Del amor

amor cortésLa pasión amorosa es sufrimiento, ardor, algo que se padece, según consigna un código de la Edad Media. Recuerdo infinidad de ejemplos cinematográficos, literarios, televisivos y hasta de la vida cotidiana en los que la pasión que, advierte el escritor Denis de Rougemont, hemos llegado a ver como “una promesa de vida más vivaz y un poder que transfigura lo que está más allá de la felicidad” (Rougemont, 16)termina no sólo por extinguirse, sino por dejar heridos, casi de muerte, a los amantes, moraleja que invita a contener cualquier arrebato amatorio so pena de castigo.

Corría el año de 1883 cuando el filólogo Gaston Paris denominó como amor courtois —amor cortés, también llamado en los versos medievales ars amandi, fin’ amors, bon’ amors, etc. al código aristocrático de la poesía trovadoresca, que daba cuenta de la sumisión de los caballeros por lo general jóvenes solteros ante sus damas, como expresa la siguiente composición[1] de Raimbaut de Vaqueiras (1180-1205):

Io son quel que ben non aio Ni jamai non l’averò, Ni per april ni per maio, Si per ma donna non l’ò; Certo que en so lengaio Sa gran beutà dir non sò, Çhu freca qe flor de glaio, Per qe no m’en partirò. Belle douce dame chiere, A vos mi doin e m’otroi; Je n’avrai mes joi’entiere Si je n’ai vos e vos moi.

Yo soy aquel que ni tiene bien ni nunca lo tendrá, ni por abril ni por mayo, si no lo obtengo de mi dama; es cierto que en su lenguaje no sé decir su gran belleza: es más fresca que la flor del gladíolo, por lo que no me apartaré de ella. Bella dulce dama querida, a vos me doy y me entrego; nunca tendré gozo cumplido si no os tengo a vos, y vos a mí (Riquer, Trovadores 841).

La poesía trovadoresca nació a finales del siglo XI en Aquitania y en Galia Narbonense, y pronto se extendió a otras regiones como Cataluña y el norte de Italia. Aunque hay discrepancias entre los estudiosos, se afirma que esta poesía se basa en un concepto feudal de la vida: desde el momento en el que amor toca a la puerta, la dama, la domna siempre una mujer aristócrata, se convierte en dueña del trovador, a la manera de señora feudal.

En este código, amar no sólo obliga a servir, también exige el seguimiento de una norma, explicitada en la poesía de los trovadores y en obras como De arte amandi, de Andrea Capellanus. A continuación cito algunas de las reglas del tratado de Capellanus: “El matrimonio no es una excusa contra el amor”; “Quien no es celoso no puede amar”; “No se debe amar a alguien con quien te avergonzaría contraer matrimonio”; “A la muerte de su amante, el superviviente aguardará dos años; “El amor debe aumentar o disminuir siempre”; “El verdadero amante no encuentra bien nada que no plazca a su amada”; “No duerme ni come, aquel a quien pasión de amor corroe”; “Viendo de pronto a su amada, el corazón de su amante debe palpitar; “El amor casi nunca perdura cuando es revelado”; “El amante verdadero no desea más besos que los de su amada”; “Nadie debe sin razón bastante ser privado del objeto de su amor”; “Todo amante empalidece frente a su amada”; “No seas maledicente”; “No divulgues los secretos de los amantes”; “Mantente puro para tu amante”; “Permanece siempre atento a todos los mandamientos de las damas”; “Muéstrate educado y cortés”; “Intenta siempre ser digno de pertenecer a la caballería de amor”; “Nada impide a una mujer ser amada por dos hombres, ni a un hombre ser amado por dos mujeres”; “El enamorado siempre teme” (Capellanus, Arte s/p).

