Vanidad de vanidades

ImagenAdemás del amor, la venganza y el ansia de poder, tal vez la vanidad sea uno de los móviles más irresistibles del ser humano, en especial si consideramos que entre sus razones de fondo más poderosas se encuentran las tres primeras. A veces la conquista del ser amado, de un éxito de cualquier índole o el hacer pagar a otro por habernos humillado, no son más que revestimientos de una franca vanidad. Si nos despojamos del peso de estos asuntos y nos remitimos a la vida cotidiana, veremos que día a día emprendemos una lucha por mejorar nuestra apariencia, que si bien puede surgir de una genuina preocupación por la salud, la mayoría de las veces no es más que un vivo deseo de vernos bien y lucir nuestras cualidades físicas frente a nosotros mismos y frente a los otros.

Más que un defecto, creo que la vanidad es un móvil que, al igual que la inteligencia o la astucia, puede llevarnos por igual al bienestar o a la destrucción. El asunto, desde luego, no tiene nada de novedoso. Al contrario, es posible rastrearlo desde que el hombre es hombre y se reconoce como tal. En las siguientes líneas me detengo en un texto muy breve, y desafortunadamente inconcluso, que se dedica a aconsejar sobre un veta específica de la vanidad, la vanidad femenina: Cosmética para el rostro femenino de Publio Ovidio Nasón (43 a. C – 17 d. C.).

La Cosmética… es una curiosidad de la cual tan sólo se conservan cien versos. Fue desarrollada a la par con el Arte de amar, una de las obras más famosas de Ovidio, enfocada a dar consejos para bien ejecutar el arte del amor. Para Ovidio las artes amatorias comprendían diversos rubros y estrategias, no se trataba únicamente de saber hablarle al sujeto amado, sino de tener la sensibilidad y la astucia para acercarse a él, despertarle el deseo y mantenerlo vivo, y desde luego, cuidar el aspecto físico. En este sentido, podemos ver en la Cosmética… una especie de extensión de los múltiples consejos expresados en el Arte de amar, sólo que ahora dirigidos a un público y un asunto específico: el rostro de la mujer.

No falta quien haya leído la Cosmética… como una frivolidad, creada por un “poeta precario” y de “corto ingenio”[1]. Sin embargo, creo que esta obra en particular ofrece un sutil matiz a la producción de un autor que nada tiene de precario y sí mucho de ingenioso. La obra de Ovidio se suele dividir en los textos dedicados al tema amoroso, los de corte épico y los escritos en el exilio. El primer conjunto de textos, entre los cuales se encuentran Amores, Arte de amar, Cósmetica…, Remedios de amor y Cartas de las heroínas, corresponde a una época y una sociedad romanas en las que se gozaba de estabilidad política y, por lo tanto, había tiempo y espacios dispuestos para el ocio y el divertimento. Encabezada por el emperador Augusto (antes llamado Octaviano), quien había derrotado a Marco Antonio y Cleopatra, la sociedad romana experimenta un periodo de prosperidad en que la vida cotidiana se veía enriquecida por “el embellecimiento de la ciudad, los lujos y la gigantesca campaña de propaganda que rodeó al emperador” (Pacheco 17); aspectos que, en buena medida, contribuyeron a una tranquilidad y libertad de los individuos, que se vio reflejada en los múltiples espacios públicos de encuentro para los amantes y en la práctica del adulterio. Obsesionado por “sanear la moral pública”, el emperador estableció las leges juliae, una serie de edictos que penalizaban fuertemente a los adúlteros. Además había emitido otras reglas para modificar el vestuario de las mujeres, “que debían sustituir las hermosas telas transparentes de sus vestidos por una especie de blusa de tela gruesa y una discreta cinta de lana en el cabello” (Pacheco 14).

Si leemos la Cosmética… y los textos de Ovidio dedicados al amor a la luz de este contexto, veremos que los consejos del autor no sólo se corresponden plenamente con esta Roma, sino que implican una afrenta en contra de las leyes y la postura del emperador. Por muy breve que sea la Cosmética…, y por muy simples que puedan parecernos sus consejos, esta obra “puede leerse como un ataque frontal a las medidas tomadas por Augusto y una ridiculización de los modelos que trató de imponer” (33). Retomando toda una tradición de poesía didáctica, Ovidio se erigió, no con poca vanidad, como el poeta del amor, título que le valió el exilio de por vida. Veamos qué dice la Cosmética…, qué aconsejaba Ovidio a las mujeres de hace dos mil años[2].

El autor inicia comparando la belleza femenina con la naturaleza, en el sentido de que, así como la vegetación se “embellece a sí misma” dando flores y frutos, así la mujer debe preocuparse por realzar su belleza innata: “Aprended, muchachas, los cuidados que hermosean el rostro y el modo de proteger vuestra belleza. El cultivo obligó al suelo estéril a producir los frutos de Ceres; con él perecieron las zarzas espinosas. El cultivo dulcifica también los jugos amargos en las frutas, y el árbol injertado recibe recursos adoptivos. Todo lo cuidado gusta […]” (19).

