Una exploración sobre la frontera entre cuento y novela

Cuento tradicionalDebemos a Walter Benjamin uno de los trabajos más lúcidos sobre el problema de la oralidad en la narrativa, especialmente en el cuento, así como sobre la frontera entre éste y la novela. Me refiero a “El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolái Léskov” (1936). Aunque breve, este texto subraya algunos aspectos fundamentales de ambos géneros y ofrece un acercamiento superior a los acercamientos habituales al problema de los límites entre cuento y novela. Por sorprendente que parezca, todavía hoy existen críticos literarios que, para determinar si un texto es cuento o novela, optan por contar páginas, palabras o caracteres. El estudio de los géneros literarios y de los géneros retóricos de la cultura que los alimentan pide una resolución menos vana. A mi juicio, “El narrador” de Benjamin bien puede considerarse dentro de esta segunda línea de esfuerzos críticos, que apuntan a la raíz del problema, no a las capas superficiales. Veamos por qué. No voy a comentar la propuesta general de Benjamin en “El narrador”, que da para mucho, sino sólo lo concerniente a las relaciones conflictivas entre cuento y novela.

Según Benjamin, resulta cada vez más difícil hallar personas capaces de contar algo bien. “Es como si nos hubieran arrancado una facultad que nos parecía inalienable, casi lo más seguro: la facultad concreta de intercambiar experiencias” (41). La propia noción de experiencia se ha devaluado en nuestros días. Hoy estamos ávidos de información, pero no de experiencia. Nuestras sociedades ubican el conocimiento libresco y científico por encima del conocimiento vital y tradicional, adquirido directamente del contacto con el mundo y con otros seres humanos, y transmitido de boca en boca por varias generaciones. En la mayoría de los casos, ese conocimiento se juzga obsoleto, pueril o extravagante. La experiencia oralmente transmitida suele mirarse con desdén. Benjamin sugiere que ese rechazo promueve que, en vez de intercambiar experiencias, ahora intercambiemos información. Hemos sufrido un empobrecimiento significativo. Al devaluarse la experiencia, decaen la cantidad y la calidad de los narradores, cuentacuentos o contadores de historias, tanto los natos como los narradores no natos (viajeros, marineros, ancianos, etc.). En efecto, ¿qué relatos podemos esperar de quien no ha experimentado las diversas caras del mundo? ¿Cuán significativas pueden ser las historias de quien jamás ha comprendido en qué consiste o cómo funciona la vida? En este punto el pensamiento de Benjamin coincide con el de Paul Ricoeur: para elaborar un relato significativo, el narrador debe antes comprender los principios del actuar humano. Ni más ni menos. De lo contrario, estaremos frente a un “poeta artesano”, si nos atenemos a la nomenclatura platónica. El poeta artesano trabaja el lenguaje del mismo modo que el alfarero trabaja el barro, el joyero la plata, el herrero el acero, y el tejedor las fibras textiles. En palabras de Benjamin, “La propia narración, tal como fue cultivada durante mucho tiempo en el contexto del artesanado (del artesanado campesino, el marítimo y, por último, el urbano), representa algo así como una forma artesanal de comunicación” (50). La reelaboración de la experiencia vital es, pues, lo que marca la diferencia entre un relato significativo –artístico, diremos– y un relato común. Pero el problema no se agota allí.

Sabemos de sobra que el fondo y la forma del texto literario son inseparables. Sin embargo, en lo que no siempre reparamos es en la “memoria” de los géneros. Si existen diversos géneros es porque sirven para diversos fines y transmiten diversas experiencias. Decimos poco si declaramos, por ejemplo, que el encomio sirve para honrar a alguien, que el sermón sirve para comunicar un mensaje de índole religiosa, que el idilio sirve para celebrar el amor pasional… Lo mismo ocurre con el cuento y la novela. Decimos poco cuando aseguramos que el cuento sirve para contar una histórica única y llana, de forma breve y con escasos personajes. La novela, al contrario, serviría para contar varias historias complejas, protagonizadas por numerosos personajes a lo largo de numerosas páginas. Aquí, como dije líneas arriba, algunos incluso cuentan páginas: menos de tantas, cuento; más de tantas, novela. La artificiosidad de semejante clasificación se revela de inmediato, pues enseguida aparecen estadios intermedios difusos: cuento largo, novela corta. Pero volvamos a Benjamin.

