Por las minucias los conoceréis

640px-Alexander_visits_Diogenes_at_Corinth_by_W._Matthews_(1914)Para los filósofos de la Antigüedad, la sabiduría se evidenciaba tanto en los tratados, los diálogos, los debates o los discursos, como en la vida. En las biografías de los grandes pensadores de aquel tiempo, resaltaban anécdotas, dichos, sentencias, minucias de la cotidianidad, que servían de modelo de conducta e ilustraban la doctrina del filósofo.

Gracias a la recolección de esas minucias, nos enteramos que Jantipa —esposa de Sócrates, culpada de un malgenio terrible, como ya he mencionado en otra publicación— se sentía avergonzada de que unos ricos, invitados del filósofo, visitaran su humilde casa. Según deja constancia Diógenes Laercio, el sabio calmó así a su cónyuge: “No te preocupes. Si son moderados, se adaptarán; y si son pretenciosos, no nos importará nada su opinión” (Diógenes, 106). Por Diógenes también sabemos que Antístenes, el cínico, advirtió que la filosofía lo hacía capaz de hablar consigo mismo, que a Platón lo consideraba un vanidoso insufrible y que se preguntó “¿Pues qué he hecho mal?” cuando le hicieron saber que muchos lo elogiaban (281). Laercio nos informó que Alejandro Magno le hizo un ofrecimiento increíble al otro Diógenes, el cínico: “Pídeme lo que quieras”, dijo el monarca.  El sabio perruno tomaba un grato baño de sol antes de que Alejandro se plantara frente a él, y le solicitó al de Macedonia lo que más deseaba: “No me hagas sombra” (296).

La filosofía de la Antigüedad se apoyó en la escritura y en la voz: diálogos, tratados, biografías recopilaron anécdotas, sentencias y dichos memorables de raigambre oral. Asimismo el pensamiento de algunos sabios, que no legaron textos, se resguardó en anécdotas que sintetizaban vida y obra, entre las cuales debía haber concordancia. Es decir, las acciones del filósofo eran ejemplo de su doctrina.

Hacia el siglo I d.C., cuando la filosofía se orientó hacia el estudio de textos ya considerados canónicos, las biografías de los sabios formaban parte de la introducción o prólogo de los tratados. En dichos ejemplares, la vida de los filósofos podía resumirse en citas, anécdotas, sentencias o dichos memorables, cargados de oralidad, que guiaban a los lectores primerizos. Al escrutar en la existencia de los más doctos, los nuevos estudiantes guarecían las enseñanzas útiles en el recuerdo, en la parte afectiva “que el lector lleva siempre consigo y que puede revivir en cualquier momento” (Pérez, 81). Al mismo tiempo, con estas biografías, los discípulos hacían un esbozo de las ideas que el tratado desarrollaba.

La Antigüedad, que consideró a la memoria como una vía legítima de conocimiento, buscó en las obras de los filósofos modelos de conducta convincentes, los cuales se hicieron accesibles a un público mayor gracias al registro de las minucias cotidianas de los sabios. Sin embargo, la posteridad no siempre vio con buenos ojos esta forma de conocimiento. Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, del biógrafo griego Diógenes Laercio, corrió con esta suerte.

Algunos acusaron a Laercio de ser fatuo y poco riguroso, amontonador de opiniones vanas, chismorreador superficial, fastidioso, plagiario. Nietzche, por cierto, llamó a Diógenes “miserable compilador y un auténtico asno” (12). Aunque no hay que llegar a ofensas como las del autor alemán, algo hay de cierto en los cargos que se le imputaron al griego: el biógrafo no profundizó en las ideas ni escribió una historia crítica de la filosofía.

Vidas y opiniones de los filósofos ilustres es una obra que exhibe la ejemplaridad de los sabios en su vida cotidiana y no sólo en sus dogmas. Diógenes Laercio trazó una cronología del pensamiento griego, otorgó una exposición somera de las doctrinas, y describió el carácter y el temperamento de los sabios a través de anécdotas, dichos, burlas, epigramas, citas, epitafios, sentencias, máximas y doxografías.

El filólogo Marcello Gigante explicó que en la obra de Diógenes no hay grandes huellas de su tiempo, el siglo III d.C., un período de crisis en el que la vieja y la nueva religión, el Cristianismo, se enfrentaban; un tiempo cuya moneda corriente era la superstición y la idolatría. Hay, advierte Gigante, en la escritura caótica de Diógenes una sed del pasado, una necesidad de buscar en los grandes preceptores —en la sabiduría y la filosofía griegas enterradas en archivos o en bibliotecas— modelos “contra el fanatismo o el privilegio monopolista de la verdad” (24).

Laercio no fue riguroso, mas conservó tesoros de la Antigüedad de los cuales no se tendrían noticia sin su labor. La recopilación de Vidas y opiniones de los filósofos ilustre le incumbe también a la imaginación literaria, pues en la genética de ciertos géneros, como el tratado o el ensayo, circulan tanto dogmas e ideas complejas, como “la vida de los que fueron grandes preceptores del mundo”.

Lo anterior lo advirtió uno de los admiradores más renombrados de Diógenes, Michel de Montaigne, quien en sus textos ahondó en la muerte, la soledad, la desigualdad, la amistad o el arte de platicar desde la filosofía, la literatura o las pequeñeces de la vida cotidiana, que son quizás de las mejores consejeras en la comprensión de una ciencia complicada: “la ciencia —advierte el francés— que trata del conocimiento de mí mismo, la cual me enseña el bien vivir y el bien morir”. Quizá por eso Montaigne se lamentó de que no “tengamos una docena de Laercios”, espíritus más afines al recopilador o chismorreador que, a través de minucias, nos enseñó tanto de los sabios.

Bibliografía

  • Diógenes Laercio. Vidas y opiniones de los filósofos ilustres. Carlos García Gual (Traducción, introducción y notas). Madrid: Alianza Editorial, 2007.
  • Montaigne, Michel de. “De los libros” en Ensayos. http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/ensayos-de-montaigne–0/html/ Consultado el 26 de septiembre de 2014.
  • Pérez Cortés, Sergio. Palabras de filósofos: oralidad, escritura y memoria en la filosofía antigua. México: Siglo XXI, 2004.

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