Comentarios a propósito de La feria de Juan José Arreola

feria

I.

La feria, única novela del escritor mexicano Juan José Arreola, está conformada por múltiples voces que narran, a lo largo de 288 fragmentos, la historia de Zapotlán el Grande (pueblo natal del autor) y los principales problemas que ahí se enfrentan. Esta conjunción de voces asemeja una enorme plática callejera; un bullicio pueblerino en el que los comentarios de cada personaje pueden ser contestados por otros personajes en los fragmentos siguientes.

En La feria ninguna voz es poseedora de la verdad, cada uno de los personajes comparte su perspectiva de los acontecimientos que ocurren en el pueblo, lo cual genera un enfrentamiento entre diversas visiones de mundo. Por ejemplo, el zapatero —que, ingenuo, aspira a convertirse en agricultor en tan solo un año, como si los conocimientos ancestrales del manejo de la tierra fueran tan sencillos de asir— apunta en su diario todos los movimientos que se realizan en las parcelas. En un fragmento habla del chicalote, una planta de hojas escotadas y espinosas que alivia —según él— en tiempo de miseria a las clases menesterosas. Ante tal aseveración, una voz anónima e indignada contesta: “¡Abundancia, ¡madre! Somos un pueblo de muertos de hambre […] Alivia, ¡madre! Este hombre no sabe lo que dice. En todo caso aliviaba, porque el chicalote se está acabando en Zapotlán” (353).

En la novela cada palabra puede ser refutada, lo que permite al lector conocer todos los eventos de manera colectiva. Entre las voces que pueblan La feria se identifica a un narrador en tercera persona, intento de narrador omnisciente, que no puede ser reconocido como personaje y que otorga información complementaria sobre los habitantes de Zapotlán. Esta voz —que parece ser una instancia autoral ficcionalizada—, en el penúltimo fragmento de la novela también es espetada por algún habitante del pueblo que, además de absolverlo y perdonarlo, lo manda a dormir por ser un contador “impuntual y fraudulento”, autor de un “castillo de mentiras” (483).

Ninguna perspectiva domina la novela, ni siquiera el veredicto del autor es determinante, y si los personajes no afrontan sus pecadores, errores y omisiones, si no los confiesan dentro de la narración, alguien más lo hará por ellos, porque la mentira no se sostiene en este Zapotlán ficticio, donde todos siguen y observan el movimiento del prójimo.

A veces los secretos se descubren por un espíritu chocarrero que se erige juez de la vida privada de sus vecinos:

En estos últimos días se ha soltado una verdadera plaga de anónimos dirigidos lo mismo a personas humildes que principales […] Lo peor de todo es que no contento con ofender a las personas separadamente, envía copias de sus libelos a gran cantidad de vecinos […]  circula el rumor de que el ferrocarriles que mató a su mujer, lo hizo prevenido por este canalla solapado que hasta ahora nadie ha podido descubrir (450-451).

II.

Diversas formas discursivas y anécdotas de relatos anteriores de Arreola se encuentran en La feria; personajes e inquietudes de otras obras del autor corren libres por los espacios de esta novela que puede leerse en muchos niveles: en uno, se encuentra la historia de Zapotlán —con especial énfasis en el problema de la tierra y la restitución de ésta a los indígenas—, y la organización de la fiesta en honor al santo patrono del pueblo; en otro, la novela también medita sobre la escritura, la literatura y la creación; otros más demuestran la riqueza y las posibilidades estéticas del lenguaje oral y de los distintos registros de la risa.

En La feria resalta, como hilo conductor, el discurso indígena que exige la devolución de sus bienes; discurso que no es impulsado por un sentido de posesión, sino de comunidad; expresión de una forma distinta de entender la vida y el tiempo, en íntima unión con el pasado, los ancestros y la regeneración de la vida:

Somos más o menos treinta mil. Unos dicen que más, otros que menos […] Antes la tierra era de nosotros los naturales. Ahora es de las gentes de razón. La cosa viene de lejos […] Lo cierto es que la tierra ya no es de nosotros y allá cada y cuando nos acordamos. Sacamos los papeles antiguos y seguimos dale y dale. “Señor Oidor, Señor Goberador del Estado, Señor Obispo, Señor Capitán General, Señor Virrey de la Nueva España, Señor Presidente de la República… Soy Juan Tepano, el más viejo de los tlayancanques, para servir a usted: nos lo quitaron todo (349).

