Cantar al amor y otras empresas medievales

calixto_y_melibea_tabla_medie-632755Sé que en la poesía hay cabida para muchas cosas, que nunca se ha limitado a ser “expresión del alma”, sino que implica un arduo ejercicio con el lenguaje lo mismo que con la conciencia. Sé que hay poesía en la que predomina un saber erudito, una pulcritud exigente que, más que conmover, paraliza. También sé que hay poesía únicamente enfocada en evocar un sentir común a la mayoría y no siempre comprometido con las palabras. Hoy quiero hablar de la poesía que a mí me resulta cierta, de la que yo tengo por genuina porque en ella puedo advertir las fibras más entrañables de otro ser humano vivísimo y palpitante, preocupado por las exigencias del decir con este lenguaje nuestro, pero también entregado a las muchas posibilidades lúdicas de nuestra condición humana.

Dije que quería hablar de esta poesía, pero más bien quiero hablar de un poeta y una obra particular. Quería decir que Mester (2014) del maestro José Díaz Cervera es un ejemplo de algunas de las muchas implicaciones que conlleva el trabajo del escritor, del poeta. Que es también ejemplo de una poesía que no se queda en el banal regodeo con las referencias a una tradición remota, sino que dialoga con ella, la hace suya, la subvierte y se divierte (mucho) haciéndolo.

Si atendemos a aquella advertencia popular de que el hombre puede perder muchos sentidos en la vida, menos el sentido del humor, veremos que Mester es una obra en la que se filtra una risilla agridulce y juguetona que al final nos queda como el sentido más seductor tanto del libro como de la vida misma.

Desde el principio, Díaz Cervera se asume como “un artesano de las palabras”, trabajo ciertamente arduo que, si se llega a dominar, es capaz de hacer cualquier cosa: decir, celebrar, expresar, fabular, amar, inventar, compartir con otros todo lo anterior. El título, Mester, nos remonta de inmediato a la tradición medieval de los mesteres (del latín ministerium, literalmente “oficio”), composiciones de tema clerical, épico o lírico que cantaban, según el ámbito del que surgieran, asuntos religiosos o populares. Además de la clara referencia medieval, Mester se desliza en otras varias direcciones. La “Nota del autor”, nos ofrece una de ellas:

Tal vez eso que llamamos post-modernidad sólo sea en el fondo una nueva versión del Medioevo, aunque menos pintoresca y, por fortuna, más profana”.

Estamos en la tradición, pero también estamos aquí. Seguimos sufriendo y cantando por los mismos infortunios, vivimos el amor y el desamor con el ímpetu de siempre, en nosotros habitan dudas muy similares a las que inquietaban a los hombres de hace siglos. Tal vez por esta suerte de hermandad que parece disolver el tiempo, es que Díaz Cervera nos invita a continuar y a participar de su canto, siguiendo a su vez el consejo del Arcipreste:

“Cualquier homne que lo oya, si bien trovar supiere, puede más añadir e emendar si quisiere…”

Luego de estos breves apuntes, Mester inicia con una “Obra apologética” que nos introduce de lleno en este juego de palabras que son eso y todo lo demás, todo lo que el lector alcance a concebir en su imaginación a partir de este “opúsculo de artefactos literarios”. Como el título ya advierte, los textos o artefactos literarios toman el carácter de la apología, sólo que en defensa de asuntos por demás peculiares: “Apologética del caer”, “Apologética de la goma de borrar”, “Apologética del punto”, “Apologética de la cebolla”, “Apologética del mirar lascivo”. Aunque es posible identificar, en esta serie de apologéticas, temas universales como las relaciones amorosas, el destino de los hombres o la naturaleza humana, lo que aquí importa en realidad es qué de todo ello puede decirse y es dicho con la palabra, pues “¿Quién, sino el hombre, saca de la palabra oscuridad, nueces, vuelos de pájaros, silencios, inyecciones, hojas y señoras suaves?”.

