Perversas intuiciones

Thalia. Ira TsantekidouHay mucho de sorprendente en la escritura de Joyce Carol Oates. En su poesía, la síntesis y las palabras más precisas se entrelazan para hilvanar paisajes, las más de las veces, inquietantes. Fiel a la tradición anglosajona de mostrar los hilos de una historia en el poema, Oates va dosificando los sucesos y las características de los personajes para articular fragmentos de una trama intensa, enrarecida.
Ya sea que sus poemas se encuentren habitados por animales o personas, la presencia reiterada de la muerte real, simbólica o próxima, y del amor atravesado por ella, nos sumerge en un mundo que difícilmente podríamos terminar de comprender y explicar con argumentos. Por ejemplo, en el poema “Loves of the Parrots”, lo que inicia con la colorida descripción de unas aves, poco a poco se transforma en un amenazante encuentro “amoroso” que culminará con una sentencia que engloba todo el sentido de esa relación entre las aves como metáfora del amor:

Giant parrots of Yucatán perching
splendid in the sun! Bright, green,
bright yellow, bright
arterial red!

Ruffling their beauty in tireless
search of lice! Picking
their toenails with imperial beaks!

Desire galvanizes the male
like an electric shock,
and there’s the shriek
all females fear-
You! or Here! or Now! Or
Why did you think you could escape me!

Such throes of love!
Mad eyes ringed in white!
Giant beaks hook
and crack,
bloody breast feathers go flying!
Bright green, bright yellow,
Bright arterial red!

Love, not death, is the bitter thing.

No será muy distinta la sensación que nos dejen poemas como “Your Blood in a Little Puddle, On the Ground”, “I Saw a Woman Walking into a Plate Glass Window” o “The Consolation of Animals”.
Su narrativa tampoco estará exenta de esta intervención del amor como ámbito en el que la muerte se cifra como destino y posibilidad, además de que se verá matizada con otros varios sentimientos, pulsiones, deseos y reacciones humanas muy cercanas a todo aquello que ha dado en llamarse perversión y rara vez encuentra “explicación lógica”. Más allá de las perversiones vinculadas al ejercicio de la sexualidad, la raíz de la palabra nos remite a una torsión o desviación de lo que se considera el curso “normal” o “natural” de las cosas. Justamente lo “normal” y lo “perverso”, tomados en su más convencional acepción, son los que se ponen en juego en la narrativa de Oates. Recuerdo ahora, sólo por mencionar un título de su ingente obra, su novela Bestias y cómo en ella palpitan personajes muy jóvenes, pero nada ingenuos, colegialas competitivas que se debaten entre la aceptación y sus propios límites respecto al cuerpo, la violencia, la crueldad; recuerdo una trama perfectamente urdida en la que en apariencia nada pasa pero donde quedan abiertas las posibilidades de que todo lo que somos capaces de imaginar haya sucedido.
De forma similar se colocan en la encrucijada los más oscuros deseos humanos en La hembra de nuestra especie, sólo que ahora enfocados, tal y como promete el título, en figuras femeninas que en cada relato dejan de sí la ambigua imagen de una perversión velada. Son las mujeres adultas atravesadas por el deseo, la pasión, el temor, la ambición o la frivolidad, las que protagonizan historias desconcertantes que culminan en misterio o muerte; no siempre estamos seguros. “Con la ayuda de Dios”, “Títeres de Madison” y “Hambre”, evidencian la condición de la mujer que ya no distingue el amor del temor hacia su marido, de la que envuelta en una vida de opulencia encuentra su propia perdición, de la que sin darse cuenta es capaz de asesinar por privilegiar su deseo, respectivamente.
Son también las niñas, a los 6 años o entre la pubertad y la adolescencia, esos momentos cruciales en que suele definirse el curso de la vida, las que insertan una perspectiva aún más inquietante: la de la “inocencia”, pero como arma letal bajo la cual se oculta la naturaleza humana. En “La banshee”, “Doll: una historia de amor a orillas del Misisipi” y “Obsesión”, por ejemplo, la mirada infantil viene a desplegar una serie de razonamientos internos en que las niñas exhiben su poder, su capacidad de odiar y de amar, su determinación para hacerse escuchar y ocupar el sitio que asumen les corresponde.
Leer a Joyce Carol Oates, ya sea en poesía o narrativa, es sumergirse en el oscuro mundo de nuestras bajezas y caminar en el borde difuso que separa lo “normal” de lo que no lo es. Es enfrentar la imagen de un amor encarnizado como el de las aves del poema inicial, capaz de cualquier cosa por imponerse. Es también y sobre todo, penetrar en la incertidumbre de aquello que implacable surge de las pulsiones humanas y se mantiene ajeno a lo racional, acaso sólo palpitando como una perversa intuición.

Oates, Joyce Carol. La hembra de nuestra especie. Trad. Gregorio Cantera. Madrid: EDAF, 2006.
______________. The Time Traveller. New York: The Ontario Review, 1989.
______________. Bestias. Trad. Santiago Roncagliolo. España: Papel de Liar, 2011.

Imagen: “Thalia” de Ira Tsantekidou. http://www.ira-tsantekidou.com/index.php?article_id=1&clang=0


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