Las alianzas de la letra en la América virreinal

Fuente: Códice Durán.
Fuente: Códice Durán.

Muchos estudiosos del periodo virreinal americano han entendido y explicado las primeras interacciones entre europeos y amerindios en términos de una total incomprensión. Por ejemplo, Selnich Vivas Hurtado afirma que “para los conquistadores y misioneros los pueblos que no tenían escritura eran primitivos o estaban incapacitados para la fe y el entendimiento” (19). Dejando para otro momento la discusión acerca de la fe, me gustaría dedicar unos minutos a la reflexión sobre esa supuesta incapacidad para el entendimiento. ¿En verdad era ése el parecer de todos los conquistadores y los misioneros de Europa? Desde mi perspectiva, quizá hemos tendido a percibir las cosas en blanco y negro, cuando entre ambos polos hay una amplísima escala de gris, cuando no de otros colores.

En mi entrada anterior comenté que hubo una vastedad de prácticas de conservación de la memoria de los pueblos amerindios: códices, glifos, petroglifos, quipus, tocapus, pikenus, pirus, yupanas, quilcas, grabados sobre piedra, etc. En la segunda parte de la Segunda parte de la crónica del Perú, Pedro Cieza de León explica de manera muy clara la correspondencia que había en el incanato, y la conciencia que se tenía respecto a la relevancia de conservar la memoria histórica del pueblo inca:

Y así, dicho esto, luego que por el rey era entendido, mandaba llamar á otros de sus indios viejos, á los cuales mandaba que tuviesen cuidado de saber los cantares que aquéllos [otros ancianos] tenían en la memoria, y de ordenar otros de nuevo de lo que pasaba en el tiempo de su reynado, y que las cosas que se gastaban y lo que las provincias contribuían, se asentasen en los quipos, para que supiesen lo que daban y contribuyan muerto él y reynando su progenitor. Y si no era en un dia de gran regocijo, ó en otro que hobíese lloro ó tristeza por muerte de algún hermano ó hijo del rey, porque estos tales días se permitía contar su grandeza dellos y su origen y nascímiento, fuera destos, á ninguno era permitido tratar dello, porque estaba así ordenado por los señores suyos, y si lo hacían, eran castigados rigurosamente (40-41).

Dada la diversidad de los objetos mnemotécnicos prehispánicos, no sorprende saber que fueron recibidos de distintas maneras por los europeos: algunos fueron considerados más válidos, más valiosos o más confiables que otros. La validez, el valor y la confiabilidad de dichos objetos dependían del juicio de quienes los utilizaran o estudiaran, y con qué fin.

Hoy por hoy sabemos que entre las filas de españoles había discrepancias en cuanto a los alcances de los objetos mnemotécnicos amerindios, lo que pone en tela de juicio opiniones como la de Vivas, que anulan de raíz la posibilidad de una temprana comunicación entre europeos y amerindios. La historiografía contemporánea nos ha dado herramientas para matizar las cosas, y poner en perspectiva nuestros prejuicios sobre el choque de 1492, que, en buena medida, bien puede entenderse como un choque entre oralidad y escritura o, si se quiere, apelando a términos de Walter Ong, entre una cultura caligráfica aún dependiente de la oralidad, y una cultura de lo escrito recién iniciada en la revolución de la imprenta. Pero la cuestión no es tan sencilla.

En 2001, el historiador Jorge Cañizares publicó Cómo escribir la historia del Nuevo Mundo, un agudo y lúcido estudio. En el apartado que dedica a la discusión sobre la fiabilidad de las fuentes indígenas a los ojos de los españoles, Cañizares expone la profunda ambigüedad que había en torno al valor de los documentos prehispánicos y al testimonio de los indios. Según este autor,

 [e]l enfoque español del siglo XVI hacia documentos indígenas era un tanto paradójico. Por un lado, la mayoría de los autores se negaban a concederle a los sistemas de escritura incas y mesoamericanos la misma autoridad del alfabeto romano, considerado el ideal para transmitir datos históricos porque no dependía de ninguna exégesis oral. Pero esos mismos autores no dudaban en considerar que la información histórica almacenada en quipus y códices era confiable (129).