Es curioso que, como parte de su introducción al asunto de la belleza, Ovidio ocupe unas líneas en advertir a las mujeres sobre el cuidado que los hombres se procuran a sí mismos, en el sentido de que es importante mantenerse al mismo nivel en materia del arreglo personal:“cuidaos de agradar, ya que vuestro tiempo tiene hombres preocupados de su atuendo; vuestros maridos se apoderan de los hábitos femeninos, y a duras penas puede la casada añadir algo al lujo de ellos…” (19-21). Pero más que la belleza en sí y el asunto de la vanidad masculina, Ovidio reconoce el sencillo placer de agradarse a uno mismo: “Hay incluso un cierto placer en gustarse a sí mismas; a las muchachas les preocupa y les resulta agradable su propia belleza” (21).

Una vez sentadas las bases de la belleza y el cuidado personal, el autor ofrecerá unas cuantas recetas para embellecer el rostro de la mujer. Aunque se trata de recetas por demás complicadas y laboriosas, Ovidio promete resultados efectivísimos, no muy disímiles de los ofrecidos por los productos de la cosmética contemporánea. La primera es para hacer “resplandecer una tez pálida después que el sueño haya relajado vuestros delicados miembros” (23):

Ingredientes:

Cebada sin cáscara.

Yero (leguminosa semejante a la lenteja).

10 huevos.

“Cuernos de ciervo” (tipo de planta llamada así por la forma de su hoja).

Harina fina.

Doce bulbos de narciso sin cáscara.

Goma con harina de trigo toscano.

Preparación:

Tomar la cebada y el yero en cantidades iguales y macerarlos con los diez huevos. Poner la mezcla a secar al aire libre. Moler los “cuernos de ciervo”, y agregar a la mezcla junto con la harina. Cribar y agregar los bulbos, previamente triturados en mortero de mármol. Agregar la goma y nueve veces un tanto de miel.

“Toda mujer que impregne su rostro con este cosmético ‒apunta Ovidio‒ resplandecerá más lisa que su mismo espejo” (23).

La segunda receta incluida por el autor no especifica para qué sirve, pero dice así:

Ingredientes:

Altramuces (planta conocida comúnmente como “chocho”, “lupín” o “lupino”).

Habas sin piel.

Carbonato de plomo.

Nitro rojo.

Iris (ópalo).

Preparación

Hacer que todos estos ingredientes sean triturados por “los fuertes brazos de un joven” (23-25).

Más adelante en el texto, Ovidio recomienda “los cosméticos que se sacan del nido de las aves quejumbrosas”, pues son muy efectivas para quitar las manchas de la cara (25). Y agrega una siguiente receta que, según dice, después de aplicada la mezcla, “ninguna rojez quedará en toda la cara” (25-27):

Ingredientes:

Goma (resina extraída de la corteza de los árboles).

Una pizca de mirra grasa.

Preparación: machacar, cribar, desleír el polvo en miel. Recomienda agregar hinojo, mirra y rosas secas, mezclado con jugo de cebada.

La última receta se encuentra inconclusa, y comienza refiriendo la descripción de una mujer que sumergía amapolas en agua fría, las machacaba y con ellas se frotaba las mejillas (27). Así quedó la Cosmética…, interrumpida sin más, antes de exponer los beneficios de la amapola en el rostro. Pero no es sólo esto lo que hay de interesante en tan peculiar tratado, pues Ovidio no comienza con las recetas antes citadas ni con destacar la importancia del cuidado personal, sino con el consejo más elemental de que, para procurarse un buen y duradero amor, lo esencial no reside en la apariencia: “Vuestro primer cuidado, muchachas, debe ser el del carácter. Un rostro gusta cuando se le asocian buenas cualidades anímicas. Es seguro el amor basado en el buen carácter; en cambio, el paso del tiempo arruinará la belleza, y el rostro que antes gustaba será surcado por las arrugas. Llegará un momento en que os contrariará veros en el espejo, y esa aflicción acudirá como causa de nuevas arrugas. Las cualidades morales son suficientes de por sí, duran toda la vida, por larga que sea, y de ellas pende felizmente el amor a lo largo de los años” (21-23).

Desde el principio resuena la sentencia: Vanidad de vanidades, todo es vanidad… y qué con eso, aquí algunos tips de belleza. Ovidio, desde luego, está jugando, por eso se permite iniciar con la relevancia del carácter y las cualidades internas, aunque después se dedique a resaltar el valor de la apariencia. Su Cosmética…,aunque inconclusa, permite ver los hilos de la burla y la verdad tan estrechamente entrelazados que es difícil discernir entre la una y la otra. Queda así el divertimento, la curiosidad y quizá uno que otro lector temerario que en secreto se dedique a comprobar la efectividad de sus recetas para embellecer el rostro o conquistar el amor.

 

 

Bibliografía

Ovidio. Cosméticos para el rostro femenino. Introd., revisión del texto, traducción y notas de Andrés Pociña y Aurora López. Madrid: Suplementos de Estudios Clásicos, 1977.

Pacheco, Laura Emilia. “Ovidio intacto” en El arte de amar de Ovidio. México: Océano, 2011.

Imagen: Fresco de Pompeya.

[1] Ver la introducción de Andrés Pociña y Aurora López a la edición que cito en este texto.

[2] La Cosmética… está datada en el siglo 1 d. C.


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