“Escritos a mano” de Esther Seligson

ImageCultivé lo transitorio, el asombro, la escritura a mano,

leer y releer vigilia insomne, macetas en cada rincón posible,

añoranzas de un edén inexistente….

“Soliloquios”

E.S.

            Como si de un epitafio anticipado se tratara, en estas palabras de Esther Seligson parece sintetizarse uno de los múltiples puntos de partida para acceder a su escritura: una gran vitalidad en su asombro ante la vida y todos sus reveses, misterios, revelaciones y nostalgias. Escritos a mano, publicado póstumamente en 2011 por Editorial Jus y la Universidad Autónoma de Nuevo León, explora esta vocación de la autora por ir desvelando a través de la escritura su fascinación por lo efímero.

            Escribir a mano implica, necesariamente, dejar en el texto la huella de nuestro pulso, el temblor de los dedos apresando la pluma, imprecisiones en las letras que quizá podrían leerse como dudas y emociones. A veces, hay en este ejercicio de escribir a mano, una prisa por dejar constancia de algo que sabemos susceptible de ser olvidado o difícil de recordar con toda su nitidez. Este garabateo impostergable se presenta así como una irrupción del lenguaje que obliga a concretar en palabras escritas la urgencia de lo que de pronto conmueve y modifica nuestra forma de mirar y estar en el mundo.

            A pesar de su aparente dispersión, los textos que conforman Escritos a mano de Esther Seligson reúnen en su diversidad algunas de las grandes obsesiones de la autora que podemos leer a lo largo de toda su obra. La más evidente, quizás, sea esa fascinación por la palabra escrita y por la labor de quien se dedica a la escritura; para Seligson, el texto es la “única tierra prometida que le espera al escritor” y el libro “la única ciudad santa que le da cobijo”. Más allá de la relación sagrada que la autora establece entre las cosas y el modo de nombrarlas mediante la escritura, también se reconoce en su obra una necesidad de ir dejando constancia por esos pequeños descubrimientos que van transformando la cotidianidad en algo extraordinario. Tal vez por esto, los textos reunidos en sus Escritos a mano, y específicamente en el primer apartado del volumen que lleva el mismo título,participan de una multiplicidad de formas acordes con el tono que exija la propia experiencia; así, epígrafes, aforismos, cuentos, poemas, entradas de diario, episodios de viajes, diálogos, ensayos, prosas poéticas y bosquejos de narraciones inconclusas, se dan cita para profundizar en la complejidad del lenguaje literario y de la vida cuando se le contempla con asombro.

            El segundo apartado de estos Escritos a mano lleva por título “Jerusalem” y en él se da cuenta de la fascinación por esta ciudad milenaria llena de contrastes, innovaciones y correspondencias que van trazando un mapa personal, siempre atravesado por un halo de espiritualidad y misterio, lo mismo que por el abigarramiento del cosmopolitismo. En este juego de oposiciones la ciudad adquiere matices muy particulares, por eso la misma Seligson afirma que “para todo jerosolimitano, Jerusalem sea un-una Amante que cada cual recibe según su hambre y su sed de Dios…”. Los textos aquí reunidos se corresponden con distintos periodos en que la autora regresa a la Ciudad Celeste y giran en torno a las reflexiones derivadas de las mismas preguntas: “¿Cómo habitamos los espacios? ¿Responden siempre a nuestros horizontes interiores?”.

            “Reflexiones de un perplejo”, tercer apartado del volumen, continúa con respuestas tentativas a las preguntas antes esbozadas, sólo que ahora lo hace desde la perspectiva de la circunstancia política. A lo largo de nueve ensayos breves fechados en otoño de 1982, Seligson discute varias facetas de la llamada “circunstancia judía” empleando un tono formal y sobre todo crítico. Aquí ya no trata de la experiencia personal de un espacio específico, sino de poner sobre la mesa las complejidades de la cultura judía en un contexto donde la convivencia de religiones, razas, ideologías, intereses y posturas políticas se encuentra en constante pugna, aunque sin dejar de lado posibles vías para una (quizás utópica) conciliación.

            Por último, en el apartado titulado “Diario de un viaje al Tíbet”, la escritura se transforma en una conciencia plena acerca de la imposibilidad de traducir la experiencia divina en palabras. Las entradas de este diario, si bien dan cuenta de episodios sencillos, primeras impresiones y anécdotas de viaje, a todos ellos subyace la revelación de lo que se asimila sólo con el paso del tiempo:

Empezar la redacción de esa memoria-itinerario me ha llevado bastante más de un año de espera interna, una silenciosa y a veces turbulenta decantación, decantación imposible de traducir porque la fuerza de las imágenes y sensaciones era poderosa más allá de la escritura, hasta que poco a poco se incorporó al mismo ritmo de mi sangre, a la materia de mis sueños, al aquí y el ahora […] sé que lo que hoy toco, digo y hago está entramado en una luz, en una entereza, una plenitud, como si la transparencia del paisaje y de los hombres y mujeres tibetanos le diera a mi presencia en el mundo un peso y un sentido, una continuidad que sólo puedo calificar de divinos

Así, aunque la transcripción del diario se presenta casi intacta, con esa espontaneidad de la primera impresión, todos los sucesos de ese viaje al Tíbet, ahora lo sabemos, estarán resignificados por las mismas dudas al recorrer Jerusalem, por esa inevitable proyección de lo que uno mismo es y cómo se transforma en cada suelo que pisa.

            Más allá de la escritura, la cuestión judía o la espiritualidad como temas literarios, los Escritos a mano dan cuenta de una serie de experiencias de vida que son como un ir y venir, a veces temerario a veces torpe, de lo terrenal a lo divino y viceversa; es la conjunción anhelante y nostálgica entre la vitalidad humana y un ansia de espiritualidad que parece respirar en todas las cosas, en las palabras que las nombran y en la vocación para escribirlas.

 

Seligson, Esther. Escritos a mano. México: Jus; Universidad Autónoma de Nuevo León, 2011.


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