Fray Bernardino de Sahagún consideraba que su trabajo con pictogramas, glifos y códices era similar al del filólogo humanista, encargado de comentar e interpretar textos extraños, foráneos. Otros, como Diego de Landa, reconocieron “letras” en los glifos aborígenes. Otros más, como Diego Durán, al elegir entre una fuente española y una indígena para narrar la muerte de Moctezuma, privilegiaron los documentos amerindios:

 …si esta historia no me lo dijera, ni viera la pintura que lo certificara ‒argumentó Durán‒, me hiciera dificultad creer [el relato de la muerte de Moctezuma], pero como estoy obligado a poner lo que los autores [indígenas] por quien me rijo en esta historia me dicen y escriben y pintan, pongo lo que se halla escrito y pintado (cit. Cañizares 115).

De ser cierta la tajante afirmación de Vivas, no existiría ninguno de los ejemplos anteriores. Pero hay más. Cañizares refiere el testimonio del jesuita Bernabé Cobo, fallecido a mediados del siglo XVII, quien aseguró que “todas las historias españolas significativas” de Perú escritas en el siglo XVI “estaban basadas en entrevistas detalladas con muchos testigos y escribanos amerindios” (143). En efecto, tanto los objetos como los cantos y las explicaciones vinculadas a ambos sirvieron de fuentes primarias para la elaboración de numerosas crónicas virreinales. Sirva de ejemplo el caso de Betanzos en Perú. Este quechuahablante no sólo incorporó a su escrito cantos en español y nahua, sino que para elaborar su obra se valió de documentos y testimonios orales de familiares de su esposa (hermana de Atahualpa), e integró en su trabajo, gracias a su doble rol de autor e intérprete, algo de la visión de mundo incaico. Sin embargo, como previene Fossa, la elección de fuentes de Betanzos hace que su visión del mundo incaico esté más próxima a la de la nobleza inca que a la de los grupos indígenas enemigos de esta nobleza.

En México también tenemos pruebas de interpenetraciones e interpolaciones entre voz y letras. Georges Baudot certifica la elaboración de relaciones indígenas a lo largo de todo el siglo XVI para nutrir diversos textos: para los informadores indios del Códice florentino entre 1550 y 1555; para los del Códice Aubin en 1576; algunas de las mejores relaciones amerindias, en 1581, para el relato de fray Diego de Durán; para el texto del mestizo tlaxcalteca Muñoz Camargo de 1576 a 1585; para la Crónica mexicana en lengua española en 1598, etc. (“Prefacio” 12).

Con todo lo anterior no quiero decir que la transición de la oralidad  a la escritura, o de una visión indígena a una española ‒peninsular o criolla‒, haya sido fácil e indolora. Hubo violencia por ambas partes. Basta mencionar, por ejemplo, la cantidad de objetos y de personas que perecieron en el fuego del enemigo. No obstante, a la luz de estas afirmaciones, me parece que valdría la pena que repensemos la validez de la lectura habitual de la crítica de obras virreinales, que sostiene que en ellas sólo aparecen la voz, la mirada y la mentalidad hispánica. Quizá en esas obras la voz de los indígenas no está tan silenciada como hemos querido creer.

 

Bibliografía

Baudot, Georges. “Prefacio: contexto etno-histórico”, en Relatos aztecas de la conquista. Por Georges Baudot y Tzvetan Torodov. Trad. Guillermina Cuevas. México: Conaculta / Grijalbo, 1983: 11-54.

Cañizares Esguerra, Jorge. Cómo escribir la historia del Nuevo Mundo. Historiografías, epistemologías e identidades en el mundo del Atlántico del siglo XVIII. Trad. Susana Moreno Prada. México: FCE, 2007.

Cieza de León, Pedro. Segunda parte de la crónica del Perú, que trata del señorío de los incas yupanquis y de sus grandes hechos y gobernación. Ed. Marcos Jiménez de la Espada. Madrid: Imprenta de Manuel Ginés Hernández, 1880.

Fossa, Lydia. “La Suma y narraçion… de Betanzos: cuando la letra hispana representa la voz quechua”, 1997. Disponible en línea: http://bit.ly/M5EE9O Última consulta: 04 de junio de 2014.

Vivas Hurtado, Selnich. “Vasallos de la escritura alfabetica: riesgo y posibilidad de la literatura aborigen”, Estudios de Literatura Colombiana 25 (2009): 15-34.

 


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