucer/bath.html

Duby, Georges y Michelle Perrot. Historia de las mujeres. La edad media. La mujer en la familia y en la sociedad. México: Taurus, 1992.

Goff, Jacques Le. Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media. España: Paidós, 2010.

Lemarchand, Marie-José. “Introducción” en La ciudad de las Damas. España: Siruela, 2000.

Power, Eileen. Mujeres medievales. Madrid: Ediciones Encuentro, 1999.

Rucquoi, Adeline. “La mujer medieval” en Cuadernos Historia 16, número 12. Madrid: Información e Historia, S.L., 1995.


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