Visión del infierno

ImageEl infierno de los vivos no es algo futuro; si lo hay, es el que vemos, en el que habitamos cada día, el que formamos al vivir juntos. Hay dos formas de no sufrir. La primera les da buen resultado a la mayoría: aceptar el infierno y convertirse en una parte de él hasta el punto de no verlo. La segunda es más arriesgada y exige una atención y un aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, hacerlo durar y reservarlo en buen lugar.

Ítalo Calvino, Ciudades invisibles

I.

Poetas, héroes y santos visionarios, entre otros, dieron testimonio de las pesadillas y los males de su tiempo gracias a sus descripciones del infierno, un espacio que nunca es el mismo, que evoluciona en cada época y cultura, y se transforma en la memoria de los hombres:

Radamante de Creta tiene estos reinos de crueldad y castiga y escucha los crímenes y les obliga a confesar los que uno se envaneció inútilmente en ocultar entre los hombres y rehuyó su expiación hasta el día ya tardío de la muerte (Virgilio, 147).

Según relata Virgilio, en la entrada del inframundo se encuentra Caronte, barquero sucio y decrépito que conduce a ciertas almas, las que fueron correctamente sepultadas, por el río del inframundo, el Aqueronte, mientras las almas infelices, las no inhumadas, erran durante cien años alrededor de la barca de este severo conductor. Virgilio da cuenta de la presencia de Cancerbero, guardián de los infiernos; del limbo de los niños muertos en la infancia antes de que cometieran algún mal; del inframundo de los condenados a muerte por errores judiciales y del espacio que ocupan los suicidas que fueron buenos en vida. Entre el Río Aqueronte y las puertas del Tártaro y los Campos Elíseos, habitan los amantes que sufrieron en vida el desamor, los amargados y los envidiosos de la dicha de los demás.

El Tártaro, rodeado por las llamas de un río impetuoso que arrastra piedras, es cuidado celosamente por Tisífone —una de las Erinias o Furias encargadas de castigar a los peores delincuentes—, quien solo permite entrar a las almas que fueron malvadas en vida para que sean juzgadas por Radamante —juez que es hijo de Zeus y Europa—. A ese abismo infernal, donde también están confinados los Titanes que intentaron dominar el universo, llegan todos los que odiaban a sus hermanos, los que golpearon a sus padres, los avaros, las mujeres adúlteras asesinadas por su maridos, los gobernantes que vendieron a su patria, los violadores como Titio, gigante que intentó atacar a Leto, madre de Apolo, y que es atormentado por un buitre que le roe el hígado y las entrañas.

Según explica Georges Minois en el libro Historia de los infiernos, Virgilio expresa en su poema el castigo que le espera a todo aquel infractor de las leyes estipuladas por el derecho romano, por ejemplo, “matar a la mujer y a su amante es perfectamente legal, y la ley Julia de adulteris, del 17 antes de J.C., lo admite […] por eso se halla en el infierno no el marido homicida, sino su mujer adúltera asesinada” (Minois, 74).

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II.

En el recuento de los infiernos posibles, vale la pena preguntar cuáles son los infiernos contemporáneos. Minois advierte que mientras los siglos pasados fundamentaron una pesadilla tras la muerte, para finales del siglo XX la sociedad ya no estaba atemorizada por un infierno después de la vida, sino por uno presente constituido por tinieblas más actuales: guerras, armas químicas, hambre, locura colectiva, masas fanáticas o embrutecidas… Asimismo el hombre nunca había contado con todos los medios para alcanzar la autodestrucción como en estos tiempos, por esto —menciona Minois a propósito de las reflexiones del físico Basarab Nicolescu— el mundo se hallaba en la rueda de la angustia, en un punto entre la autodestrucción y la evolución.

El infierno actual también puede ser la angustia personal, la insatisfacción, el yo que afirma su orgullo absoluto y decide separarse de los otros; la revuelta y la afirmación del sí mismo que nos aísla y encierra en una burbuja. Para Jean-Paul Sartre, “El infierno son los otros”, el mundo del que uno no puede huir, la prisión de la humanidad, la condena de ser no lo que quisiéramos ser, sino lo que los otros ven que somos. En este contexto, el amor también puede ser una ilusión infernal, “un conflicto de dos yo, de los que cada uno trata de dominar y de explotar al otro para disimularse a sí mismo su nada y crearse la ilusión de un en-sí” (Minois, 474). El hombre de finales del siglo XX, desgarrado por la pérdida de los grandes valores tradicionales, “Se sabe miembro de un todo que determina su ser y, sin embargo, irremediablemente solo” (483).

 

Bibliografía

Minois, Georges. Historia de los infiernos. España: Paidós, 2005.

Virgilio. La Eneida. España: Editorial Juventud, 1998.

 


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