Barcos de papel y otras tentaciones

Image Me interesa saber quiénes somos y cómo vivimos.

A veces pienso que somos casas muy grandes, con

muchas habitaciones, y que los libros buenos son los

que tienen que abrirte las puertas, otras ventanas y

otras habitaciones en las que no estamos habituados

a vivir.

António Lobo Antunes

“Ciertas debilidades degradan, otras enaltecen, otras más son tan comunes que ni se notan. El gran desafío del periodismo de tentación consiste en mejorar las debilidades de los lectores”. Para Juan Villoro el periodismo de tentación es precisamente aquel que se concentra en lo cotidiano y sus detalles, es ese que fascina por su forma de plantear las historias de todos los días, que nada tienen de extraordinario salvo el ser contadas con exquisitez. Ahí nace la tentación: en su capacidad de encandilarnos con algo que bien podríamos ignorar (Villoro 10-11).

Uno de los ejemplos más extraordinarios de este tipo de tentaciones lo encuentro en António Lobo Antunes (Lisboa, 1942). Si bien la crítica se ha encargado de identificar su vasta producción cronística (hasta 2013 se habían editado 5 tomos de crónicas) como una suerte de autobiografía del autor, también creo que estos textos breves generan la adicción y la debilidad por leerlas todas y volver a ellas una y otra vez. Como sugiere Villoro respecto al periodismo de tentación, las crónicas de Antunes apelan a un manejo hedonista de la historia más sencilla, pero también permiten escuchar la voz de quien recuerda su infancia, sus amores y frustraciones; de quien se enfrenta a la muerte y al olvido, así, entrañablemente.

Sus historias se articulan como paseos por la vieja Portugal, la mayoría ubicados en Lisboa, donde tienen lugar coincidencias diversas con los amigos, la familia y los recuerdos. A veces son encuentros pactados de antemano, de esos que suceden cada quince días desde hace no se sabe cuánto tiempo; otras veces, es el azar quien ha dispuesto el renacer de una memoria de infancia, el reencuentro con un viejo amor o un viejo amigo. En todas estas coincidencias, la cotidianidad exhibe su lado más deslumbrante, pues se manifiesta a través de la mirada de quien no sabe sino sorprenderse al ir descubriendo en cada detalle de su vida un asunto extraordinario, como cuando éramos niños: “el dr. Corino articuló la palabra Dictadura, que yo pensaba era una marca de implante dental, como aquellas que empleaban mis tía brasileñas y que se les caían al hablar: sus dictaduras debían ser sujetadas a sus encías con una terraja” (quinto 33).

Y así de extraordinaria es también la amistad para Antunes, una amistad que va hermanada inevitablemente con la muerte. A esa posibilidad de coincidir con “personas que nos reconcilian con la noche más oscura del alma” (segundo 247), va aunada la profunda tristeza de mirar cómo, poco a poco, los amigos se van. Y es curioso también advertir que a pesar del lamento por la muerte, hay casi siempre en su forma de narrar, un dejo de esperanza o humor que amortigua la fatalidad:

“Al ver tu foto en el periódico y el pie <<Murió Artur Semedo>>, confieso que me preocupé. Para salir de dudas te pregunté

-¿Te moriste?

y me quedé enseguida más tranquilo al oír tu carcajada breve, sentir tus manos en mis hombros, ver tu bigote que me decía, como de costumbre

-Querido

y me di cuenta de que solo te habías ido antes porque Pilar te estaba esperando” (segundo 206).

Si en el humor y la ternura encuentra una forma de amortiguar el golpe de la muerte, sus reflexiones sobre la vida y su sentido son, por momentos, contundentes: “porque la existencia es el arte de lo inacabado que la muerte interrumpe de repente como una broma de mal gusto, la mayor parte de las veces en el momento en que comenzábamos a habituarnos a la incomodidad de la silla de los días por confundir resignación con sabiduría y desinterés con paciencia” (segundo 130).

Así, en cada episodio de esa vida suya desmenuzada en textos breves, es posible ir deshilvanando los sentidos más profundos en los detalles más nimios. A veces es el simple amor que se pronuncia con un espontáneo cariño: “Si yo le explicase, señora, que le ofrezco esta sonrisa porque no he traído flores, ¿usted lo entendería?” (segundo 198); otras, la dura confesión al describir las cosas tal y como han sido: “Tanto ruido en el interior de este silencio: son las voces de los otros las que hablan en mí, la de las personas que quise, la de las que perdí, gente que aún está presente. Creo que no heredé mucho de mis padres, ni de mis abuelos: algunas cosas más o menos superficiales, pero nada de fondo. Principios sí, claro. Reglas. El resto, casi todo, lo hice siempre en soledad. Estuvo solo en los momentos más difíciles de la vida, en que sufrí en carne viva como un perro” (quarto 189).

En medio de la descripción, la confesión y el recuerdo, se teje la cotidianidad más sencilla de quien se ha dedicado a vivir una vida llena de placeres y sufrimientos, una vida que también ha tenido la vocación de dejarla por escrito. Para Antunes “escribir es hacer llorar sin ofrecer pañuelo”; y más adelante agrega: “me apetece hacer de cada página un barquito de papel y dejarlo navegar por las zanjas con la esperanza de que otra mano las reciba como una especie de India adonde he llegado por azar, junto con el leve eco de un silbido en la oscuridad y un ceño receloso de mi madre” (segundo 106).

Y no hay modo de no encandilarse con estos barquitos de papel, tan tristes como llenos de vida y de nostalgia. Al final, uno quisiera siempre seguir leyendo, porque en el fondo sabe que fuera de ahí la grandeza del detalle sigue sucediendo, las puertas y las ventanas continúan abriéndose para habitar esos otros sitios ajenos y, al mismo tiempo, tan familiares. Y uno mira la página y se lamenta: “Que pena um ponto final ser tão pequenino.” (quinto 23).

 

 

Bibliografía

Lobo Antunes, António. Segundo libro de crónicas. Barcelona: Mondadori, 2004.

__________________. Quarto livro de crónicas. Alfragide: D. Quixote, 2011.

__________________. Quinto livro de crónicas. Alfragide. D. Quixote, 2013.

Villoro, Juan. ¿Hay vida en la tierra? Oaxaca: Almadía, 2012.


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