Vida de Luciano

paideiaEl sueño o Vida de Luciano es uno de los escritos más breves de Luciano de Samósata, un texto en el que el autor —sin lanzar una aguda crítica a la sociedad de su tiempo como en otros de sus textos— explica su vocación literaria y enuncia una clara recomendación para la juventud:

vuelvan sus ojos a lo que es mejor y reciban educación, especialmente si alguno de ellos, debido a la pobreza, siente ganas de obrar mal y se inclina por derroteros nefastos, echando a perder unas condiciones naturales bastante notables (Luciano, Obras II 130).

En El sueño Luciano relata que, cuando era un adolescente aprendiz de escultor, se le aparecieron en un sueño dos mujeres, la Escultura y la Educación, que le presentaban dos opciones profesionales distintas. Luciano eligió a la Educación o la Paideía (la educación literaria), la cual, a diferencia de la Escultura —de apariencia varonil, con pelo sucio, las manos llenas de callos— se le presentó hermosa y le reveló que gracias a ella podría enaltecer su espíritu.

El humor de El sueño se evidencia en la presentación y enfrentamiento gracioso de las figuras alegóricas, y en la parodia de los modelos clásicos, en específico, según explica García Gual, en la alusión a la obra de “un conocido apólogo del sofista Pródico: el de Heracles en la encrucijada de la Virtud y el Vicio” (García, XIII).

Pero lo que más resalta en este opúsculo no es sólo el humor, también sobresale la orientación humanística en la defensa que hace de sí misma la Educación; esta figura alegórica afirma que el espíritu y el conocimiento son los máximos bienes del hombre. La Paideía también exalta una tradición y una serie de valores defendidos por el humanismo (sensatez, justicia piedad, bondad, inteligencia, moderación, etc.), como puede observarse en la cita siguiente:

Si me hicieras caso a mí, en primer lugar te enseñaría muchas obras de los hombres de antaño, te contaré sus maravillosas acciones y sus palabras y te pondré en contacto, por así decir, con toda clase de saberes; y tu espíritu, precisamente lo que es más importante de ti, te lo adornaré con los más numerosos y más excelentes adornos: con sensatez, justicia, piedad, bondad, moderación, inteligencia, constancia, amor por lo bello y pasión por lo sublime; todo eso es el auténtico puro ornato del alma. No te pasará desapercibido ni lo pasado ni lo que tenga que pasar ahora, sino que incluso podrás prever el futuro en mi compañía, pues, en una palabra, te enseñaré en no mucho tiempo todo cuanto existe, tanto si es divino como si es humano. Tú que ahora eres un pobre, un don nadie, un hombre que está dando vueltas a su cabeza por un oficio tan innoble, dentro de poco tiempo serás emulado y envidiado, honrado y elogiado, teniendo en gran consideración por tus cualidades, blanco de las miradas de hombres que te aventajan en linaje y riquezas, con un vestido como éste —y se señalaba a sí misma; por cierto, que lleva un vestido precioso—, merecedor de un cargo político y de algún tipo de distinción. Y aunque salgas fuera, no serás desconocido o ignorado en tierra extraña. Te daré tales señas de identidad que cada uno de los que te vea, espabilando al vecino, te señale con el dedo diciendo: ‘¡Ahí está ése!’ y si algo digno de preocupación sorprendiera a los amigos o a la ciudad entera, todos pondrían al punto sus ojos en ti. Y cuando por alguna casualidad sueltes un discurso, la mayoría te escuchará con la boca abierta, asombrándose y felicitándote a ti por la fuerza de tus argumentos y a tu padre por su buena suerte. Dicen que algunos de los hombres llegan a ser inmortales; voy a procurar esto contigo. Pues aunque te alejes de la vida, nunca dejarás de estar en contacto con los hombres con cultura y en compañía de los mejores. Fíjate, por ejemplo, en el famoso Demóstenes, de quién era hijo y cómo lo transformé yo. Ya ves Esquines, que era hijo de una panderetera, y sin embargo y merced a mí, Filipo lo colmó de toda clase de atenciones. El mismísimo Sócrates fue educado también por la Escultura, pero, en cuanto tuvo conocimientos de lo mejor, se escapó de ella y vino a mi vera; ya estás oyendo los cantos que todo entonan (Luciano, 126-127).

Bibliografía

Luciano. Obras I. Carlos García Gual (Intr.). España: Gredos,2002.
Obras II. España: Gredos, 2002.


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