Las invisibles horas

ImagenEs relativamente común escuchar que un escritor escribe la misma obra a lo largo de toda su vida. Hay autores en cuyos textos identificamos un mismo sentido, genuino y recurrente, sin importar títulos, ediciones, tramas o personajes. En el caso de Esther Seligson (1941-2010), este hecho se corrobora de un modo sutil, a veces imperceptible, y otras, apenas como un breve guiño que puede llevarnos por caminos tan intrincados como fascinantes. Cierto es que su poesía, ensayo y narrativa se mueven en terrenos muy diversos, que abarcan desde el teatro hasta rituales de la ortodoxia judía; sin embargo, a todos ellos subyace un sentido que, creo, tiene que ver con lo que hay de trascendente en los seres humanos.

Más que detenerme en este sentido particular, quiero presentar dos textos en los que se advierten algunos de los juegos que solía articular la autora para ir sembrando pistas a lo largo de su obra. Bajo el título de “La invisible hora”[1] encontramos un cuento en Indicios y quimeras (UAM, 1989), y una serie de poemas de Rescoldos (Ediciones Sin Nombre y Ediciones Casa Juan Pablos, 2000). En apariencia, estos dos textos no guardan otra semejanza entre sí fuera del título; sin embargo, a través de una lectura detenida, podremos advertir varias correspondencias entre ellos.

El argumento del cuento “La invisible hora” es relativamente sencillo: un hombre lleva su reloj descompuesto a reparar. Aunque la reparación es muy sencilla (ponerle carátula), en el establecimiento le dicen que su reloj será puesto en observación durante diez días. El hombre, llevado por la curiosidad e intentando localizar dónde han puesto su reloj, entra a la zona restringida de la relojería, donde experimenta una especie de condensación de todo el tiempo en un solo instante: “todo se transformó en un alud de milésimas de segundos revoloteando por la galería, luciérnagas locas. Todo: el tiempo y la memoria, la memoria y el recuerdo, el recuerdo y lo continuo, lo continuo y la atemporalidad. Todo: lo que siempre había postergado, los momentos no vividos, las horas distraídas, los días gríseos, las semanas truncas, los meses desgajados como ramas secas, y algunos años, años purulentos enmoheciéndose en el olvido” (277). Esta condensación temporal no se circunscribe únicamente a la experiencia pasada del hombre, sino que más adelante en el relato, apelará al tiempo de los orígenes, a un momento primigenio en que el ser humano se veía por primera vez intentando nombrar las cosas, y su vida se regía por los ciclos de la naturaleza:

En su garganta, entonces, estalló en haz el grito, el espantable abismo. Y tornaron a romperse los cristales, pero hacia adentro, como soldándose al interior de sí mismos alrededor de ese punto, esa voz que era su voz, mas no la voz de los días diarios, sino otra, primera, prístino tic tac, polvareda de instantes recuperados en el barro del hombre original, en la simultaneidad del grano y la flor, de la cosecha y la siega: señales inequívocas del tiempo, su lenguaje de signos, su lenguaje de puertas abiertas al infinito. Ascendía en conmociones sucesivas, en sucesivas vibraciones, quitando a izquierda y a derecha las malezas, inventando su camino, liberándolo del silencio para transformarlo en palabra, articulación de nombres con que nombrar las cosas y rescatarlas de su limo movedizo, blanco rocío que detonó asperjando multitud de letras, puntos intermitentes como linternas golpeando en el paladar su pugna por brotar vocal, consonante, sílaba, onomatopeya, caudal de voces en elasticidad que se dilata, vibración rápida y ardiente que se abre paso hasta sus ojos y sus labios desde una profundidad que crece ascendente hacia lo semejante y lo contiguo en escalonamientos sucesivos (278).

La invisible hora del cuento se refiere así a esos hilos invisibles de tiempo que nos atraviesan en todo momento, a esa síntesis que somos de todo lo que ha acontecido y no, a nivel individual y colectivo. Al dejar su reloj en aquel sitio, las palabras de “Ella” habían resonado de algún modo en el interior del hombre. Ese reloj era un obsequio y cuando le fue dado, “Ella” dijo: “Este cristal no es para medir el tiempo, sino para despertar en la memoria cotidiana el destello de otros instantes que urge liberar de su prisión temporal” (274). Al entrar al taller de relojería, el hombre había logrado llevar a cabo esa liberación, y lo que sucede en torno a él y que se ha ido convirtiendo en una danza macabra de carátulas, agujas, cuarzos, resortes, engranajes, clepsidras, etc., es precisamente la conjunción de todos los instantes posibles. Al final, el hombre regresa por su reloj diez días después y lo encuentra en perfectas condiciones. Meses después lo pierde. Lo importante aquí no es el destino del reloj, sino la experiencia de tiempo que atraviesa al hombre en ese espacio dedicado a albergar un sinfín de instrumentos de medición del tiempo.

