La Ciudad de las Damas

Image“A todas vosotras, mujeres de alta, media y baja condición, que nunca os falte conciencia y lucidez para poder defender vuestro honor contra vuestros enemigos. Veréis cómo los hombres os acusan de los peores defectos, ¡quitadles las máscaras, que nuestras brillantes cualidades demuestren la falsedad de sus ataques!” (Pizán, 274). La autora de las líneas anteriores es Cristina de Pizán (1346-1430), escritora de quien hablé brevemente en mi colaboración anterior.

Viuda a los veinticinco años con tres hijos, Cristina de Pizán enfrentó infortunios económicos y pleitos legales para defender los bienes que le fueron arrebatados tras la muerte de su esposo. Esta experiencia, más que sumirla en la indefensión, la llevó a dedicarse a la creación tanto de baladas que lloran la ausencia de su esposo, como de obras reflexivas que abarcan “temas de dimensión tan universal como la condición femenina, la historia de las mujeres o el poder político” (Lemarchand, 17).

Encerrada en su estudio, defendida por una muralla de libros, Cristina escribió La Ciudad de las Damas, un baluarte para la defensa del sexo femenino “contra sus acusadores, libres hasta entonces de expresar sus prejuicios misóginos” (Lemarchand, 23). Construido con las virtudes de las mujeres más respetables de la historia, las cuales son, en lenguaje alegórico, los edificios, los techos altos y las doradas cúpulas de esa urbe imaginaria.

En la introducción del libro, Marie-José Lemarchand señala el procedimiento que Cristina de Pizán siguió en la construcción de La ciudad de las damas: el procedimiento de compilatio, el cual consiste en crear un texto nuevo a partir de textos anteriores, ejercicio que no debe considerarse como un simple ejercicio de erudición, apunta Lemarchand, pues representa apropiarse del discurso de los autores, escrito desde una perspectiva masculina, y reorientarlo hacia la visión femenina. Por ejemplo, una de las fuentes principales de esta obra de Pizán es De claris mulieribus de Giovanni Bocaccio, colección de biografías de mujeres de la historia y la mitología que, presentada en orden cronológico, hace un recuento de las razones por las que ganaron fama estos personajes femeninos, a pesar, explica el autor, de ser mujeres y de haberse dejado arrastrar por los “defectos propios de su sexo”. Por lo anterior, Bocaccio se demora en la descripción de la lascivia femenina y termina los capítulos con una moraleja en tono predicante (32).

La Ciudad de las Damas —obra dividida en tres libros—inicia cuando Cristina, sentada en su cuarto de estudio, rodeada de los libros más dispares, se entrega a la lectura del Libro de Las Lamentaciones de Mateolo, un opúsculo que “tenía fama de discurrir sobre el respeto hacia las mujeres” (63). La lectura dejó a Cristina sumida en el desconcierto. La autora se preguntaba “¿cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados?” (Pizán, 64), “filósofos, poetas, moralistas, todos (…) parecen hablar con la misma voz para llegar la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio” (64).

Tras hundirse en esos pensamientos, tres Damas coronadas se presentan ante Cristina, Razón, Derechura  —metáfora que sirve para presentar al texto como una construcción arquitectónica que tiene que erigirse rectamente y con buenos cimientos— y Justicia, para que la escritora edifique y levante la Ciudad de las Damas. Razón le explica a Cristina que ella y sus hermanas la proveerán de materiales duros y resistentes, murallas anchas y hermosas torres, poderosos baluartes con sus fosos. Además, la invita a darle vuelta a los escritos que desprecian a las mujeres, pues “las mujeres no pueden dejarse alcanzar por una difamación tan tajante” (67).

