Los motivos de las palabras

Maquetación 1No soy buena entablando conversaciones. De hecho soy una calamidad. Estando frente a alguien se me revuelven todas las palabras en la punta de la lengua o de plano no se me aparece ninguna. Mejor guardar silencio. Por fortuna, tengo amigos que me salvan de mi calamidad, personas que logran anular esa torpeza mía y con quienes las palabras fluyen con la más cómoda espontaneidad, como si hubieran estado ahí toda la vida y reconocieran ese espacio justo entre nosotros como un hogar o un sitio al cual volver sólo porque sí, porque ahí se está bien y a gusto.

Por todo lo anterior creo que conversar es un arte y que los buenos conversadores, al igual que los artistas, nacen con una suerte de don para la charla. En ellos las palabras se sienten cómodas, diría yo, casi felices. Pero la conversación es mucho más, “la conversación –dice Villoro– es una manera de encontrar cosas perdidas, pero lo importante es que no siempre sabes qué estás buscando […] el depósito adonde finalmente llegan las cosas es un sitio un tanto mágico, donde los objetos no pierden su condición de estar perdidos o agotados. La conversación es un sitio semejante, de pronto aparece el calcetín impar, el objeto que habíamos buscado inútilmente en otro sitio sin saber que su escondite era la plática entre amigos”. Con este tipo de reflexiones inicia El ojo en la nuca, un conjunto de “conversaciones” escritas entre Ilan Stavans y Juan Villoro, recientemente editado por Anagrama.

Lo que empieza como un proyecto de cinco diálogos entre escritores que encaminarán su charla hacia temas bien específicos (Stavans propone hablar sobre México y ser mexicano, sobre la búsqueda de un estilo, las relaciones entre cuerpo e intelecto y el oficio literario), poco a poco se va matizando con anécdotas, recuerdos de infancia, opiniones personalísimas, apreciaciones sobre diversidad de temas, confesiones y muchas preguntas. Implícitamente, quienes dialogan se extravían y se encuentran por aquella idea de Borges:

“Borges dice que toda la cultura proviene de un peculiar invento griego: la conversación. De pronto, un grupo de hombres decidieron algo extraño: intercambiar palabras sin rumbo fijo, aceptar las curiosidades y opiniones del otro, aplazar certezas, admitir dudas”.

El prólogo a El ojo en la nuca discurre por estas reflexiones en torno a la conversación, pero también consiste en un primer acercamiento entre aquellos que conversan: se presentan a sí mismos a través de una descripción física que es, sobre todo, manifestación de la personalidad.

Villoro: Tengo una frente cada vez más amplia y barba progresivamente ceniza. Mis ojos son cafés, como los de mi madre; están más hundidos que los de la mayoría de la gente, como si necesitaran una cueva para ver. Tengo cejas pobladas, aunque no tanto como las de la habitante más famosa de mi barrio, Frida Kahlo. La nariz es un fracaso; no se decidió a ser recta o respingada, pero trató de serlo, se equivocó y perdió el ímpetu. Los dientes son pequeños y débiles, y por suerte se ven poco. Los labios están bien, pero se verían mejor en otra cara, tal vez de mujer. En los pómulos se me comienzan a formar arrugas por la risa.

Stavans: Mi cara, como el resto de mí, es inubicable. Soy mexicano, de herencia polaca, vivo en Estados Unidos… pero mi cara podría ser de cualquier parte. Con los años he perdido el cabello, lo que antes me preocupaba y hoy me alegra. No puedo ir a ningún sitio sin anteojos. Esos anteojos develan la parte de mi cara de la que más dependo: los ojos. Los míos son café. Son relativamente pequeños. Mi nariz es puntiaguda, aunque no tanto como la de mi padre […] Tengo la barbilla prolongada, algo que los caricaturistas siempre recalcan. Mis labios son sutiles; de hecho, a veces creo que no tengo labios […].

