La belleza de lo superfluo o Las canciones pop…

portada-canciones-popDe qué habla la gente cuando se reúne con familiares y amigos, cuál es el tema más frecuente de conversación en esos espacios de confianza donde no hay que guardar apariencias y uno puede simplemente estar. Yo diría que a veces uno habla con los otros como habla consigo mismo: con libertad, desparpajo y sin miramientos, y el tema es, casi siempre, lo superfluo. No adopto aquí la acepción de la RAE, que limita lo superfluo a lo innecesario o a lo que está de más. Lo entiendo mejor como aquellas cosas (o sus aspectos) que están ahí todos los días y, reparemos en ellas o no, forman parte de nuestra cotidianidad, nos afectan, nos definen y, en ocasiones, nos llevan a la reflexión. Tal vez por eso dedicamos tantas charlas a los contratiempos con los electrodomésticos, a las manías personales para limpiar la casa o acomodarlo todo en un perfecto desorden, a los caprichos irresistibles de nuestras mascotas, a la imprevisibilidad del clima, a burlarnos de la música infernal de los vecinos o a rememorar episodios de franca ridiculez y de los cuales somos protagonistas: porque son cosas que están ahí, que bien podrían no estar y, sin embargo, nos definen.

A través de estos asuntos se revela también nuestra educación sentimental, ese collage de canciones, melodramas de televisión y “vida real”, sueños, deseos, creencias de juventud y expectativas que quizás en algún punto admitimos sin tapujos y aun llegamos a regocijarnos en su cursilería. A pesar de su aparente insignificancia y trivialidad, hay belleza en lo superfluo, y esa belleza tiene que ver con las formas que hemos ido encontrando para hablar de ello.

En el caso particular de Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo cotidiano, lo superfluo y lo ridículo de Brenda Ríos, la belleza de lo superfluo queda plasmada mediante una escritura que va sembrando fragmentos de vicios, manías, fabulaciones, experiencias, desencuentros, y la viva conciencia de quien observa pertinaz el transcurrir de los días, e intenta dejar constancia de las formas que hemos encontrado para relacionamos con los objetos y las personas. Uno es el sitio donde trabaja, la gente que le rodea, la casa que habita, los pensamientos que fluyen imparables a todas horas. Y uno es también sus vecinos y amigos, su ciudad de residencia, las palabras dichas y las omitidas.

A lo largo de las tres partes que conforman este volumen (“Cosas que no te dije”, “Vida interior” y “Comienzo”) accedemos a ese misterio que es el ir pensando sin pensar en nada y que, sin embargo, al leerlo en cada página, adquiere los sentidos más diversos y entrañables porque aquí “las palabras mueven cosas. Mueven labios, mueven a no creer. Mueven a dar sesiones de fe, una fe abierta y clara” (53). No importa que el tema sea la barra de ensaladas, la conmovedora invitación de un taxista a tomar un café, Paris Hilton o la sorpresa extraña de ver que nuestros amigos se reproducen; lo importante es reconocer que nuestro día a día está repleto de interacciones que nos van forjando el carácter, las fobias, los anhelos y, en general, esa entidad nebulosa a la que uno se refiere cuando dice “yo soy”.

No resisto dejar, a modo de ejemplo y abierta invitación a la lectura, un fragmento de Las canciones pop hacen pop en mí:

 Y cuando nadie me ve como de manera abrupta. Sin modales. Un ligero placer estremecido. Y es cuando pienso si no vamos por ahí tomando de la vida lo que nos place sin mirar pausadamente lo que hay en el plato. Y pienso si morir no es tragar de un solo bocado el aire erizo extendido en la garganta y el último paso de saliva es el aliento que se exhibe, diciendo “mira, soy lo último que verás y salgo de ti para no devolverte nada”. Y cuando nadie me ve hago caras recordando gente o cosas. Y hablo sola. Los solos hablamos solos, nos acompañamos a falta de otras tantas situaciones emocionales. Nos hacemos té. Acomodamos la mesa para uno y devoramos en dos minutos lo que hay. Tenemos prisa. Reímos por nada. Y nos miran en la calle. Vamos al cine y no guardamos lugar para nadie. No concedemos nuestros gustos por nada, no sabemos negociar. Extendemos la experiencia en una habitación cerrada. La miramos, la recortamos, la pegamos en el álbum de recortes. Nos olvidamos pronto de nosotros. Pensamos tanto en abrir la botella de vino por si merecemos brindarnos. Por nuestros proyectos, decimos. Por nuestro futuro decimos. Y nos arrancamos la piel por costumbre no porque tengamos ganas. Tres veces a la semana tiramos la basura y no nos fijamos en el polvo –ya, tan pronto el polvo– acumulado. Nos perdonamos. Somos otros en compañía: menos salvajes, más cuidadosos, pero nos extrañamos en la bestialidad amorosa que nos ocupa la mayor parte del tiempo, en el modo crucial de dormir en medio de la cama; en conservar los hábitos intactos en frascos de salsa para espaguetis.

 

Bibliografía:

Ríos, Brenda. Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo cotidiano, lo superfluo y lo ridículo. Veracruz: IVEC, 2013.

 


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