Juan Tepano, Primera Vara, anda con todos los suyos trabajando en el campo. Con todos los suyos que son dueños de la tierra, y que de sol a sol la trabajan para otros. Ahora tienen esperanza, como si el año que entra ya fueran a sembrarla por su cuenta. Juan Tepano, Primera Vara, anda contento y dice versos y dichos viejos. Pedazos de pastorela, Luego da unos pasos danza de sonajero. Y viendo que Layo apunta a un cuervo con su escopeta, le llama la atención […]  A los cuervos no les tires, Layo. Nomás espántalos. Son cristianos como nosotros y no les hacen daño a las milpas” (392).

III.

Quizá como respuesta a la crítica que lo consideraba un estilista, Arreola afirmó en varias ocasiones que poseía una “pasión artesanal por el lenguaje”, porque éste, advirtió, es “una materia plástica ante todo” (Carballo Protagonistas 553). El cuidado, la dedicación y la constancia del trabajo artesanal bien realizado sirven al autor para explicar las demandas de la escritura, a la vez que afirman su propuesta humanística, pues a su juicio uno de los errores ha sido escindir el intelecto de la materia, el trabajo manual del estudio, diferenciar al homo sapiens del homo faber, “Quiero que no se exagere el desarrollo cerebral a costa de la atrofia de las manos” (Palabra 20), expresó el autor. En La feria se encuentran varios personajes artesanos que no pueden llevar a cabo sus cometidos de manera plena, y que representan, de manera burlona, las complicaciones artísticas, un motivo recurrente en la narrativa de este autor.

El zapatero, ambicioso en sus empresas labriegas, es castigado por la naturaleza y fracasa en su proyecto agricultor: “todo alrededor estaba lloviendo, menos sobre mis milpas. Había como un hueco en el cielo y el sol les estaba pegando” (457). El cerero, que fabricó la vela más grande en la historia de Zapotlán, no logró iluminar con su creación como había esperado: “La vela de cera de doscientos pesos fue uno de los mejores éxitos de la feria, para qué es más que la verdad, y llamó mucho la atención de los visitantes. No daba mucha luz que digamos, pero parecía un obelisco de alabastro con una estrellita que parpadeaba en la punta (479). El castillo pirotécnico, creado por don Atiliano, el cohetero, fue rociado de petróleo por unos malhechores disfrazados de Viejos de la danza, haciéndolo explotar de manera general y no como se había previsto.

La labor artesanal no llega, en los tres casos, a resplandecer ante el pueblo como se esperaba: la vela suministró una pequeña y ridícula estrellita de luz; el zapatero desistió en sus intentos como agricultor; el castillo de don Atiliano fue saboteado por unos espíritus chocarreros que no pudieron ser castigados, pues “se quitaron inmediatamente las máscaras y los disfraces, quedando irreconocibles ante la muchedumbre” (484). El fracaso de las labores manuales en la novela representa el fracaso de la creación.

 La feria resume una afirmación que se encuentra en otros textos de Arreola: los frutos de la creación artística siempre estarán inacabados, pues el autor muchas veces solo se aproxima al ideal, “El poema, como la escultura y la pintura, son —explicó el autor— imposibilidades absolutas” (23). Y en ocasiones, las obras —en vez de arder tal como debió hacerlo el castillo pirotécnico de don Atiliano, “por parte y en el orden previsto”— estallan de manera inesperada, los personajes pueden callar al narrador que todo lo sabe, tomar su propio camino, sabotear el trabajo artesanal, al contador impuntual, y confundirse, con humor, en el entramado de la narración.

El fuego se propagó a muchos puestos y barracas, y poco faltó para que ardieran los árboles del parque. Aunque violento, el material inflamable no era mucho en realidad, fuera de la pólvora superficial. Una hora después, no quedaba más que un montón de brasas y pavesas, entre las que de vez en cuando tronaba todavía algún cohete retardado… Yo me quedé hasta el final, solo en la plaza inmensa que forman el parque y el jardín […]  Dejé de mirar en el momento en que se desprendió de su base de ceniza donde ya no quedaba nada por arder (484). 

Arreola, Juan José. La palabra educación. México: Sep,1973.

– Narrativa completa. México: Alfaguara, 2002.

Carballo, Emmanuel. Protagonistas de la literatura mexicana. México: Alfaguara, 2005.


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