Una de las reflexiones más agudas de este autor tiene que ver, precisamente, con la diferencia radical entre ambos géneros: el cuento es un producto de la oralidad, mientras que la novela lo es de la escritura. Las repercusiones de este planteamiento, en apariencia simple, son enormes. Significa, entre otras cosas, que el cuento es un género que mira hacia el pasado, y la novela, hacia el futuro. Esto se debe a la memoria del género, es decir, a los fines que cada género ha servido y el tipo de experiencia que ha transmitido durante siglos. El cuento es un género tradicional, anterior a la escritura, aunque logró adaptarse bien a ella. De ahí que hoy se hable de cuento folclórico y cuento literario. En principio el cuento servía para instruir a los niños y fomentar la cohesión social entre los miembros de la horda, el clan, la tribu y la familia. El aprendizaje de vida adquirido por los más viejos era transmitido en forma de relatos sencillos, fáciles de recordar, a los más jóvenes, con lo que el cuento servía para aleccionar sobre vida. En este sentido, la potencia significativa del cuento radicaba en el pasado. La potencia de novela, en cambio, radica en su habilidad para responder a la incertidumbre del futuro. Las raíces de la novela también se retrotraen hasta la Prehistoria, pero el género se consolida como tal gracias a las posibilidades de la letra escrita y al debilitamiento del peso del pasado. Los novedosos descubrimientos científicos, el avance de la tecnología, el encumbramiento de la Razón y la derrota de Dios como principio rector de la existencia humana, dieron pie al surgimiento de un género literario que encarara el futuro, la incertidumbre y la confusión que genera en el ser humano la inconmensurabilidad de las posibilidades que se abren a la vida. Benjamin lo expresa de la siguiente manera: “En medio de la abundancia de la vida, y con la exposición de esta abundancia, la novela proclama esa amplia desorientación que afecta a lo vivo” (45-46). Esto no quiere decir, claro, que la novela se distancie por completo del pasado. Según Benjamin, a ella le corresponde el “recuerdo creativo” (57). Por último, la habilidad de la novela para fraguar respuestas artísticas –hipotéticas, poéticas, posibles, creativas– a la incertidumbre que representa el futuro para la Humanidad, hace que el eje en torno al cual gira la novela sea la pregunta por el “sentido de la vida” (57).

Por todo lo anterior, repito, “El narrador” de Walter Benjamin es, a mis ojos, una de las reflexiones más agudas y lúcidas sobre la dimensión estética del problema de los géneros literarios. Habría que honrar el legado intelectual de Benjamin retomando el hilo de su pensamiento en donde él lo dejó. De paso, estaríamos contribuyendo a mejorar la salud de nuestro pensamiento literario, tan lleno de jerigonza como falto de sustancia.

 

Bibliografía

Benjamin, Walter. “El narrador. Consideraciones sobre la obra de Nikolái Léskov”, en Obras. Eds. Rolf Tiedmann y Hermann Schweppenhäuser, con la colaboración de Theodor W. Adorno y Gershom Scholem. Ed. española al cuidado de Juan Barja, Félix Duque y Fernando Guerrero. Madrid: Abada editores, 2009, pp. 41-68.

Ricoeur, Paul. “Para una teoría del discurso narrativo”, en Historia y narratividad. Introd. Ángel Gabilondo y Gabriel Aranzueque. Barcelona; Buenos Aires, México: Paidós; I.C.E de la Universidad Autónoma de Barcelona, 1999, pp. 83-155.


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