En el caso de “La invisible hora” incluida Rescoldos, nos encontramos con cinco poemas breves, en donde también se ponen en juego los mecanismos de la memoria, el olvido, el tiempo fragmentado y, en especial, el tiempo condensado, la idea del instante como contenedor de todo el tiempo que ha sido y no ha sido, que es y no es, que será y no será. En estos poemas no interviene nada que remita al argumento del cuento y, sin embargo, hay algo en ellos que implícitamente evoca esa liberación de instantes en un tiempo suspendido.

El primer poema inicia con una afirmación peculiar: “Hoy eras tú” (11). En adelante, tanto el yo que habla como el tú a quien se dirige experimentarán una serie de metamorfosis en donde ambos se corresponden:

Hoy eras tú

la hondura

el descenso

suave

la ondulada violencia

y yo la rama […]

la nube hendida […]

Hoy eras tú la vela

el agua mansa

el viento henchido

y yo el viajero

bordón en mano

que escudriña el horizonte […] (11-12).

Al final de este poema hace acto de presencia “la invisible hora”, dislocando también el tiempo, pero aún a la espera de que estalle “lo largamente contenido” (13).

El segundo poema se concentra en la permanencia vaga de las cosas: cómo el rostro del olivo se queda en la fuente, cómo resuena apenas el murmullo de los surtidores, cómo los espacios experimentan el paso del tiempo de un modo distinto a como lo hacen los seres humanos. El tiempo condensado aquí habita en los tejados, en el césped, en el arabesco damasquino, en las primaveras, los viajeros y los años que pasan. Este paisaje, que muy despacio se mueve a su propio ritmo, se transforma en una imagen más específica en el tercer poema: un tú y yo sentados, la cabeza de uno sobre el regazo del otro, ambos sueñan, uno llama al otro y en torno a ellos hay rosas, luciérnagas, arroyos, caracoles. En los últimos versos, una vez más, interviene “la invisible hora”:

La invisible hora

desciende

voy a tu encuentro

como va el desierto

en pos de la lluvia

las palmas extendidas

los brazos en cisterna

y verde la humedad en los ojos (17).

Este encuentro del tercer poema, en el cuarto se concreta en un encuentro amoroso, en el que también hay lugar para el paisaje que ha estado protagonizando cada poema. Ahora el tiempo es el de la vivencia del amor, igualmente como un tiempo suspendido o uno en el que se concentra toda la experiencia amorosa que fue, es y será. La culminación de este amor tendrá lugar en el quinto y último poema. Al igual que en el cuento, habrá una explosión liberadora de instantes, sólo que aquí vinculadas con los sujetos amorosos:

[…] sed de los sueños que se tocan

inagotable sed

se ovilla en el río la isleta

florecen los almendros

historias de antiguos dioses

conducen nuestro paso

almas contritas

mi mano roza tu frente

tus dedos trenzan mi cabello

-gesto inmemorial-

lo largamente contenido

estalla

y cae

en el silencio (21).

La “invisible hora” participa así de un cuento y una serie de poemas, entrelazando, más que tópicos, personajes o argumentos, la idea de un tiempo que es todos los tiempos, la experiencia de un algo semejante a la eternidad, a través de lo fantástico o mediante la vivencia del amor. Como apuntaba al inicio de estas líneas, la obra literaria de Seligson se caracteriza por estos juegos de títulos o guiños que, como lectores, nos involucran en un entramado de referentes adentro y afuera de su misma obra para encontrar, casi siempre, una constante búsqueda de lo trascendente.

 

Bibliografía

Seligson, Esther. “La invisible hora” en Toda la luz. México: FCE, 2006.

____________. Indicios y quimeras. México: UAM, 1988.

____________. Rescoldos. México: Ediciones Sin Nombre; Ediciones Casa Juan Pablos, 2000.

Imagen: “Reloj blando en el momento de su primera explosión”, 1954. Salvador Dalí.

[1] Este cuento, “La invisible hora” es incluido en Toda la luz (FCE, 2006). Las citas en este texto son tomadas de esta edición.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s