Los fantasmas que no fuimos

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En el poema titulado “Last exit before bridge”, Joyce Carol Oates describe el ámbito de la memoria como un sitio bastante peculiar:

Memory. That place we invent where

what never happened in quite that way

keeps happening. Keeps

happening. (120)

Según estos versos, el pasado no sólo consiste en algo inventado, sino en una invención empeñada en seguir sucediendo. Recordar, revisitar, intentar traer de vuelta lo ya acontecido, siempre será un ejercicio de resultados falibles y sin embargo, la única vía para guardar parte de lo que hemos sido.

            En Traiciones de la memoria, Héctor Abad Faciolince afirma: “Si la vida es el original, el recuerdo es una copia del original y el apunte una copia del recuerdo. Pero ¿qué queda de la vida cuando uno no la recuerda ni la escribe?” (15). Aún a sabiendas que la memoria es una copia y el narrar los recuerdos, una copia de la copia, hay en la naturaleza humana una vocación (y para algunos, incluso una obsesión) por dejar constancia del pasado, por intentar de algún modo, aprehenderlo con la palabra. Creo que en el citado libro de Abad Faciolince, vocación y obsesión se unen de formas bastante afortunadas, pues la exploración de los acontecimientos pasados que emprende en sus Traiciones de la memoria, ofrece más de una posible vía para comprender todo cuanto nos precede y reconocer la multiplicidad de individuos que hemos sido y dejado de ser en el trayecto recorrido hasta nuestro “yo” actual.

            Desde el prólogo sabemos la naturaleza de la materia con que el autor va a trabajar: “<<Un cuchillo sin hoja al que le falta el mango>>. Eso es el pasado casi siempre, algo que ya no es y de lo cual solo nos queda el rastro de las palabras” (12). Sin embargo, el intento por aprehender esos rastros adquirirá matices entrañables en los tres textos que conforman el volumen: “Un poema en el bolsillo”, “Un camino equivocado” y “Ex futuros”. El primero, cuenta la pesquisa emprendida por el narrador al hallar un poema en el bolsillo de su padre recién asesinado. La travesía del hijo se concentra, más que en intentar descubrir quién mató al padre, en saber de dónde salió el poema, quién era el autor, por qué estaba en su bolsillo al momento de morir, por qué el padre había transcrito en primer lugar ese poema para llevarlo consigo justo el día de su asesinato. Este largo trayecto se realiza por distintas geografías y entrevistando o intercambiando misivas con personajes diversos del mundo literario y artístico. Más allá de que se confirmaran las sospechas del narrador y el poema fuera –al final lo comprueba– efectivamente de Borges, la pesquisa es tan fascinante como obsesiva, certera en su obsesión por intentar por lo menos guardar algo de ese hallazgo: “puedo decir que gracias a que he tratado de no olvidar a esta sombra, mi padre –arrebatado a la vida en la calle Argentina de Medellín–, me ha ocurrido algo extraordinario: aquella tarde su pecho iba acorazado solamente por un frágil papel, un poema, que no impidió su muerte. Pero es hermoso que unas letras manchadas por los últimos hilos de su vida hayan rescatado, sin pretenderlo, para el mundo, un olvidado soneto de Borges sobre el olvido” (180).

            En “Un camino equivocado” la recreación de los primeros años de exilio en Italia, posteriores al asesinato del padre, es lo que habrá de guiar la narración; y más que de contar qué sucedió en este período de su vida, se trata de una reconstrucción hecha de impresiones, detalles, casi apuntes memorísticos de ciertas situaciones que habrían de determinar el curso de esta vida en su tránsito por Italia. “Cada vez estoy más convencido –había afirmado antes el narrador– de que una memoria solamente es confiable cuando es imperfecta, y que una aproximación a la precaria verdad humana se construye solamente con la suma de los recuerdos imprecisos, unidos a la resta de los distintos olvidos” (130); por eso, “Un camino equivocado” es justamente eso, una serie de recuerdos imprecisos, bien dispuestos y articulados para ofrecer una imagen, algo borrosa, pero completa de esta etapa llena de dificultades económicas, desencuentros entre europeos y latinoamericanos, lo mismo que de golpes de suerte y coincidencias que permitieron hallar otros posibles caminos. Si bien la naturaleza de los recuerdos en general, es de una intimidad y una subjetividad incuestionables, el ordenamiento literario y la narración permiten identificar en ellos la sustancia más esencial que como seres humanos compartimos. Por eso, mediante la reconstrucción del recuerdo ajeno, podemos reconocernos en su desamor y su frustración, en su enfrentamiento a la muerte y su optimismo. En medio de las tortuosas reuniones para exiliados convocadas por Amnistía, en narrador anota para sí, y para nosotros, parte de ese sentido de dejar constancia de lo que uno ha sido y de lo que uno cree: “Que uno haya perdido su felicidad no quiere decir que uno sea un infeliz. Claro que esto difícilmente puede entenderlo la terrible banalidad de los que nunca han sufrido. Yo había perdido la felicidad, pero no era un infeliz. Y confiaba en que algún día volvería a reírme porque lo que me habían enseñado en casa, lo que me había enseñado ese señor asesinado que tanto dolor me daba, era que la existencia valía la pena de vivirse solo por la alegría, por la risa, y no por los horrores.” (220).