Y más que la palabra, es la escritura la responsable de este decir del poeta, según refiere en su “Apologética de la goma de borrar”:

“Pudimos haber naufragado en la palabra, creación ajena, pero descubrimos la escritura y con ella perdimos la memoria individual a cambio de inaugurar la memoria de los hombres. Entramos así en una nueva dimensión del decir y del callar; a las palabras humanas se las lleva el viento, hasta que pudimos dibujarlas: no había salida, habíamos descubierto la manera de atraparlas, de dejar el testimonio de nuestra desnudez, de penetrar en el escalofrío, de pellizcar la eternidad”.

Pero después de la defensa del decir, lo único que importa es la canción y el juego, la celebración de una vida que siempre vivirá el amor y el desamor de la misma manera, que siempre cantará a la amada, a la ingrata, a la pérfida, a la musa, a la inolvidable; que en el siglo XXI al igual que en el Medioevo, padece y goza igual los obstáculos, triunfos y fracasos de la empresa amorosa. Así, los apartados que conforman el resto del libro se presentan como piezas que entonar a viva voz, o en el secreto de la confesión con los amigos, o con la lengua enrevesada en el rincón de una cantina o en el susurro de quien recuerda para sí la tonada, el estribillo, tan impregnado de otros tiempos.

“De amor y piedras” inicia con una sonora “Obertura con un redoble de timbal”, luego escuchamos la “Cántiga falsa de vero amor”, muy en el tono y con algo del espíritu medieval, pero muy contemporáneo en la contundencia de su decir:

II

Niebla soy, agua marina,

pez bogando en el espacio;

no enloquecido batracio

ni salmuera ni resina.

Tengo sangre en la retina

y en la migraña un flagelo,

que el bramido de tu hielo

me restriega en la tonsura,

hinchándome la ternura

desde la planta hasta el pelo.

A modo de contrapunto llega “De vena popular”, cinco poemas donde resuenan, precisamente, los ecos de la canción popular de amores no correspondidos, engaños, soledades, esperas, nostalgias y promesas. “Una canción de amor y tres sonetos” prolonga este tono, aunque recurra a ciertas formas clásicas evidentes. Finalmente, Mester se cierra, como toda digna borrachera debería: con la “caminera”, en este caso con “Un trago de ron japonés” y las suites que lo conforman: “Suite de los payasos”, “Suite de los buenos modales”, “Suite en hallux valgus” y la “Suite con Chavela Vargas”. De esta última cito fragmentos:

Ponme la mano aquí,

muchacha negra,

Macorina del viento, bruja blanca.

Te daré mi dolor y sus harinas,

te alquilaré la artritis de la luz

y esta inutilidad

y estas palomas.

Ponme la mano aquí,

mango del sueño

donde me crecen la extremaunción y la candela.

Si miras mis fragmentos,

te ocultarás en ellos.

Te hablarás por la cal y por mis poros

ya Macorina y pulpa,

ya silencio.

Ponme la mano aquí, pon tus cigarras:

tengo mujer y mar en el lenguaje,

tengo un olvido intacto con tu nombre

y tengo la combustión de ya olvidarte.

[…]

Ponme un suspiro aquí,

ponme tu rabia,

los piojos de tu sed, tus caracoles,

tu fonética sombra macorina,

tu hegeliano paso de borracho.

Ya no me alcanza el corazón:

soy la neblina enamorada del cigarro que descansa en tu ombligo,

y abril es todavía más cruel cuando Chavela Vargas raspa el aire.

Ponme el riesgo en la tapa de los sesos.

Ponme la mano donde no me alcances.

Así se va uno después del libro, después de la palabra en el poema, con un sentir tan agridulce como la risilla que atraviesa estos versos, con una cierta nostalgia de quién sabe qué –tal vez de algún amor medieval que no hemos podido olvidar del todo.

Esperamos la pronta presentación de este Mester y en el mientras tanto, seguimos acompañando su canto en la lectura.

Díaz Cervera, José. Mester. Mérida: SEDECULTA, 2014.

Imagen: Escena de Amor Cortés perteneciente al Codex Manesse, siglo XIV.


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