Guiada hasta “el Campo de las Letras”, Cristina cavó el foso, según le indicó Razón, interrogando a sus visitantes “con la azada de la inteligencia”. En el diálogo que se desarrolla a continuación, Cristina va cuestionando a Razón sobre la pertinencia de las aseveraciones que atacan a las mujeres; le pregunta cómo es posible que Ovidio haya hablado tan mal de las mujeres; cuestiona si las mujeres son por naturaleza glotonas y comilonas, o por qué las mujeres no ejercen ante los Tribunales. A propósito de este último debate, Razón y Cristina revisan la historia de las grandes gobernantes y guerreras de la historia como las amazonas; analizan las figuras de las diosas y los personajes mitológicos femeninos como Minerva, Circe —quien enseñó al género humano sobre el cultivo de la tierra— o Aracné —que inventó el arte de teñir la lana y la fabricación de tapices—; estudian la vida de las mujeres dedicadas a las ciencia y las artes como Medea —que conocía las propiedades de las hierbas y todas las medicinas, y quien no es presentada en la versión de Pizán como la asesina de sus hijos.

En el segundo libro que conforma La Ciudad de las Damas, Derechura construye los edificios que encierran las murallas levantadas por Razón, y le presta a Cristina las piedras preciosas que erigirán su obra, es decir, le cuenta la vida de las sibilas, las profetisas, las mujeres que amaron y salvaron a sus progenitores, las esposas fieles como Jantipa, la cónyuge de Sócrates, que en otras versiones es presentada como una mujer odiosa. Cristina, en cambio, reivindica a la pobre Jantipa, tan vilipendiada en otros textos: “Llegó cuando Sócrates llevaba la copa a sus labios. Se abalanzó sobre él para arrancársela y derramar por el suelo el brebaje. Sócrates le hizo reproches y luego la consoló y le dio ánimos: Como ella no podía impedir su muerte, se lamentó exclamando: —¡Qué error e irreparable pérdida! ¡Cómo mandar a una injusta muerte a un hombre tan justo!” (181). Judith, Esther, Penélope, Ruth, Sarah también forman parte de los edificios de la ciudad de Pizán.

En el último libro de La Ciudad de las Damas, Justicia llega a morar la urbe y trae consigo a la Virgen María, quien residirá en el más elevado palacio, edificado por Derechura. Vale la pena recalcar que Cristina enaltece la fe cristiana a lo largo de esta obra. Asimismo no se emancipa del matrimonio, por el contrario, invita a que las mujeres no sientan indignación por estar sometidas a sus maridos, “porque el interés propio no siempre reside en ser libre” (237), aunque tampoco ataca a las mujeres que deciden dedicar su vida a los estudios o prefieren llevar una existencia célibe, por el contrario, las elogia.

Otro punto importante de este libro es que se refuta a los hombres “cuando pretenden que a las mujeres les gusta que las violen”. Cristina pone de ejemplo a Lucrecia, ultrajada por Tarquinio, el soberbio. Esta cuestión es relevante porque para la época, en diversos textos literarios, las violaciones eran tratadas con bastante naturalidad y dejaban sin castigo a los atacantes, como mencioné en mi entrada anterior a propósito de un cuento de Chaucer.

Al final de su obra, Cristina de Pizán invita a las mujeres que aman el bien y la sabiduría, a las que han muerto, las que viven y las que vendrán en el futuro, a disfrutar de la nueva Ciudad: “un refugio de altas murallas para proteger vuestro honor, una fuerte ciudadela que os albergará hasta el fin de los tiempos” (249), y que está hecha de historias y argumentos que reivindican al género femenino.  En una actitud totalmente humanista, que ensalza los bienes personales —es decir, las virtudes conseguidas por mérito propio, y no los bienes adquiridos por herencia como los títulos nobiliarios—, Pizán dedica su obra a las mujeres de toda clase que quieran desarrollar sus cualidades y les interese habitar su Ciudad de mujeres ilustres.

 

Bibliografia

Pizán, Cristina de. La Ciudad de las Mujeres. Marie-José Lemarchand (Ed., Int. y Trad.). España: Siruela, 2001.


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