            El último texto, titulado “Ex futuros”, se distancia de los anteriores en su tono y planteamientos, aunque nunca deja de lado la cuestión de la memoria. Más cercano al discurso ensayístico, toma como punto de partida la firme creencia de que el quehacer literario, “el gusto por imaginar historias, por sumergirnos en ellas y encarnar personajes que no somos nosotros, tiene un parentesco estrecho con la esquizofrenia, con la demencia de desdoblarse en otro o en otra que no somos, y oír sus voces y sentir su olor y ver su cara, que tal vez no existen. Escribir ficciones tiene algo de locura controlada” (243). Más allá de la semejanza con el trastorno psiquiátrico, la creación literaria vista así, implica un “recordar hacia mañana”, como decía Lorca. Don Miguel de Unamuno había ya planteado esta noción de los “yos ex futuros”, según afirma Abad Faciolince, y cuya síntesis podemos leer en estos versos:

 ¿A dónde fue mi ensueño peregrino,

a dónde aquel mi porvenir de antaño?

¿A dónde fue a parar el dulce engaño

que hacía llevadero mi camino?

A nivel individual, somos como la ciudad de Foedora, de Italo Calvino: “metrópoli de piedra gris, [donde] hay un palacio de metal con una esfera de vidrio en cada aposento. Mirando dentro de cada esfera se ve una ciudad azul que es el modelo de otra Fedora. Son las formas que la ciudad habría podido adoptar si, por una u otra razón, no hubiese llegado a ser como hoy la vemos” (18); es decir, echando un vistazo a nuestros recuerdos, a las encrucijadas que se han erigido como momentos determinantes en nuestra vida, podemos ver al interior de ellos y, como en las esferas de Foedora, imaginar quiénes seríamos de haber tomado otra vía o de no haber padecido ciertos episodios. El planteamiento de Abad Faciolince coloca a la literatura como un ejercicio de imaginación que bien puede ilustrarse, una vez más, acudiendo a Borges: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach” (245), y continúa Abad: “Yo me pregunto si buena parte de la literatura no será en últimas, entonces, una manera de lidiar con nuestros ex futuros: con eso que no somos, pero que podríamos llegar a ser o que pudimos haber sido. Aunque en mis brazos nunca desfalleciera Matilde Urbach, ¿no puedo al menos hacer que desfallezca en los brazos de otro que se parece mucho a mí salvo en la infelicidad?” (254).

            Hacia el pasado o hacia el futuro, el recuerdo no deja de ser ese “cuchillo sin hoja al que le falta el mango”, y sin embargo, seguirá erigiéndose como asidero y guía, como laberinto de la imaginación y materia literaria. No importan aquí los estatutos de verdad, objetividad, ni certeza, más bien se trata de aprender a habitar con esa cosa difusa e inaccesible que nos conforma y solemos llamar memoria. Concluyo con las palabras de Abad Faciolince: “Lo realizado y lo no realizado será lo mismo: fantasmas. Quizá para no espantarnos, y como un homenaje a los fantasmas que seremos, nos gusta pensar en los fantasmas que no fuimos. Si no me equivoco, este es, en parte, el gran encanto de la literatura” (263) y ahí reside también el encanto de sus Traiciones de la memoria.

           

           

Bibliografía

Abad Faciolince. Traiciones de la memoria. México: Alfaguara, 2010.

Italo Calvino. Las ciudades invisibles. Edición digital:

http://www.ddooss.org/libros/ciudades_invisibles_Italo_Calvino.pdf

Oates, Joyce Carol. The Time Traveler. New York: The Ontario Review, 1989.

 

Imagen: “El lector”, Guillermo Roux.


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