La literatura: espejo vs. ventana

Autor: Spam. Fuente: http://goo.gl/zKEHXI
Fuente: http://goo.gl/zKEHXI

Seguramente todos hemos escuchado alguna vez decir que los textos literarios, sobre todo los narrativos, son como espejos en donde “nos reflejamos”. De ahí que mucha gente los lea buscando en tal o cual personaje sus propias virtudes o corrupciones, sus aciertos o errores, sus manías o carencias, sus luchas, sus emociones, sus pensamientos, sus miedos. En esta afirmación hay algo de verdad. A final de cuentas, la literatura se funda sobre imágenes estéticas del paso de la Humanidad a través de los siglos, y sobre la elaboración artística de la experiencia vital acumulada durante ese trayecto. En todo caso, se trataría de una cuestión a escala colectiva, no individual, como quizá se ha entendido en nuestro tiempo, signado por el individualismo. La Modernidad ‒algunos dirían la “Posmodernidad”‒ ha interpretado de manera muy limitada la idea de la literatura como “espejo”, y buena parte de los lectores de hoy leen textos en los cuales haya un personaje con quien puedan identificarse, porque ansían descubrir en ellos su propio rostro. También hay escritores que se esmeran por “contar su historia”, movidos por el deseo de “exorcizar” el peso de la realidad (catarsis) o de llegar a un lector empático, sensible a los conflictos, los dilemas y las vivencias representadas en el texto. Ambas posturas aquí descritas, la del lector y la del creador, responden a los presupuestos del pensamiento literario moderno, que es, como ya dije, el individualismo. La escritura y la lectura se quedan en un nivel superficial, es decir, en el plano horizontal e inmediato de la vida. El problema con la imagen del espejo es que, en lugar de abrir vías a la diversidad, las cierra. Llevada al terreno de la crítica literaria, la posición individualista supone además obstáculos insalvables para la valoración crítica y estética, pues el valor de las obras de arte sólo puede establecerse a escala de la Humanidad. Según explica Luis Beltrán, “la dimensión esencial de la estética es su verticalidad, la gran evolución. Verticalidad significa lo opuesto a la horizontalidad de las historias culturales, encerradas en una época determinada, y, por supuesto, lo opuesto al esencialismo ahistórico de la estética teórica y otras teorías sistemáticas” (2004, 9).

Tal como el título de esta nota lo anuncia, voy a plantear un contraste. En mi opinión, concebir la literatura como una ventana, esto es, como un espacio desde donde mirar al otro, ofrece ventajas superiores a concebirla como espejo. Si éste sirve para mirarse a uno mismo, la ventana sirve ‒o puede servir‒ para mirar a los demás, para entrar en contacto con todos los que no son “yo”. Entonces, asomarse a textos literarios que trascienden las fronteras del individualismo es asomarse a la diversidad humana, a lo que como colectividad fuimos, somos y podríamos ser. Contrario a lo sostienen algunos, la mirada ajena no impide que nos conozcamos a nosotros mismos. De hecho, es todo lo contrario: para conocernos a nosotros mismos necesitamos del otro como otro. Para demostrarlo basta un ejemplo muy simple: un espejo no puede enseñarnos completo nuestro cuerpo. Hagamos lo que hagamos, no podremos contemplar en él nuestra cabeza vista desde atrás, ni nuestra nuca, ni nuestra espalda entera. Para ello precisamos al menos de un segundo espejo, ubicado en una posición diferente del primero, sobre el cual debe reflejar las partes que están fuera del alcance. Claro, este problema hoy por hoy lo resolveríamos fácilmente usando una cámara con disparador automático, pero la idea de fondo se mantiene: concebir la literatura como espejo es empobrecerla, es restringir sus alcances al aquí y al ahora, es perder de vista su dimensión profundamente histórica, colectiva. En palabras de Beltrán,

El artista, el creador se sitúa en una orientación estética que tiene un alcance histórico y que no puede reducirse a normas. Ese situarse del creador en el dominio estético consiste en comprender la vida y darle una respuesta artística, que supone una valoración y que se articula en una determinada tendencia histórica de la imaginación (2004, 123).

Es bastante obvio que nadie alcanza la “comprensión de la vida” mirando sólo su propia existencia, sus propios problemas, su propio conocimiento… Comprender la vida exige apartar la vista de nosotros mismos y prestar atención al otro y al mundo, establecer contacto y hasta polémica con ellos. Comprender la vida implica ser capaz de ponerse en el lugar de los otros, ubicados en diferentes tiempos y en diferentes lugares. Comprender la vida implica entrar en diálogo con el resto de la Humanidad. De ahí que sea tan urgente volver a poner sobre la mesa de debate el lugar de las artes, que en la actualidad son vistas, casi siempre, como disciplinas ociosas, de lujo, vanas, o como pasatiempos, modas o diversiones mundanas.

 

Bibliografía

Luis Beltrán Almería. Estética y literatura. España: Marenostrum, 2004.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s