Apuntes sobre las primeras expresiones del tiempo histórico en Mesoamérica

Creación del hombre, según el Popol Vuh
Creación del hombre, según el Popol Vuh

Antes de la invasión hispánica a nuestro continente, la agricultura era la forma básica de sustento de los pueblos indoamericanos, estrechamente ligados a la tierra. De hecho, el ser humano era una suerte de fruto privilegiado de la tierra En consecuencia, dichos pueblos se valían de los fenómenos naturales, extrahumanos, y de su simbolización para ubicarse en el incesante flujo del acontecer. La vida se interpretaba y regulaba en función de un tiempo cíclico, que es el tiempo propio de la siembra y de la cosecha (día y noche, el paso de las estaciones), y también el de las generaciones (nacimiento, reproducción, muerte). La relevancia de este tiempo en el universo indígena se constata con facilidad, por ejemplo, en la diversidad y la abundancia de los mecanismos e instrumentos diseñados para medirlo y registrarlo: quipus, calendarios, edificaciones, etc. Pero aquí no me interesa hablar sobre el tiempo medible y cuantificable, el tiempo abstracto, homogéneo y neutro, sino de aquel percibido como experiencia humana: el tiempo como temporalidad. Además, de una temporalidad con asomos de historicidad. Voy a tomar dos mitos como ejemplo, uno tomado del Popol Vuh y otro del Códice Florentino.

Hoy en día tenemos numerosos testimonios del fuerte vínculo entre la tierra y el hombre maya prehispánico. Sin embargo, es conveniente señalarlo, muchos de ellos fueron compuestos en el periodo virreinal. Uno de ellos es el mito de la creación del mundo y el origen del hombre. Como es bien sabido, según el Popol Vuh al principio “todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo”, por lo cual los dioses dispusieron crear al ser humano para que éste los alabara. Entonces, Tepeu y Gucumatz formaron y dieron vida a los animales. Pero éstos, desprovistos del don de la palabra, no los veneraron. A este fracaso siguieron dos más: el hombre de barro, que era incapaz de movimiento e inteligencia, y el hombre de madera, que podía moverse y multiplicarse, mas no poseía alma ni cerebro. Por último, Tepeu y Gucumatz formaron y dieron vida al hombre maíz, que enseguida elevó la voz para alabar a sus progenitores y resultó demasiado lúcido. Tepeu y Gucumatz, sintiéndose algo amenazados, lanzaron sobre los hombres su “vapor del cielo”, que les restó a los hombres algo de inteligencia y visión. Así, al tiempo-espacio cerrado e inmóvil –quimérico–, le sucede el tiempo del movimiento, la palabra y las generaciones.

Paso al segundo ejemplo. El mito del Quinto sol, incluido en el séptimo libro del Códice Florentino refiere cómo se explicaron algunas culturas mesoamericanas el paso del tiempo mítico, absoluto e inmóvil, al tiempo del ciclo de la vida humana, del movimiento, con sus correspondientes estadios de vida, muerte y resurrección (reproducción). Esto ocurrió “cuando aún era de noche, cuando aún no había luz, cuando aún no amanecía”, y “se juntaron, se llamaron unos a otros los dioses allá en Teotihuacan”, que era el lugar sagrado. Para iniciar el ciclo de la vida humana fue necesaria la muerte de los dioses y la superación de la noche inmóvil. Al sacrificarse, dos de ellos crearon el sol y la luna, y gracias al derramamiento de la sangre de los demás y a la intervención de Ehécatl, dios del viento, se logró el movimiento de ambos astros a través del firmamento. De este modo, tras la aparición de los ciclos circadianos, que posibilitaron la agricultura, arrancó el ciclo del hombre. Este relato incorpora rasgos estéticos de identidad, metamorfosis y renovación: Nanahuatzin se convierte en el sol tras autoinmolarse en el “fogón divino”; Tecuciztécatl se convierte en la luna; y Xólotl –un dios dual y transformista, al que podríamos asociar con la figura del trickster–, en un intento por evitar la muerte, huye y se convierte sucesivamente en planta de maíz de dos cañas, en penca de maguey y en ajolote, forma que tiene cuando al fin se le da muerte. Aquí se ve la brecha abierta entre el mundo de los dioses y los muertos y el mundo de los vivos o de los hombres, que, sin embargo, siguieron conectados por múltiples vasos comunicantes. Este mito servía para recordar a los hombres que había de verter su propia sangre en señal de gratitud y rendición a sus dioses, ahora internados en el Mictlán, la región de los muertos.

Como hemos visto, ambos mitos dan cuenta del paso de un tiempo estático y un espacio vacío, que es el tiempo del mundo quimérico, al tiempo de la experiencia humana, con sus procesos de creación y destrucción. A mi juicio, estamos ante dos expresiones de la aparición del tiempo histórico en Mesoamérica. El asunto no es menor, sino al contrario. Es de primera importancia para estar en condiciones de explorar y entender mejor las relaciones entre oralidad y escritura, así como entre los géneros literarios y extraliterarios de nuestro continente.


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