Las desventuras del prodigio

???????????????????????????????Pensar en la virtud extraordinaria que ciertos sujetos tienen para desarrollarse en el terreno de las artes siempre ha sido transitar por un terreno lleno de incertidumbres. El debate entre si un artista nace o se hace se despliega por varias facetas en las que ya no sólo interviene la predisposición del individuo para la creación artística, sino que incluye otro tipo de agentes como las condiciones de su ambiente, el estudio constante, la inspiración, etc. Cierto es que existen casos de gran genialidad en el campo de la música, las letras y la pintura, por ejemplificar con los que de inmediato acuden a la memoria; casos en los que las condiciones han sido de lo más adversas y los esfuerzos del creador por desempeñarse en su área, casi una lucha entre la vida y la muerte. Sin embargo, siempre queda entre las posibles conclusiones respecto a este asunto, la inclinación hacia una especie de equilibrio entre la genialidad innata y el estudio y la dedicación.

Mediante una prosa nada menos que genial, Irène Némirovsky (1903-1942) explora todas estas facetas del acto creador en Un niño prodigio. La historia de Ismael Baruch, el hijo menor de una familia de ropavejeros, comienza en el rincón de un pobre barrio judío en una gran ciudad marítima de Rusia. Al cumplir los diez años, su padre puso en él una última esperanza de educarlo invirtiendo algo de dinero en el rabino que enseñaba el alfabeto judío a los chicos del barrio. Ismael aprendió rápidamente no sólo a leer y escribir, sino también a entonar oraciones y a recitar pasajes de la Biblia. A pesar de que su educación iba por buen camino, el chico empezó a escaparse a vagabundear por el mercado, la plaza y sobre todo, en las noches, por los tugurios de marinos y cargadores que pronto hicieron de él su diversión, haciéndole beber hasta la embriaguez. En este ambiente conoció a Sidorka, un marinero de quien aprendió las canciones populares que se entonaban en el río y gracias a quien la suerte de Ismael habría de cambiar: una noche Sidorka se encontraba profundamente triste por la muerte de Lisanka, la mujer con la que vivía. Ismael intentaba hablar con él, ofrecerle quizá algún consuelo, pero el hombre, tan triste como borracho, sólo atinaba a decirle “cántame, pequeño, canta…”. El chico entonó una canción de esas que tal vez había aprendido del mismo Sidorka, pero el hombre no quiere escucharlas. “No, no, cántame algo de Lisanka, de Lisanka”.

Entonces Ismael, cerrando los ojos, se puso a cantar, a salmodiar más bien, con una voz lenta y pura que vibraba de forma singular en el silencio de la noche:

Está muerta y yo arrastro mis inútiles días

como el pescador tira de las redes vacías.

Llevado por ese impulso inicial, Ismael continuó cantando, improvisando frases cuyo origen desconocía y que acompañaba con el ritmo popular de las canciones del río. Su voz atrajo a algunos hombres de las tabernas que lo rodearon embelesados por su canto y quienes le hicieron cantar durante toda la noche y “repetían a coro las cantinelas que él descubría en su alma como tesoros depositados por Dios en ella desde toda la eternidad”.

En el ambiente más sórdido, bajo y miserable, las canciones de Ismael adquirían un brillo peculiar y su fama iba incrementándose, al punto de que pronto empezaría a cobrar por sus canciones. Su suerte se modifica una vez más con las visitas del barin[1], un hombre rico que llega a la taberna para escuchar a Ismael. Las preguntas del barin hacia el chico, surgen de esa curiosidad por desentrañar de dónde viene su talento:

-¿Dónde has aprendido tus canciones?

-En ninguna parte… las invento.

-¿Quién te ha enseñado a traducir así lo que piensas y lo que sientes?

-Nadie… Todas esas cosas que digo cantan dentro de mí.

Después de una larga ausencia el barin regresa y se lleva a Ismael en calidad de “obsequio” para su amante, una mujer seductora de quien rápidamente se enamora el joven poeta. La mujer reconoce el gran talento de Ismael y llega al acuerdo de darle una cantidad de dinero a la familia de ropavejeros con tal de proporcionarle una educación adecuada y toda la comodidad para que desarrolle sus cualidades. El barin, sin embargo, había advertido ya, tal vez sin quererlo, el destino que deparaba al pequeño poeta cuando lo vio cantar por primera vez frente a su amante:

Es feliz así… es feliz porque no conoce su propio genio… El día que lo conozca será desgraciado… También yo fui un gran poeta.

La nueva vida de Ismael, llena no sólo de comodidades, tranquilidad y lujos, sino de instrucción particular en materia de artes y ciencias, no será en su caso el terreno idóneo para llevar al máximo su genialidad. Al contrario, la piedra en bruto que ha dado sus primeros brillos expresados en su voz y en sus cantos, se advierte de pronto ridiculizada por la grandeza de los poetas que va encontrando los libros. Conocer su tradición le hace sentir diminuto e ingenuo, además de incapaz de sobrellevar el sentimiento de amor tan incontenible que le inspira la mujer que lo ha adoptado.

El destino del niño prodigio se va llenando de obstáculos. No son sólo los sentimientos encontrados al no poder hallar más, dentro de sí, esas palabras que parecían haber sido depositadas por Dios en su interior, sino que ahora sabe del trabajo que requiere el oficio, de la dificultad para trabajar con una materia tan dura y flexible, tan precisa y ambigua como es el lenguaje. Su mirada no es la misma, pues en sus ojos brilla ahora un fulgor febril que no será nunca correspondido por la mujer a la que ama. Su voz también empieza a sufrir cambios, su cuerpo se modifica paulatinamente sin mucha proporción…

Pareciera que para Ismael Baruch, la genialidad sólo estaba destinada a mantenerse firme en la bajeza y en la adversidad, siempre y cuando permaneciera inocente e ignorante respecto a las grandezas del mundo. Lo que comienza casi como un milagro, poco a poco se va desvaneciendo al querer hacerlo crecer y llegar a ser más allá de lo espontáneo. Este texto de Némirovsky, publicado a los 24 años, cuando la autora también empezaba a dar muestras de su joven genialidad, termina por evidenciar una faceta de las cualidades artísticas innatas que cuando creen encontrar las óptimas condiciones para su feliz desarrollo sólo se hunden en la ruina del prodigio que apenas fue.

 

Némirovsky, Irène. Un niño prodigio. Trad. Miguel Azaola. Madrid: Alfaguara, 2009.

[1] Término que refiere a los miembros de una clase superior.


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