Cuatro grandes aciertos de Walter Ong

Fuente: http://goo.gl/a36rnb

Orality and Literacy. The Technologizing of the Word, publicado por Walter Ong en 1982, es hoy un clásico. Por desgracia, el texto ha corrido con la misma suerte de numerosos clásicos: se lee relativamente poco. Sin embargo, a mi juicio, este estudio de Ong es una lectura imprescindible para quienes nos esforzamos por comprender mejor el fenómeno literario. Oralidad y escritura aún no ha rendido todos los frutos que puede dar. Queda de nosotros saber aprovechar sus caudales. De los muchos grandes aciertos de esta propuesta me interesa recuperar aquí sólo cuatro, a manera de invitación a la lectura del original.

El primero es el énfasis del autor en un asunto que por lo general se nos escapa: el carácter profunda y permanentemente oral del lenguaje. Estamos tan acostumbrados y tan hechos al mundo de la escritura que hemos perdido esto de vista. El lenguaje es “sonido articulado” (16), mientras que la escritura es la “consignación de la palabra en el espacio” (17). Ong explica:

No sólo la comunicación, sino el pensamiento mismo, se relaciona de un modo enteramente propio con el sonido. Todos hemos oído decir que una imagen equivale a mil palabras. Pero, si esta declaración es cierta, ¿por qué tiene que ser un dicho? Porque una imagen equivale a mil palabras sólo en circunstancias especiales, y éstas comúnmente incluyen un contexto de palabras dentro del cual se sitúa aquélla (16).

La premisa de fondo es que la totalidad de los textos escritos están siempre relacionados con el mundo del sonido. “La escritura nunca puede prescindir de la oralidad” (17).

El segundo es la concepción de Ong de oralidad y escritura. Para él no son dos habilidades o capacidades diferentes, sino dos mentalidades o conciencias distintas. El pensamiento y la expresión de las culturas orales primarias (completas desconocedoras la escritura, porque ni siquiera están en contacto con ella) son: acumulativas, antes que subordinadas o analíticas (43-47); conservadoras y tradicionalistas, porque dependen de la memoria y la repetición (47-48); cercanas al mundo humano vital, en la medida en que no recurren a abstracciones (48-49); de matices agonísticos, esto es, expresan una situación de combate vital directo y de carácter público (49-51); empáticas y participantes antes que objetivamente apartadas (51-52); homeostáticas, o sea, viven en un presente equilibrado gracias al desprendimiento de recuerdos que han perdido pertinencia (52-54); y situacionales antes que abstractas (54-62). Como se ve, para Ong oralidad y escritura son formas de aprehender el mundo y relacionarse con él, a nivel individual y colectivo. Así, la transición de la oralidad a la escritura compromete las estructuras social, económica, política, religiosa y otras (12).

Un tercer gran acierto es que Ong piensa el paso de la oralidad a la escritura como un proceso largo de asimilación. Según el autor, la escritura es una tecnología radical, pues modifica de raíz la mentalidad o la conciencia del ser humano. Entonces, aprender a escribir, aprender a consignar palabras en el espacio, no significa dominar el mundo de la letra. De hecho, explica Ong, hasta bien entrado el Medioevo la escritura estaba al servicio de la oralidad. Por ejemplo, se leía en voz alta, la puntuación atendía más a las necesidades de la respiración que a la exposición de las ideas, y los documentos muchas veces precisaban del respaldo de un testimonio oral para tenerse por válidos. Una vez conocida la escritura, a la Humanidad le llevó varios siglos interiorizarla.

El último gran acierto que voy a destacar es que, a diferencia de numerosos autores, Ong no piensa la escritura como un bloque uniforme, sino como una progresión de estadios: el caligráfico (la escritura a mano), el tipográfico (la escritura como impresión) y el electrónico o post-tipográfico (la escritura virtual). Cada uno de estos momentos ha modificado la mentalidad o la conciencia humana y sus relaciones con el mundo. La escritura es un medio idóneo para resguardar el conocimiento pero, en cierta medida, resulta inevitable que ese conocimiento termine por distanciarse de la vida. Ésta es dinámica, móvil, en flujo, plena de significaciones provenientes del tacto, el gusto y el olfato, además del oído y la vista. Por ello, en su intento de conservarla y fijarla, la letra se ve forzada a reducirla, a presentarla como concluida, cerrada. Tal es la gran paradoja de las relaciones entre oralidad y escritura. No obstante, como afirma una y otra vez Ong, la primacía de lo visual no ha podido ni podrá erradicar las persistencias de la oralidad. Al contrario, nuestra era post-tipográfica, electrónica y altamente tecnologizada ha fomentado un nuevo regreso de la oralidad. Para corroborarlo basta pensar, por ejemplo, en la gran demanda que tienen hoy los videos, los podcast, los mensajes de voz, los memes y otros muchos fenómenos que bien podemos relacionar con la inmediatez, la movilidad y la actualidad del pensamiento oral. No es coincidencia, me parece, el reciente apogeo de la noción de “Storytelling” o arte de contar historias, de hacerlas significativas.

Resta mucho por decir sobre esta valiosísima propuesta de Walter Ong. Son especialmente lúcidas sus reflexiones sobre cómo la acción recíproca entre oralidad y conocimiento de la escritura repercute en las preocupaciones y las aspiraciones humanas radicales. E igual lo son sus reflexiones sobre la relación entre la dinámica oralidad-escritura con la evolución, apertura e interiorización de nuestra conciencia. En palabras de Ong, la “escritura introduce división y enajenación, pero también una mayor unidad. Intensifica el sentido del yo y propicia más acción recíproca consciente entre las personas” (173), pues la “comunicación humana nunca es unilateral” (171). A más de treinta años de su publicación original, como anoté al principio de este texto, el estudio de Ong todavía tiene mucho que decir.

 

Bibliografía

  • Ong, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. Trad. Angélica Scherp. México: FCE, 2004, 6a reimpresión.

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