Leer bien, arriesgarse a mucho

critica-literariaEn el breve ensayo titulado “Humanidad y capacidad literaria”, incluido en Lenguaje y silencio, George Steiner pone el dedo sobre una herida muy vieja, que hasta hoy genera en algunos círculos antagonismos y disgustos, además de gran controversia. El texto se inicia así:

Al mirar atrás, el crítico ve la sombra de un eunuco. ¿Quién sería crítico si pudiera ser escritor? ¿Quién se preocuparía de calar al máximo en Dostoievski si pudiera forjar un centímetro de los Karamazov, o reprobaría la altanería de Lawrence si pudiera dar forma al huracán de El arco iris? […] ¿Quién querría ser crítico literario si pudiera poner los versos a cantar, o componer, a partir de su propio ser mortal, una ficción viva, un personaje perdurable? (19).

Estas palabras hacen eco de una vieja idea que de cuando en cuando renace, con mayor o menor virulencia, sobre la mesa de debate. Me refiero a la idea que pone al crítico como un escritor frustrado, como un vividor, como un hacedor de segunda mano. En “Humanidad y capacidad literaria”, Steiner parece sumarse a los detractores de la labor de la crítica literaria. Por ejemplo, cuando afirma que “[e]l verdadero crítico es un criado del poeta” (20), y debe “construir para el escritor un cuerpo de respuesta viva” (21); o cuando, hacia el final de su ensayo, califica al artista de “la fuerza incontrolable” (26). Sin embargo, estamos hablando de uno de los críticos literarios más renombrados de todos los tiempos. Entonces, conviene no sacar conclusiones apresuradas.

Steiner ubica al crítico en segundo lugar respecto al creador; segundo, al menos en dos sentidos. El primero es temporal: si no hay texto, el crítico carece de materia de trabajo. La relación es obvia. El segundo sentido es algo más complejo, pues sí implica una jerarquía, una valoración: “la crítica existe gracias al genio de otros hombres”, y “[n]o es la crítica lo que hace vivir al lenguaje”. El autor ―siguiendo a Matthew Arnold―, considera que la creación literaria sería de “un orden radicalmente superior” a la crítica literaria (20). Steiner admite estas afirmaciones como “verdades elementales” que todo “crítico honrado” se dice a sí mismo “en la palidez de la madrugada” (19).

Ahora, con esto el autor no pretende despojar a la crítica de su importancia ―enseguida veremos que para él sí la tiene―, sino denunciar el “efecto corrosivo” de concebirla como una “profesión de gran tono” (20), pedante, soberana. Ciertamente, en nuestros días hay quienes sustituyen la lectura de la obra con la lectura de la crítica sobre dicha obra: “como nunca antes, el estudiante y la persona interesada por la literatura lee comentarios y críticas de libros más que los propios libros, o antes de esforzarse por formarse un juicio personal” (20). Tal es el verdadero blanco de los reparos de Steiner.

Más adelante, el autor reconoce que “la crítica juega un lugar modesto pero vital”, y que tiene una triple función. Primera, “debe enseñarnos qué debe leerse y cómo” (23). Segunda, debe “establecer vínculos” entre obras del pasado y del presente, así como entre obras de diferentes naciones e idiomas (24-25). Tercera, y más importante, debe

preguntarse no sólo si tal arte constituye un adelanto o un refinamiento técnicos, si añade un giro estilístico o si juega astutamente con la sensibilidad del momento, sino también por lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral. ¿Qué medida del hombre propone esta obra? (25).

El tercer punto me parece muy relevante. A mi modo de ver, sintetiza la propuesta general del breve ensayo, relacionada con “la vida responsable de la imaginación” (20).

De acuerdo con Steiner, enseñar e interpretar la literatura constituyen actos morales. Por eso lanza un llamado a “alimentar la sospecha de que el estudio y la transmisión de la literatura tengan sólo un significado marginal, sean apenas un lujo apasionado, como la conservación de lo antiguo” (21). Al contrario, la literatura se ocupa del espíritu humano. Gracias a ella podemos entrar en contacto con lo que Frank Raymond Leavis denominó, como señala Steiner, “lo fundamental humano”. Se trata de la construcción de la imagen del hombre, a la vez que la conformación y los motivos de la conducta humana (20).

Por todo lo anterior, para Steiner, leer bien significa arriesgarse a mucho. Es penetrar en lo más hondo del sentido de la posibilidad humana: los motivos de su conducta, el desarrollo de su conciencia moral, la responsabilidad ante los demás. Es vulnerar nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos (26). Y la tarea de la crítica literaria es ayudarnos a leer como seres humanos íntegros, mediante el ejemplo de la precisión, del pavor y del deleite. Finalmente, Steiner concluye que, “[c]omparada con el acto de creación, ésta es una tarea secundaria. Pero nunca ha representado tanto. Sin ella, es posible que la misma creación se hunda en el silencio” (27).

 

BIBLIOGRAFÍA

George Steiner. “Humanidad y capacidad literaria”, en Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. España: Gedisa, 2003.


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