La cicatriz de Ulises y el holocausto de Abraham

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Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo.

Pero el Angel del Señor lo llamó desde el cielo: «¡Abraham, Abraham!». «Aquí estoy», respondió él.

Y el Angel le dijo: «No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único».

Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.

Abraham llamó a ese lugar: «El Señor proveerá», y de allí se origina el siguiente dicho: «En la montaña del Señor se proveerá».

 

Aunque la lectura dogmática y el uso han disminuido en ocasiones sus significados y le han restado impacto entre los lectores, buena parte del legado literario y cultural de Occidente se encuentran en los textos bíblicos; éstos poseen una riqueza semántica que aún hoy tiene un poder revelador y estético indudable, “no son los siglos —explica Javier García Gibert—quienes desgastan el hechizo inacabable del periplo de Moisés o el impacto de la crucifixión de Cristo (…) sino el hecho de ser relatos y símbolos sistemáticamente sometidos a un patrón similar de lectura” (García, 10).

En los textos bíblicos están los tratamientos, los temas clásicos, los modelos formales y genéricos de la literatura occidental. Por ejemplo, los tópicos del carpe diem, aprovecha el día, que invita a disfrutar el presente, y del tempus fugit, que anuncia sobre la fugacidad de la existencia, afloran en el Antiguo Testamento en el segundo capítulo del Libro de la Sabiduría:

Nuestra respiración no es más que humo, y el pensamiento, una chispa que brota de los latidos del corazón; cuando esta se extinga, el cuerpo se reducirá a ceniza y el aliento se dispersará como una ráfaga de viento (…) El tiempo de nuestra vida es sombra fugaz y nuestro fin no puede ser retrasado: una vez puesto el sello, nadie vuelve sobre sus pasos. Vengan, entonces, y disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de la juventud.

Claro que el sentido de esta cita bíblica es muy distinto al que le da la tradición grecolatina; el pasaje anterior, que invita a aprovechar el momento sin pensar en el futuro, es pronunciado por los “impíos”, opresores de los justos, que llaman “a la muerte con gestos y palabras”, no conocen “los secretos de Dios, no esperan retribución por la santidad, ni valoran la recompensa de las almas puras”.

Mientras la tradición grecolatina atendió los valores de mesura, proporción y razón, la literatura bíblica dotó de un “poderoso arsenal simbólico y metafórico” (García, 42), que ha sido interiorizado y “que nos lleva a pensar y a sentir en términos de caída y arrepentimiento, de salvación y de condenación, de expulsión del paraíso y de tierra prometida, de progreso histórico y de apocalipsis” (43).

Erich Auerbach apuntó algunas de las diferencias esenciales entre el mundo griego y la cultura judeocristiana en el primer capítulo de su libro Mímesis: la representación de la realidad en la literatura occidental. El filólogo parte del episodio de la Odisea que relata cómo Euriclea, la anciana ama de llaves, reconoció a Ulises gracias a una cicatriz en el muslo, y compara este relato homérico con el capítulo del Génesis que da cuenta sobre el sacrificio de Isaac. En el texto griego, cuando el ama reconoce a Odiseo después de veinte años de no verlo, se explica el origen de la herida que le dejó al héroe esa cicatriz que lo identifica: se da cuenta de que ocurrió durante una cacería celebrada durante la visita del abuelo de Ulises, Autólico, a quien también se describe a profundidad. De esta manera, la historia de la cicatriz de Ulises queda en segundo plano, y el relato es acaparado por una larga digresión. En un ordenamiento lógico del lenguaje, nada queda en la penumbra en el texto homérico, todos los detalles son definidos.

En el Génesis, en cambio,cuando Dios, pone a prueba la fe y obediencia de Abraham, y le pide en sacrificio a Isaac, se escucha una voz que llama al doliente padre:

«Abraham», le dijo. El respondió: «Aquí estoy». Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré».

Auerbach hace notar que nunca se aclara de dónde viene la voz ni se explican las causas que inspiraron esta petición divina, solo se escucha un nombre, sin adjetivos, y una respuesta que denota obediencia y acatamiento. El relato es elíptico, acentúa los puntos culminantes de la acción, es irregular, y deja en la oscuridad todos los detalles. Tampoco se informa sobre el viaje a la región de Moria, los sentimientos de Abraham o la personalidad de Isaac, “puede haber sido hermoso o feo, discreto o tonto, alto o bajo, atrayente o repulsivo: nada sabemos” (Auerbach, 16), en todo el pasaje se le escucha hablar una vez cuando le pregunta a su padre: “Tenemos el fuego y la leña (…) pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?”.

Los poemas homéricos, explica Auerbach, relatan sucesos bien delimitados en tiempo y espacio, son cadenas de acontecimientos trazados y ya ocurridos. En contraste, el Antiguo Testamento ofrece una historia universal que arranca con el principio de los tiempos y que prevé el fin del mundo, todo lo que ocurra en medio, incluso en este momento, es eslabón de una cadena, de un plan divino.

Al no ocultar una doctrina o un sentido oculto, las figuras homéricas, cuyo destino está fijado desde el inicio, son víctimas de pasiones violentas que siempre se exteriorizan, y “En medio de los combates y las pasiones, las aventuras y los riesgos, nos muestran cacerías y banquetes, palacios y chozas pastoriles, contiendas atléticas y lavatorios, a fin de que observemos a los héroes en su ordinario vivir y de que disfrutemos viéndolos gozar de su sabroso presente” (Auerbach, 19). Por su parte, los personajes bíblicos evolucionan, poseen diversas capas y planos, muestran intrincadas relaciones con Dios en señal de un trasfondo que necesita ser interpretado. La Biblia no solo busca deleitar con una historia, sino que tiene pretensión de verdad, y algo dice sobre el tiempo, el destino, la conciencia, el hombre y lo divino. Las Escrituras reclaman interpretación, señala Auerbach, porque encierran e insinúan secretos sobre la naturaleza de Dios y de la fe.

En conclusión, los textos fundacionales de la cultura occidental presentan dos tipos de representación literaria de la realidad: en los poemas homéricos hay univocidad, limitación en cuanto al desarrollo histórico y descripción perfiladora; en los escritos bíblicos hay oscurecimiento, falta de conexión, efecto sugestivo de lo tácito, trasfondo, pluralidad y pretensión de universalidad histórica. Además, en las Escrituras se privilegia el ambiente popular y lo cotidiano, y no se acentúa la división de clases sociales; en el texto griego se despliega la vida señorial en un ambiente idílico, intacto en su sublimidad heroica, incluso cuando aparecen personajes como Euriclea, la ama de llaves, su existencia está unida al destino de la familia real.

El análisis de Auerbach permite apreciar algunos aspectos relevantes de estos cimientos de nuestra cultura, que invitan a reflexionar sobre las distintas maneras en las que estas dos visiones enriquecen las expresiones culturales de occidente.

Bibliografía

Auerbach, Erich. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental. México: FCE, 1996.

García Gibert, Javier. Con sagradas escrituras. Diez ensayos sobre literatura bíblica. Madrid: A. Machado Libros, 2002.

Biblia. Consultada en: http://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM

Imagen: Sacrificio de Isaac de Rembrandt.

 

 

 

 

 

 


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