El primer diálogo, titulado “México duele”, se inaugura cuestionando la idea de nación, en especial en esta contemporaneidad que tiende a lo homogéneo y en la que resulta tan difícil abrazar una patria. En el caso específico de México, resulta inevitable dirigir la charla hacia las condiciones actuales de un país que se cae a pedazos, cuya historia es una sucesión de absurdos y despropósitos, donde la normalidad es vivir con miedo y con la única certeza de la incertidumbre. Si asuntos como la identidad, la patria, la nación, se encuentran tan tambaleantes en estos momentos, de qué hablar cuando se pretende decir algo sobre literatura mexicana.

El segundo diálogo, “Ensayos sobre el ensayo”, extiende el tema hacia la tradición ensayística latinoamericana concentrándose en particular en el papel del escritor en la vida pública, el que le corresponde y el que le atribuyen:

“En sociedades sin lectores, como la mexicana, el escritor adquiere un papel socialmente exagerado, pues domina una forma de la dificultad –la escritura- a la que muy pocos tienen acceso. Por lo tanto, se le pide que hable de cualquier tema, como si fuera un profeta múltiple […] pero creo que el papel del escritor debe ser más discreto en lo social y más profundo en lo intelectual”.

“Pelos en la lengua” inicia con una simpática referencia al cunnilingus en un intento por explicar el sentido de la frase, pero después se dirige a un intercambio de opiniones sobre los idiomas, los usos del lenguaje hablado, las traducciones, las lenguas y sus implicaciones históricas, personales, literarias; acerca de cómo se forja el estilo, la respiración del texto, según el idioma en que se escriba; sobre el castellano de España y de distintos países de América Latina, los acentos, las jergas… en fin, sobre ese universo lingüístico a través del cual nos decimos a nosotros mismos o a causa del cual nos desdibujamos.

“En el gimnasio” trata uno de los temas previstos desde el inicio de la conversación: las relaciones entre el cuerpo y el intelecto, o más bien, entre el quehacer literario y el hacer ejercicio. Como bien afirman los conversadores, nadie se imagina a Borges o a Neruda en el gimnasio y sin embargo, para ellos es inevitable pensar en todas las implicaciones que para ellos mismos tiene la experiencia del cuerpo en el ejercicio intelectual. Decir experiencia del cuerpo es ir más allá de la práctica de cualquier deporte, es también reflexionar sobre los estímulos que amplían la conciencia, la experimentación con drogas, la vivencia de episodios que nos llevan a otros estadios muy distintos de los que habitamos en lo cotidiano y que desde luego afectan la escritura.

El último diálogo, “El arte de equivocarse”, versa sobre el papel de escritor como figura pública al momento de impartir una conferencia o, en general, hablar en público. Lo que para uno es una posibilidad de pensar en voz alta y al aire libre, para el otro es el terror a la equivocación. Entre fascinaciones y temores, la conversación gira hacia la responsabilidad ética del escritor, pero también a la expresión de los motivos por los cuales cada uno escribe, a las “buenas acciones” a través de la maldad, a las creencias individuales acerca de Dios.

A modo de despedida, llega un “Epílogo” cuyo tema inicial es la mentira, pero que luego va cerrando este ciclo de diálogos no de una manera conclusiva, sino al modo de los amigos que prometen volverse a ver y mientras pagan la cuenta hablan sobre sus signos zodiacales. Al final nos queda la sensación, más que de haber charlado con alguien, de haber sido testigos de una charla, como si fuéramos nosotros quienes tienen ese ojo en la nuca para mirar desde la mesa de atrás cómo estos conversadores intercambian impresiones, se desarman, se defienden, ríen y se dan la mano. También nos queda la idea de que nada de esto ha sucedido en realidad, porque las conversaciones están ahí, muy bien escritas y articuladas muy literariamente en un libro… pero esto no importa mucho, pues luego uno recuerda que “la ficción es una forma de la realidad que no necesita ser verificada” y que tal vez la literatura no es otra cosa “sino una oportunidad de inventarle motivos a las palabras”. Y qué mejor motivo que una buena charla entre amigos.

Stavans, Ilan y Juan Villoro. El ojo en la nuca. México: Anagrama, 2014.


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