Las ciudades de Filipa

ImageDecir que una ciudad está viva es decir poco. Las ciudades (todas) viven y van muriendo como cualquier organismo y, como cualquiera, sufren, gozan, dan cobijo o lastiman. Las ciudades son capaces de soportar el embate de la multiplicación de sus habitantes, la expansión violenta de sus fronteras o, por el contrario, la monotonía de lo inmutable. Pero las ciudades no permanecen impasibles a todo ello, pues reaccionan de acuerdo con una lógica de reciprocidad bastante evidente. Sobra citar el ejemplo de cómo las grandes (sobrepobladas, contaminadas) urbes repercuten de forma nociva en sus habitantes, un daño proporcional al que los habitantes le han infligido a ese espacio.

Por fortuna, hablar de la vida de las ciudades no siempre implica apelar a las obviedades del tráfico y el clima, sino que la ciudad en sí es materia para las más diversas exploraciones. La ciudad líquida y otras texturas de Filipa Leal (Oporto, 1979) es precisamente una incursión por las ciudades, las que habitamos y las que somos, las que construimos en la memoria y las que vamos olvidando aun sin habernos mudado nunca. Reconozco en esta poesía un modo de decir tan sencillo como certero, y del todo compatible con las ciudades (re)construidas o (re)inventadas en cada poema.

Literalmente, la ciudad que inaugura este poemario es una “ciudad líquida”:

[…] Las aves se mojaban contra las torres. Todo se evaporaba: las campanas, los relojes, los gatos, el suelo. Se pudrían los cabellos, la mirada. Había peces inmóviles en el umbral de las puertas. Sólidos mástiles que aseguraban las paredes de las cosas. Los marineros invadían las tabernas. Reían en alto desde lo alto de los navíos. Rompían la entrada de los lugares. Las personas pescaban dentro de casa. Dormían en plataformas muy finas como balsas. La náusea y el frío les enrojecían los labios. No veían. Amaban deprisa al atardecer. Era el miedo a la muerte. La ciudad parecía de cristal. Se movía con las mareas. Era un espejo de otras ciudades de la costa. Cuando se acercaba, inundaba los edificios, las calles. Se añadía al mundo. Lo hacía naufragar. Los habitantes que la veían acercarse se quedaban perplejos mirándola, mirándose. Morían de vanidad y de falta de aire. Los que se veían arrastrados se agarraban a lo que quedaba del interior de las casas. Se sentían llenos de culpa. Tenían miedo al castigo. Desearon tantas veces soltar las cuerdas de la ciudad. Ahora partían con ella en el interior de una ciudad líquida.

(Yo me quedé exactamente en el lugar de donde salió.) (21).

 

Vista así, la “ciudad líquida” nos enseña la lógica más elemental de nuestra condena: habitar una ciudad es ir con ella a todas partes; vivimos en ella tanto como ella vive en nosotros.

Lo que comienza con “A Cidade Líquida” (“La ciudad líquida”), poco a poco se va transformando en el aire y el río, en el hombre y su infancia, en las aves, las mujeres, las ventanas, los callejones. Todo ello responde a un nombre, y es el nombre que cada ciudad otorga a las personas y las cosas que la habitan. En la segunda parte, “Nós, a Cidade” (“Nosotros, la ciudad”), los poemas se irán desplegando por este museo de seres y objetos sumergidos en sus dinámicas cotidianas, en sus tristezas y recuerdos, en el modo como han llegado a hacerse uno la ciudad y lo que hay en ella.

Hay en esta relación de reciprocidad un vínculo inevitable con las palabras y los nombres, porque las ciudades también son en la medida en que son pronunciadas y, a su vez, ellas nos dicen en todo momento. Así lo expresa Leal en “Éste es mi nombre”:

 

Las ciudades tienen luces en las palabras.

 

Ofuscan el lenguaje de los hombres. Les dicen: éste es mi nombre. Y guiñan y revientan la mirada.

 

Y hay ciudades averiadas, oscurecidas. Sin color: sólo asfalto en la memoria.

De lámparas caídas sobre las calles, de calles caídas bajo los pasos.

Nos dicen: éste es tu nombre.

Y todos cumplimos el vacío.

 

Los hombres desean la ciudad. La tocan por dentro, en lo rojo,

la preparan para el abandono. Le dicen: éste es tu cuerpo.

Y parten.

De noche, las ciudades fijan las imágenes de los que se van

-restos de esperma

en los árboles más altos. Dicen: éste es mi cuerpo.

 

Porque todas las ciudades tienen su letrero propio. Su hombre. (43)

La interacción con las ciudades de Leal avanza lenta, con la pausa de una tristeza que siempre ha estado ahí, casi idéntica, a la espera de algo que se sabe no habrá de llegar jamás. Sus ciudades son firmes en sus calles y reflejos, aunque en algunas esquinas se desdibujen en la ambigüedad de los episodios de infancia de pronto recordados. El poemario cierra con “A Cidade Esquecida” (“La ciudad olvidada”), donde sólo se incluye un poema de desencuentro entre un hombre y una mujer. Ella, la ciudad olvidada, se enfrenta no sin cierto humor al río de cauce obstinado, que es el hombre. Una vez más, las personas y las cosas se erigen como ciudades que viven y mueren, sufren y hacen sufrir: no hay mucha distinción entre lo uno y lo otro. Al final también queda la imagen de esa tensión entre las ciudades y quienes las habitan, una suerte de ambigüedad entre el amor a un espacio y la forma como ese mismo espacio nos afecta. Cito dos fragmentos de “El círculo temporario”:

 

En la ciudad no se hablaba de amor

pero yo amaba

y resistía a la ciudad

porque hablaba de amor.

 

En la ciudad todo era circular:

terminaba en el mismo punto

en que comenzaba.

Redondos, inútiles,

sobrevivíamos

como las montañas allá al fondo. (75)

 

Aunque breves, las ciudades de Filipa Leal adquieren todos los colores, matices y texturas de la vida más inmediata, la vivida en las calles de esos espacios que llevamos dentro y recorremos todos los días.

 

Bibliografía

Leal, Filipa. La ciudad líquida y otras texturas. Trad. Luis González Platón. Madrid: Sequitur, 2010. (Título original: A Cidade Líquida, e outras texturas).

Más textos de la autora en su idioma original en: https://asfolhasardem.wordpress.com/tag/filipa-leal/

Imagen de Yacek Yerka


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