Acerca del alma bella, según L. Beltrán

Sócrates         En una conferencia inédita, Luis Beltrán Almería reflexiona acerca de dos conceptos fundamentales para el pensamiento estético de Occidente: la kalokagathía y el kalokagathós. El sentido de ambos conceptos puede traducirse, recuperando la propuesta por Beltrán, como “alma bella”, es decir, como una síntesis de lo bello (kalos) y lo bueno (agathon).

La kalokagathía era un ideal estético del mundo griego antiguo. Representaba la conformidad entre los valores (forma interna) y la forma externa, es decir, la unidad de la belleza moral y la sensible. El tiempo de la kalokagathía era el tiempo anterior a la ruptura entre moral y estética, entre alma y cuerpo, ser y parecer, materia y forma. Beltrán identifica huellas de la kalokagathía en Trabajos y días de Hesiodo, Dissoi logoi de autor desconocido, Hipias Mayor y Fedro de Platón, Económico y Banquete de Jenofonte y la llamada Novela de Hipócrates. Tras la irrupción del mundo histórico, se descompuso el concepto de kalokagathía, articulador de la estética tradicional, y de él nacieron los conceptos de la estética clásica e imperial. Desde la Antigüedad hasta nuestros días, la figura del kalokagathós suele presidir sobre todo géneros ligados al tiempo biográfico y al espacio público.

Una expresión literaria de la descomposición de la anterior conformidad entre forma interna y forma externa aparece en el mito de Pandora, incluido en Trabajos y días, en donde se registra el surgimiento de un nuevo tipo de belleza, de una nueva imagen de ser humano para un mundo igualmente nuevo, que es el de la no correspondencia entre las formas: la belleza sensible despojada de belleza moral. En Dissoi logoi hay otra muestra de esta descomposición: la figura del hombre experto o conocedor (epistaménos). Lo característico de esta figura es, explica Beltrán, su dominio de la lógica de la retórica y su relativismo valorativo, es decir, su particular manera de situarse frente a los valores. La kalokagathía se ha disgregado aquí en cuatro dominios concebidos como dominios separados, aunque no aislados: moralidad, estética, justicia y verdad. En Hipias Mayor y Fedro –también en República– se pasa revista a los argumentos en favor y en contra de las nuevas concepciones de los valores (belleza, bondad, justicia, verdad), y se abre camino la figura del filósofo como nuevo kalokagathós. Beltrán encuentra en Económico el “testimonio más completo” sobre el kalokagathós, ahora entendido como un educador ubicado en un mundo complejo, el del monetarismo y las leyes, que ha sustituido al de la tradición, regido por la autoridad patriarcal y los valores del linaje.

El período helenístico atravesó tres grandes momentos o posturas frente a los valores: escepticismo, dogmatismo y criticismo. De los tres me interesa aquí el primero. En el escepticismo despunta la figura del orador ciceroniano (orator), que no es el hombre de las tradiciones hecho filósofo, ni tampoco es el erudito (sofista) o el sabio (sofos) salido de las escuelas de retórica, sino de los paseos de la Academia. Para decirlo junto con Beltrán:

La imagen ciceroniana del orator es la de un político sabio, con un saber basado en la filosofía y adornado por la elocuencia de la retórica. En otras palabras, Cicerón ve la necesidad de un nuevo tipo de líder político, capaz de ver más allá de la actualidad, de concebir un programa político para la república.

La imagen del político sabio es fundamental para entender el estrecho vínculo entre kalokagathía y vida pública en el mundo histórico. Tal vez cabría pensar este vínculo como un punto de partida para comprender mejor el papel de la figura del intelectual en la historia cultural de Occidente.

Cierro este breve repaso con el comentario relativo a la Novela de Hipócrates, que introduce la risa en el panorama: Demócrito se ríe de la desigualdad y del hombre sin razón, dominado por sus pasiones. Este hombre se contrapone al que se conoce a sí mismo y comprende su propia constitución. Dicho conocimiento lo ubica por encima de sus pasiones. Posteriormente, los debates sobre la belleza y la verdad toman cauce en dos de estéticas de la seriedad que ha conocido la Humanidad: el patetismo (pathos) y el didactismo (ethos), respectivamente, las cuales he comentado en otras ocasiones.

 


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