El historiador Georges Duby advierte que la obra de Capellanus, escrita en clave irónica, critica y regula el amor cortés. El tratado describe el fin’ amors, explica las reglas del juego y, al mismo tiempo, se ríe de los refinamientos excesivos de algunos trovadores. De arte amandi le recordaba a los jóvenes que era necesario dominar la pasión, respetar las prioridades sociales, limitar y legislar la sexualidad extraconyugal, con el fin de no turbar la paz y el orden. Por ejemplo, advierte Duby, “Andrés recomendaba, a falta de amor «puro», el amor «mezclado», es decir, la adopción, durante el coito, de posturas y de técnicas gracias a las cuales la aproximación de los cuerpos, sin dejar de ser placentera, corría menos riesgos de dar a luz[2], fuera del matrimonio[3], herederos ilegítimos” (Duby, “Modelo” 317).

No hay que olvidar que la dama estaba casada, por lo general, con el “señor” de su “amigo” del juego amoroso, en cuya trama podían intervenir otros personajes: los lausengier, los lisonjeros y aduladores del señor feudal; el marido celoso o gilós; los calumniadores o maledicentes; el vigía o ayudante que concierta y cuida los encuentros amorosos. El amor era una prueba para el caballero, una enfermedad de la cual, si lograba curarse, saldría muy fortalecido; el amor cortés, con todo y su naturaleza adúltera, se fundaba en la mesura, la amistad, el dominio y la continencia de las pasiones tanto del hombre como de la mujer, y no revertía las relaciones jerárquicas. Asimismo la naturaleza antimatrimonial del amor cortés permitió revolucionar las costumbres y la sensibilidad de aquel tiempo, ya que a partir de su aparición se admitió la existencia de otro tipo de relaciones entre los sexos, distintas a aquellas impulsadas por el instinto, la fuerza, el interés y el conformismo (Goff, Civilización 314-315).

Lo femenino se sublimó en el fin’ amors, como un medio para enaltecer la espiritualidad y la virilidad del caballero cuando se encontraba con la élite, ya que el “cortés”, que tanta mesura mostraba entre los suyos, podía acosar y violentar a su antojo a las otras mujeres, las humildes villanas (Duby, “Modelo” 306). El amor cortés le cantó a la dama, exaltó los celos, habló de secretos, penas, rompimientos, triangulaciones y adulterio, la piedra angular, según Rougemont, del amor-pasión, el cual siempre termina en la desgracia.

Considerando la situación actual, es cierto que las relaciones entre los sexos se han transformado. Sin embargo, la fórmula pasión-amor-desgracia sigue viva en muchos corazones, educación sentimental que más vale no negar: “porque el amor cuando no muere mata/ porque amores que matan nunca mueren”, avisa una canción que recuerdo.

Bibliografía

  • Capellanus, Andreas. De Amore (1184-86). A treatise on Courtly Love (Excerpts). http://sites.fas.harvard.edu/~chaucer/special/authors/andreas/de_amore.html Consultado en: 12 de septiembre de 2014.
  • Duby, Georges. “El modelo cortés” en Historia de las mujeres. La edad Media. La mujer en la familia y en la sociedad. México: Taurus, 1992.
  • Goff, Jacques Le. La civilización del occidente medieval. Barcelona: Paidos, 1999.
  • Riquer, Martín de. Los trovadores. Barcelona: Ariel, 2011.
  • Rougemont, Denis de. Amor y occidente. México: Conaculta, 2001.

[1] Un poema escrito en cinco idiomas (provenzal, italiano, francés, gascón y gallegoportugués), tal vez por el internacionalismo de los trovadores, quienes solían viajar a cortes de distintos señoríos, y debían adaptarse a públicos diferentes.

[2] Por las políticas de los linajes nobles, explica Georges Duby, los casamientos de los varones eran reducidos para limitar las divisiones sucesorias. Las familias se preocupaban en casar bien sólo al hijo mayor. La caballería estaba conformada por estos hombres sin esposa, celosos de los maridos. La gloria de los caballeros en la vida real consistía en seducir a una mujer de buena condición y poseerla (Duby, “Modelo” 309).

[3] Para la época, el matrimonio era un convenio fundado en intereses económicos, de herencia y progenie. Además, la Iglesia advertía que la unión conyugal debía fundarse únicamente en el “afecto”, y no en el “amor”, causante de la pasión, es decir, de una enfermedad.


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